Odette (Inicio)

Autor:
Cazzique

Preparada estaba para la travesía, un largo viaje hasta América, las maletas estaban ya en el camarote del vapor y sólo aguardaba la llegada de mi padre. El tiempo corría apremiante y no lo veía por ningún lado. Nerviosa me paseaba por las cubiertas del vapor, de su gran chimenea se desprendía una humareda grisácea que avisaba que las calderas se encontraban ya en su punto. El silbato de la chimenea dejó escapar un agudo silbido que anunciaba el pronto ascenso de los pasajeros que aún se encontraban sobre el muelle despidiéndose de sus familiares. Me recargué en la barandilla para mirar hacia los puentes que servían de acceso al gran buque. Nada, no se veía la figura de papá por ningún lado. Segundo silbatazo y nada. Los minutos pasaban como el agua entre las manos. Por fin, el tercer llamado, y asustada vi como retiraban los puentes que nos unían a tierra.

Muy lentamente la embarcación se comenzó a separar del viejo muelle de madera y la humareda gris se volvió negra y espesa. La gente feliz se despedía de los parientes que se quedaban en el viejo mundo, yo, por mi parte, estaba completamente asustada pues nunca había visto a mi padre abordar; el pasaje ya estaba pagado por lo que no había problema por ese lado, lo que me preocupaba eran las comidas y lo que haría durante esos veinte días, si no más, en el mar. Mi madre y mis hermanos ya habían partido anteriormente, así que tampoco me preocupaba la llegada a esas desconocidas tierras. Triste y pensativa me abrí paso entre la gente y dirigí mi humanidad hasta los camarotes de segunda clase del navío. Abrí la puerta del pequeño camarote de madera con solamente una claraboya y me llevé la sorpresa de mi vida.

—¡Padre!... ¿qué hace usted aquí?... nunca lo vi abordar.

—¡Pues aquí me encuentro, señorita!... y no veo por qué tanto alboroto.

—¡Perdón!... es que...

No pude terminar esa frase pues comencé a llorar, desahogando todo el miedo que minutos antes había experimentado creyendo a mi padre ausente en el vapor. Poco a poco me comencé a tranquilizar, caminé hasta la cama y me senté junto a la claraboya para apreciar el paisaje que muy lentamente fue desvaneciéndose de mi vista. Sólo mar era lo que quedaba después de un par de horas.

Aburrida ya del monótono panorama comencé a inspeccionar el pequeño camarote de madera en el cual íbamos a habitar por los siguientes veinte días. Mi padre se levantó y me pidió que lo acompañara a dar un paseo por la cubierta; me levanté y caminé a su lado. Él es un hombre recio, de cuerpo fornido, alto, cabellera cana, ojos azules y debo decir que jamás lo he visto sonreír. Tiene 52 años y se llama Abdón. Toda su vida se ha dedicado a la minería y pues no puedo quejarme de mala vida a su lado, es estricto, eso sí, pero nos trata con justicia. Con mamá él es muy bueno y es por eso que ahora estamos en este barco. Mamá alguna vez escuchó pláticas entre nuestros vecinos que aseguraban que en América se podía contar con mejores posibilidades de encontrar riqueza; América se estaba ahora poblando con gran cantidad de europeos que buscaban fortuna y poder. Bien, el caso es que ella sugirió que nos fuéramos a esas lejanas tierras en busca de una mejor forma de vida. Mi padre le comentó que había oído a sus compañeros comentar que en el Oeste de América se estaban abriendo nuevas minas que dejaban mucho dinero y que algunos de sus compañeros ya estaban planeando ir hasta allá.

Los primeros tres días nos la pasamos muy bien en la travesía hacia el nuevo continente, pero los días después se comenzaron a hacer largos y tediosos por la rutina. En la mañana llamaban para el desayuno, después un paseo por la cubierta o una plática en las bancas de popa; seguía la comida y otro largo paseo por cubierta hasta la tarde que llamaban a la cena. Yo me comencé a aburrir como ostia pero no había nada qué hacer, todavía nos faltaban unos quince días más de travesía.

Mi padre llegó completamente ebrio al quinto día; yo ya me encontraba acostada cuando asustada escuché que se abría la puerta del camarote. Mi padre entró completamente ebrio y comenzó a hablar hasta ya muy tarde, así, al siguiente día se repitió la misma historia.

Una mañana, tras el desayuno, nos encontramos en cubierta con un hombre alto y robusto de unos cincuenta años, desde el primer instante me asustó su apariencia. Mi padre me lo presentó como su amigo, en realidad lo había conocido en el barco y era junto con él y otros más que se ponía a beber por las tardes para pasar el tiempo. El individuo me miró con ojos lascivos y no pude evitar sentir un temor que recorrió todo mi cuerpo, su sonrisa era burlona y no dejó de mirarme sino hasta que me perdí de vista junto con mi padre.

—Señor... debería de escoger mejor a sus amistades —le dije enojada a mi padre.

—No se preocupe, señorita, el señor George es sólo un amigo de viaje.

