Odette (Final)

Autor:
Cazzique

Desde esa noche mi padre no se volvió a separar más de mi lado; esto me hizo sentir más segura y comencé a olvidar lo sucedido.

Ya solamente nos quedaban un par de días de viaje cuando un vigía del vapor gritó por la mañana:

—¡Hielo, hielo!

Casi enseguida las paletas del vapor dieron marcha atrás y el gran buque se fue deteniendo lentamente. Frente a nosotros se divisaba gran cantidad de témpanos que flotaban a la deriva; toda la gente se arremolinaba en la proa tratando de ver lo que sucedía. El aviso fue que la nave avanzaría a paso lento hasta que se perdieran de vista los témpanos e icebergs que se divisaban por todo el horizonte.

La nave avanzó entonces muy lentamente por el océano plagado de esas moles de hielo que pasaban por un lado o por otro; esto provocaría un considerable retraso según los oficiales y todavía no calculaban bien el tiempo que tardaríamos en llegar.

Los días se fueron haciendo más tediosos y fastidiosos, el frío obligaba a que no pudiéramos salir de nuestros camarotes; papá se encontraba muy abrumado por los acontecimientos recientes.

—¿Por qué no sale usted con sus amigos? —le comenté para ver si así se distraía un poco.

—No tengo ganas, me siento mal y, además, hace mucho frío allá afuera.

—Sé que sus amigos se juntan en la parte que está cerca de las calderas... ahí no creo que se pase mucho frío.

—¿No se sentirá usted mal si la dejo sola?

—¡Ya dejé atrás todo lo que me molestaba, padre!... Puede usted ir tranquilo.

Aún con un poco de temor mi padre salió de la habitación dirigiendo sus pasos hasta donde yo le había comentado. Por mi lado me quedé mirando la congelada mar por la claraboya del camarote. Me perdí en mis pensamientos y fui a cenar cuando llamaron. Cené sola, dándome ánimos para continuar con mi vida normal. Bajé después de la cena directamente al camarote, me desnudé, en mi cuerpo ya no había marcas de aquella ocasión, no eran grandes marcas, pequeños moretones únicamente de las manazas del bruto. Afortunadamente mi cuerpo se apreciaba tan fresco y bello como antes. Me enfundé en un largo camisón y me recosté. Desperté al escuchar que se abría la puerta, el cuarto estaba a oscuras y un ligero miedo me invadió.

—¡Soy yo, hija!

Me sentí aliviada al escuchar la voz de mi padre; se le escuchaba algo tomado pues arrastraba las palabras. En la oscuridad pude ver la silueta de mi padre mientras se comenzaba a desnudar quedando únicamente con su largo calzón puesto. Se encaminó hasta la cama y sentí como se metía entre las cobijas.

—¿Hace frío allá afuera? —pregunté.

—¡Demasiado!

No dijimos nada más; pronto mi padre comenzó a respirar profundamente y yo me fui quedando dormida.

Medio me desperté en la madrugada al sentir algo en mi mano, al darme cuenta de qué era lo solté inmediatamente. Sí, estaba agarrando el duro miembro de mi progenitor que roncaba a pierna suelta. Temerosa retiré mi mano y volví a dormitar. Luego de un rato sentí una mano que me acariciaba la pierna sobre la tela del camisón. Me asusté. Mi corazón brincó entonces acelerándose, pero esta vez no fue miedo lo que sentí. Era una punzada profunda que aceleró mi respiración y mis latidos. La mano recorrió mi muslo y pasó luego por una de mis nalgas, mi padre la sobó lentamente estrujándola un poco.

Un calor intenso subió por mi pecho asfixiándome. Un involuntario movimiento de mi pierna hizo que mi padre retirara su mano rápidamente. Me quedé esperando un nuevo ataque pero este nunca llegó y al poco me quedé profundamente dormida. Al día siguiente recordé todo como si de un sueño se tratara y me olvidé de lo sucedido durante el resto del día.

Esperé la noche con una ansia inusitada, no sabía por qué, pero esa caricia de mi padre me había hecho sentir algo nunca imaginado, pero a la vez me repugnaba la idea, pues estaba hablando de mi propio padre. Siempre lo había visto como a una figura de autoridad, como a alguien que te reprime y que es casi intocable. Nunca antes me lo hubiera imaginado con sentimientos de esa índole y ahora me costaba trabajo aceptar el hecho de que lo que había experimentado con el roce de sus manos me agradara.

Con esto y mil cosas en la mente por fin llegó la noche, ansiada y repelida al mismo tiempo. Yo era un completo mar de dudas, tan inmenso como el mar por el que navegábamos. Mi padre, que ya había vuelto a beber con sus amigos, no tardaría en llegar. Me desvestí y nuevamente me envolví en mi camisón, pero esta vez no pude dormir, una opresión me estrujaba el pecho. Escuché atenta cuando se abría la puerta del camarote y la silueta de mi padre se dibujó, entró y siguiendo la rutina se comenzó a desvestir. Preguntó si estaba despierta pero yo fingí que dormía.

Se metió a las cobijas. No hizo movimiento extraño alguno y a los pocos minutos su respiración era pausada y profunda. Esta vez la atrevida fui yo. Pasé mi mano por su velludo muslo y seguí subiendo hasta llegar a su entrepierna. Sentí debajo de la tela su bulto. Estaba aguado, no se sentía con esa dureza de la noche anterior. Jugué con mi mano sobre su cosa por algunos minutos y comencé a notar como el aparato comenzaba a crecer un poco. Mi respiración estaba completamente agitada lo mismo que los latidos de mi corazón y sudaba copiosamente a pesar del frío exterior. La barra que tenía ahora entre ambas manos comenzaba a tomar dimensiones descomunales y me asusté cuando mi padre se movió un poco. Solté el instrumento de mi juego y me fingí dormida.

Pasaron unos minutos sin que nada sucediera y con muchos nervios y miedo fui acercando mi mano al animal que estaba entre las piernas de papá. Lo sentí nuevamente, duro, caliente, grueso y muy largo. Lo atrapé entre mis dedos que no lo alcanzaron a abarcar. La tela de sus calzones me estorbaba y no me dejaba manipular bien la herramienta. Papá gimió y rápidamente me volví a hacer la dormida. Estaba de lado frente a él. Sentí cómo levantó la cabeza y miró un rato, como comprobando si dormía. No moví ninguno de mis músculos y traté de retener los más posible la respiración.

La mano de mi padre se movió lentamente y pronto sentí que me rozaba con la parte superior de su mano una de las piernas. Un calor increíble subió por mi vientre y sentí como se me humedecía la entrepierna tan solo por el leve roce. La mano se movió recorriendo mi muslo muy lentamente por encima de la tela del camisón. Mi padre se movió para quedar de frente a mí ya que estaba recostado boca arriba, giró su mano y la palma me tocó la pantorrilla y subió despacio, acariciando mi suave pierna; llegó por fin al muslo y siguió moviéndose hasta tocar la base de mi nalga.

Mi entrepierna escurría y noté como se mojaba la tela del calzón. La mano de mi padre regresó por el mismo camino pero ahora hasta mi tobillo y allí acarició directamente mi piel. No sé si mi padre lo notó, pero todo mi cuerpo se erizó al sentir sus dedos directamente sobre mi cuerpo; la mano comenzó a avanzar, esta vez debajo de la tela que nos separaba. Llegó a mis muslos y siguió avanzando; esta vez en lugar de seguir el camino trasero la mano de papá comenzó a rozar mis partes intimas, claro, sobre la tela del calzón.

Necesitaba decirle a mi padre que estaba despierta, que a pesar de la repulsión que debería de sentir al experimentar un acto tan horrendo como ese, lo deseaba, sí, lo estaba deseando con todo mi ser pero tenía miedo, un miedo a no sé qué pues la cuestión ahora parecía muy sencilla. En fin, dejé que mi padre siguiera hurgando en mi entrepierna pero sin moverme.

Sentí cuando atrapó la tela del calzón y lentamente comenzó a jalar hacia abajo, se fueron descubriendo lentamente mis partes y casi enseguida sentí los dedos recorrer mi monte de Venus, avanzó hacia abajo y uno de sus dedos recorrió mi rajadita. Al notar la humedad que me escurría papá se detuvo y sacó inmediatamente la mano de entre mis piernas, no se movió por algunos segundos, pero luego sentí como se levantaba de la cama y volvía a recostarse, pero esta vez normalmente y no a los pies.

Sin decir palabra me destapó, sentí el aire frío en mis brazos; papá levantó entonces mi camisón hasta dejarlo en mi cintura y yo seguía completamente quieta; lentamente me recostó hasta dejarme boca arriba, su mano completa palpo mi depilado monte de Venus y lo sobó lentamente, sus dedos se movían a la vez que su mano de arriba para abajo y se movían por los contornos de mis labios vaginales. El roce de su mano me estaba haciendo respirar más agitadamente, mi corazón no dejaba de golpear mi pecho y de pronto... papá tocó mi botón y no pude contenerme.

—¡Ahhhh! —solté el gemido muy levemente mientras que una cascada de jugos salía expelida de mi interior.

Papá no detuvo los movimientos de su mano, al contrario, aceleró las caricias sobre mi botón y ya no fue posible que yo me quedara quieta.

—¡No, papá! —dije débilmente—. ¡Más.... más...!

Puse mi mano sobre su palma mientras que mis caderas se movieron en un tímido movimiento y ya no fue posible el seguir fingiendo. Obviamente mi padre se había dado cuenta de mi excitación desde el momento de sentir mis jugos escurriendo.

—¡No temas, chiquita!... ¿Te está gustando, verdad?

No contesté, solamente apreté mis dedos contra la mano que se movía en mi entrepierna y rápidamente busqué con la otra mano entre sus piernas y sentí la dura y gruesa barra. Lo palpé sobre el guango calzón, pero no era suficiente. Metí la mano como pude por entre la tela y por primera vez lo sentí piel a piel. Grueso, palpitante, caliente; con la yema de los dedos recorrí el fantástico y largo instrumento y cuando llegué a la punta mi padre gimió levemente. Cerré mis dedos en torno a la ardiente ballesta y torpemente la apreté.

—¡Espera! —dijo mi padre.

Levantó su cuerpo y se sacó los calzones, vi entonces el grueso instrumento saltar y recostarse en su estómago. La débil luz azul que entraba por la claraboya nos iluminaba romántica y tenuemente. Atrapé enseguida la barra ardiente manipulándola muy torpemente; papá entonces sujetó con su mano la mía que estaba sobre su pene y la comenzó a mover, sentí la piel bajo mi palma moverse y la gruesa cabezota que coronaba la barra se cubrió con esta. Luego la piel bajó y la cabeza volvió a asomar, un brillo intenso me avisó que de esa gruesa punta manaba una gota de líquido brillante que se esparció por la superficie de la carne cuando la piel lo cubrió. Papá movió su mano junto con la mía un par de veces y luego dejó que yo sola siguiera manipulando su ardiente vara.

Sentí un nuevo torrente de mis jugos bañando los dedos de papá qué ahora se introducían levemente en mis entrañas y segundos después papá comenzaba a gemir, su tronco se hinchó, se tensó todavía más y sentí una punzada intensa que venía desde la misma base llena de un enmarañado vello. Mire la barra y alcancé a ver como gruesos chorros de una sustancia blanquecina comenzaban a salir disparados y volaban a gran altura, el jugo caliente de mi padre mojó su estómago y alcanzó a caer sobre mis muslos y yo seguía moviendo mi mano sobre la barra que parecía no dejar de expulsar esa ardiente lava blanquecina. La sustancia que con el malogrado George me repugnaba ahora se me hacía algo verdaderamente extraordinario, su penetrante olor inundó mis sentidos y los encendió todavía más.

Por fin papá dejó de regar con su gran aparato, retiré la mano de su gran tronco y curiosa la llevé hasta mi nariz. La sustancia era viscosa y caliente, su olor potente y penetrante, llevé a mis labios uno de mis dedos y sacando la lengua probé. El sabor era fuerte pero no desagradable, volví a probar un poco más, el viscoso jugo se fundió en mi lengua y pasó por mi garganta; entonces lengüetee mi mano para tragar más de ese pegajoso jugo de papá.

Mi padre se levantó de la cama, caminó hasta la pared del frente y escuché que tomaba la caja de fósforos, encendió uno y lo acercó hasta la mecha de la lámpara de aceite que estaba en una de las paredes. La luz se hizo y pude ver perfectamente el instrumento que no había perdido nada de su dureza, se balanceaba amenazante de arriba para abajo a cada paso de mi padre.

—¡Es más grato para ambos si nos vemos bien! —dijo papá.

Yo sentí un poco de vergüenza pues al mirar hacia abajo vi enrollado en mi cintura el camisón, mis calzones en los tobillos y mi entrepierna completamente bañada en jugos, mis labios estaban ligeramente separados.

Mi padre se quedó de pie frente a la cama, su barra estaba completamente enhiesta y ahora que la tenía más cerca pude apreciarla con todos sus detalles. La cabeza era casi de color púrpura, brillante y aún exudaba un par de gotas de esa sustancia blanca que ahora pude ver claramente. El tronco que estaba detrás de la gran cabeza en forma de hongo era largo, grueso y lleno de venas azules que lo surcaban por todos lados, claramente se veía palpitar. Más abajo, en la base, colgaban un par de bolas enormes que se balanceaban rítmicamente, sobre ellas sobre salía el largo instrumento y era coronado por una tupida mata de vello oscuro. Su pecho se marcaba perfectamente, duro, poderoso y lleno también con mucho vello; sus tetillas resaltaban en la loma de su pecho, su vientre, de un hombre trabajador, apenas y se abultaba un poco. Sus piernas gruesas, poderosas y bien marcadas, llenas de vello.

—¡Acércate!

Me quité entonces los calzones que me estorbaban pues los tenía en los tobillos y fui levantándome hasta quedar de pie frente a mi padre y él se me quedó mirando.

—¡Eres muy hermosa, Odette!... Una mujercita que nadie puede resistir.

Enseguida sentí como el rubor se mostraba en mi rostro; con un dedo papá me hizo levantar la cara y entonces posó sus labios sobre los míos. Fue en primer lugar un beso tierno y poco a poco se fue haciendo más ardiente, la lengua de mi padre penetró profundamente en mi boca y sentí su aliento y su saliva, respondí a su jugueteo con mi lengua casi inmediatamente mientras sorbía su saliva. Sus grandes manos se pasearon por mi espalda subiendo desde mi cintura y llegando hasta mi nuca; me comenzó a deshacer el chongo que sujetaba mi cabellera y la dejó caer libre, la acarició metiendo sus grandes dedos entre las matas de cabello lacio que ahora caía hasta la parte alta de mi espalda por debajo de las axilas.

Después sus manos recorrieron mis brazos y siguieron hasta mis codos para de allí pasar a la breve cintura de mi cuerpo, bajó hasta mis caderas y fue ahí donde sujetó la tela del camisón por los lados, la fue levantando lentamente, mis piernas quedaron desnudas, mi vulva, mis caderas y levanté los brazos para permitir que la prenda saliera, mi estómago, mis senos... y por fin quedé completamente desnuda.

Papá admiró mi cuerpo separándose un poco, se agachó para inspeccionar y mamar mis senos, pequeños pero firmes y bien paraditos, mis pezones estaban ya completamente duros; su lengua los acarició una u otra vez mientras que con sus grandes manos me palpaba la masa completa. Luego bajó con su boca por mi plano vientre y sus manos se apoderaron de mis nalgas, las estrujó entre sus dedos tiernamente y sentí que su lengua se introducía en mi ombligo... me estremecí.

Mi padre se volvió a poner en pie y sujetándome de las manos me fue tendiendo en la cama, me acomodó justamente en el centro y luego se montó junto conmigo, me pidió que abriera las piernas y se acomodó entre ellas, agachó su rostro y comenzó a lamer mis pétalos. Su caliente lengua se paseó de uno a otro y buscó penetrar lo más hondamente posible, sorbió todos los jugos que ya había ahí y sacó todavía muchos más; con las manos sobre la parte interna de mis muslos me separaba para poder maniobrar más profundamente, luego separó los labios de mi vulva con los dedos y se dedicó a lamer el botoncito que estaba escondido en su capuchón, gemí cuando sentí la primera estocada de su lengua sobre mi clítoris y en cuestión de segundos comencé a derramarme entre gemidos y estertores de mi cuerpo.

Al terminar mi fabuloso orgasmo papá se paró en la cama y me hizo hincarme; quedé de frente a él que me mostraba su gran barra completamente enhiesta.

—¡Métela en tu boca, hija!

Obediente abrí los labios y dejé que la gruesa cabeza se posara sobre mis labios, abrí más para dejarla penetrar y lentamente fue ingresando. Papá la empujaba en mí, lentamente; con mi lengua comencé a palpar su base y apreté los labios sobre el tronco que siguió avanzando, abrí los ojos y solo vi la densa mata de vello frente a mí. Miré para arriba y vi el rostro sonriente de papá viendo como le devoraba la tranca. Logré en esa primera ocasión meter la mitad de ese enorme miembro y comencé un lúbrico movimiento de mi cabeza para así mamar suavemente por espacio un cuarto de hora aproximadamente, tragué las ligeras emanaciones de jugo que papá me prodigaba desde la cabezota de su pene.

Cuando saqué de mi boca ese grueso instrumento lo vi completamente brilloso por mi saliva y escurriendo alguna gota de blanco semen en la punta; me recosté en la cama y papá se montó sobre mí, me besó con ardiente pasión y me acarició por donde pudo.

Sentí su poderosa barra balanceándose entre mis piernas y abrí más para alojarla. La gruesa punta del palo se anidó entre mis labios y papá presionó levemente. Sentí que mis labios se abrían poco a poco a medida que la lanza se iba introduciendo. La cabezona se introdujo completamente pero de ahí en adelante costó más trabajo la penetración. Me dolía un poco pues aún no estaba acostumbrada a recibir un ariete de esas dimensiones; mi padre fue muy cuidadoso y todo lo hizo muy lentamente, dándome tiempo a amoldar mi cuerpo a su tamaño.

Cerca de diez minutos duró el proceso de penetración, pero por fin pude sentir como el gigantesco miembro se enterraba hasta el fondo y las grandes bolas de papá chocaron contra mis nalgas. Él se quedó quieto en espera de que me acondicionara a su poderoso instrumento; el dolor, que no era muy intenso, fue cediendo y al cabo de unos minutos yo sola comencé a mover mis caderas lentamente. Abrí las piernas lo más que pude y empujándome con los pies mis caderas subieron y bajaron. Los movimientos eran pausados y profundos. Entonces las caderas de papá se pusieron en acción, la gran barra comenzó a abandonar las más recónditas profundidades de mi ser, sentí como la cabeza se abría paso de regreso y luego como volvía a penetrar hasta tocar mi matriz, poco a poco los movimientos fueron en aumento y ya mi padre lograba sacar la mitad de su poderoso instrumento y volver a hundirse hasta que las bolas chocaban en mi culo.

—¡Qué delicioso me aprieta tu conchita, linda!

—Sí, papá... ¡métalo completo!... lo siento hasta el fondo... ¡¡¡asííí!!!

Entre jadeos y besos profundos y húmedos comencé a bañar la tranca que me partía en dos, el jugo salía por entre los pliegues de mi vagina y la gruesa barra que entraba y salía, mojaba mis nalgas y las bolas de papá y finalmente humedecía la cama.

El peso de mi padre sobre mi cuerpo no existía, estaba tan embriagada con las sensaciones que experimentaba que ni cuenta me daba de eso, solamente sentía su garrote completamente enterrado y moviéndose rítmicamente, la humedad era extraordinaria en mi interior y no paraba mi coño de mojarse más y más.

—¡Estoy a punto de explotar, Odette!... ¡Vente conmigo!

Las nalgas de papá que subían y bajaban aceleraron los movimientos y su gran falo me entraba hasta lo más hondo, las sensaciones se me comenzaban a acumular nuevamente nublando mis sentidos; sentí entonces lo más fabuloso y aunque con la violación lo había sentido, nunca tendrá la misma comparación. La crema de papá estalló en lo más profundo de mi matriz, me comenzó a inundar con poderosas descargas que lograron que yo mezclara mis jugos con los suyos, los dos gemíamos y suspirábamos a cada nueva explosión de su chorreante pene. La leche se escurrió pronto por nuestros cuerpos y no dejaba de manar, el éxtasis fue abrumadoramente poderoso y nos hizo perder la noción de tiempo y espacio. Lo único que verdaderamente importaba en esos momentos era nuestra plena satisfacción.

Estábamos ahora completamente inmóviles, nuestros cuerpos sudaban copiosamente y los olores y sabores de nuestra piel se entremezclaban; la verga aún dura y excitada de mi padre seguía profundamente enterrada en mí.

Él se levantó segundos después, sujetó mi mano y me obligó tiernamente a levantarme, me llevó a la orilla de la cama e hizo que me girara para quedar frente a la cama con él detrás. Me hizo arrodillarme sobre el colchón y luego empinó mi cuerpo, mis nalgas se dibujaron perfectamente y mi vulva se mostró abierta y babeante debajo de mi arrugado agujero trasero. Sentí una mano de papá acariciando mi espalda y como con la otra sujetaba su tranca, la apuntó contra mi abierta vagina y lentamente se fue abriendo paso.

La poderosa herramienta, dura como el acero, entró hasta lo más profundo y pronto sentí las embestidas comenzar, las grandes manos de mi padre se sujetaron de mis caderas y escuché los sonidos que esta copulación comenzaba a producir. La barra se enterraba profundamente, sentí sus grandes pelotas rebotar contra mis muslos. Comencé a gemir pues no paraba de gozar cada una de las estocadas que papá me prodigaba. Sus movimientos eran variables, no solamente de adelante para atrás, sino que inclinaba la verga para arriba o para abajo o ya sea de un lado para el otro, tocando con cada nueva posición un punto diferente dentro de mí.

—¡No puedo más, padre!... ¡No puedo más!

Sus caderas se aceleraron y entonces derramé en su falo las secretas emanaciones de mi cuerpo; sentí casi al mismo tiempo su calor bañándome las entrañas y nos volvimos a entregar en los brazos de Venus, la crema que aventó en mi interior era interminable y me escurría por la vulva, mojaba la cama y mis muslos sin cesar. Fue después de esta venida que él me soltó y zafó su tranca de mi apretado nido de placer.

Rendido, papá se dejó caer pesadamente contra la cama y yo seguí su ejemplo; nos miramos y sin palabras nos dijimos todo. Nos acomodamos y abrazados nos quedamos profundamente dormidos hasta muy avanzada la mañana del día siguiente.

Ese siguiente día fue crucial en nuestra nueva relación pues ambos nos sentimos culpables del incestuoso encuentro que habíamos tenido; estuvimos encerrados en el camarote, recostados y pensando en lo que había sucedido. Fue papá el que preguntó ya en la tarde si me gustaría continuar con la relación. Lo pensé durante un par de horas, todos los problemas que esto nos podía acarrear y se lo plantee.

—¡Por mí, encantado de seguir gozando de tus encantos! —dijo—. Lo único que ahora me interesa es que tú estés conciente de que vamos a tener que hacerlo siempre a escondidas de tu madre y tus hermanos... y obviamente de los demás.

—Estoy consciente de eso, padre.

—¿Y estás dispuesta a seguir?

—¡Padre! —dije cabizbaja—. Comprendo que la relación que hemos tenido debe de ser detestable y prohibida por nuestras propias creencias y leyes. Sé que es incesto y que la gente aborrece a los que lo comenten. Sé que engañaríamos a todos y que no siempre podríamos estar juntos. Sé todo esto... pero creo que ya no podría vivir sin ello.

Ya no hubo más que aclarar, papá se acercó hasta mí y acarició mi cabello, tomó mi cara entre sus manos y me besó profundamente en los labios; yo tendí mis brazos alrededor de su cuello y me apreté contra su cuerpo. Rápidamente nos desnudamos después del beso, su barra estaba ya dura y me hinqué sobre el suelo para mamársela; en esta ocasión derramó su esencia en mi boca y yo procuré tragar lo más posible del néctar que me regalaba.

Papá me recostó en la cama y me mamó la vagina justamente como la noche anterior; me hizo llegar al delirio dos veces y luego se sentó en la cama con su barra apuntando al techo. Me monté frente a él y guiando con su mano la gruesa vara me comenzó a penetrar. Sujeta de sus hombros comencé a mover mis caderas dándome el placer yo sola mientras que sus manazas acariciaban mis nalgas y los costados de mi cuerpo. Bañé su prominente garrote con los cálidos fluidos de mi interior, mismos que se escurrieron por su palo y bolas hasta quedar en la cama.

—¿Me dejas que te lo meta por el culo?

No contesté pero me levanté y me hinqué sobre el asiento de una silla, me sujeté del respaldo y me volví para ver a papá. Se acercó con esa gruesa cosa mostrándose impúdicamente ante los ojos de su hija. La preparación para mi pequeño agujero tardó cerca de quince minutos, me mamó, chupó, lamió y metió sus dedos dentro de mi apretado y arrugado ano. Luego, ya que lo sintió bien dilatado, embadurnó con mucha saliva su ancha y gruesa cabeza, apuntó contra mi agujero y muy lentamente comenzó a partirme el culo.

El dolor fue intenso, grité y gemí a cada momento pero no dejé que cesara en su intento por desvirgar mi ano. La barra apenas había avanzado una cuarta parte y yo sentía esa barra latiendo, abriéndome de par en par, pero soporté. Sentí por fin como el grandioso aparato estaba completamente dentro de mí. Los obscenos movimientos dentro de mi apretada gruta comenzaron y una mano de papá se posó sobre mi vagina a la vez que me penetraba una y otra vez el ano.

Me comenzaba a venir gracias a las caricias de su mano y a la sensación nueva de sentirme penetrada por partes prohibidas cuando el abundante calor de una poderosa descarga hizo a mi padre gemir. La descarga dentro de mis entrañas fue en exceso abundante y pronto se regó por mis muslos, al mismo tiempo mi vagina escurría su néctar con prolífica abundancia. El incestuoso encuentro terminó allí. Cansados y agotados por el desgaste de nuestros cuerpos nos recostamos, dormimos profundamente y no salimos de ese camarote sino hasta la tarde del día siguiente.

No debo explicar que los restantes diez días que todavía estuvimos en la mar se pasaron rápidamente y llegamos por fin a tierra. Mi señora madre y ahora mi rival, claro, en el buen sentido, ya nos estaba esperando; mis hermanos estaban también ahí.

América nos recibió con los brazos abiertos y después de un prolongado viaje por tierra por fin nos asentamos en... Claro que el viaje estuvo lleno de peligros y aventura, pero eso no entra dentro de esta historia. Lo importante es que nunca dejé de acostarme con mi padre y lo disfruté hasta que nos dejó... murió en un accidente, pero ya para ese entonces nuestra familia era una de las más ricas y poderosas de un pequeño poblado al oeste de los recién formados Estados de la Unión.

Fin