—Pues su apariencia no es de un hombre honesto.

—¡Tonterías, niña!... usted, además, no debe de juzgar a mis amistades.

—Está bien, padre... le pido una disculpa.

Continuamos nuestro paseo por cubierta ya sin palabras y hasta que se llamó para la comida. Esa tarde me sorprendió ver llegar a nuestro camarote a mi padre con el molesto hombre al que me había presentado. Traían un par de botellas de brandy de baja calidad y ya venían un poco tomados. Se sentaron en la única cama del camarote y entre algazara comenzaron a brindar. Yo, molesta, me levanté y salí del camarote; apenas marcaban las cinco de la tarde en el reloj del puente cuando pasé a un lado de éste. Anduve rondando por la cubierta y escuché cuando llamaron para la cena, pero en realidad yo no tenía hambre, lo que deseaba era que ya se hubiera retirado del camarote el tal George. Todavía esperé hasta que todos salieron del comedor y pasee un rato más por la cubierta; sólo cuando noté que la gente comenzaba a hacerse menos fue que decidí regresar. Caminé por la cubierta hasta la puerta de acceso a los camarotes y luego por el largo pasillo escasamente iluminado. Las múltiples puertas, algunas abiertas, se perdían de vista por la escasa visión; sólo la luz de los camarotes abiertos iluminaba un poco más. Llegué por fin a las escaleras que descendían otro nivel más y más camarotes allá abajo. Lentamente bajé sujetándome del pasamanos y vi el otro largo pasillo, caminé despacio hasta la puerta de nuestro camarote y,  afortunadamente, no escuché ruido dentro. Giré la perilla y la oscuridad en el interior me dio más animo, ya se habían retirado. Entré con cuidado para no tropezar y busqué la lámpara de aceite que se encontraba en una de las paredes. Pero justamente antes de poder llegar a la otra pared alguien me sujetó por la cintura y tapó mi boca.

—¡Quieta!... te voy a soltar la boca... pero si gritas te la vuelvo a tapar.

El sujeto retiró lentamente su manaza de mi cara y pude respirar libremente, pues junto con la boca me había tapado la nariz. Mi corazón latía precipitadamente y quería echar a correr, pero el sujeto me tenía firmemente asida. La voz no era otra sino la del tal George.

—¿Dónde se encuentra mi padre? —pregunté indignada.

—Se ha quedado dormido... espera, voy a encender la lámpara.

Escuché como buscaba entre sus ropas una cajita de cerillos y luego cuando frotó la cabeza de este y el chispazo seguido de una tenue luz. Acercó la llama hasta la mecha de la lámpara y pronto la luz se hizo. Vi al sujeto, ebrio y desaliñado que me miraba groseramente. Mi padre estaba semisentado en el suelo y medio recargado en una de las paredes.

—¿Qué tiene? —pregunté asustada.

—No temas... sólo bebió demasiado.

—Creo que es hora de que se retire.

—¡Eso no puede ser, muñeca!

—¿Cómo se atreve?...

Justamente cuando le decía esto se colocó frente a mí sujetándome por la muñecas con fuerza.

—¡Suélteme o voy a gritar!

—Puedes hacerlo, nadie te va a escuchar... estamos justamente sobre las calderas y separados por los otros camarotes por varios metros... nadie te escuchará...

—Mi padre se levantará.

—Tú padre está tan ebrio que no creo sea capaz de hacerlo, pero, como ya te dije, si quieres puedes intentarlo.

Efectivamente, grité con todas mis fuerzas y el sujeto no impidió que lo hiciera; es más, se esperó pacientemente algunos minutos... pero efectivamente nada ocurrió.

—¿Lo ves?... nadie te va a escuchar aquí.

—¡Suélteme! —insistí.

Lejos de intimidarse sonrió divertido y yo, asustada, comencé a llorar. El tipo me arrojó sobre la cama y se quedó mirándome. Yo traía puesto un vestido de falda amplia en color rosa, con el corpiño apretado contra mi pecho y un sombrero pequeño como adorno. El tal George levantó mi falda mirando mis piernas enfundadas en medias de lino. Traía una botitas blancas. Su mano se paseó desde mis tobillos hasta casi mi muslo; me traté de levantar pero de un empujón me volvió a aventar contra el colchón.

Nuevamente levantó mis enaguas para mirarme las piernas y tocó con más lujuria, esta vez mis muslos y llegó hasta mi entrepierna tocándome bruscamente. El hombre tiró bruscamente de mis ropas interiores y dejando al descubierto mis más intimas partes. Asombrado por lo que veía comenzó a quitarme los botines y los arrojó a una de las esquinas del camarote. Jaló las medias y una hasta la rasgó. Yo no paraba de llorar pues me sentía impotente de luchar contra ese robusto bruto que me estaba tratando de esa manera.

—¡Qué lindo coñito tienes, pequeña! —dijo rudamente—. ¡No imaginas como vas a gozar lo que te voy a dar!

Asustada y sacando fuerza de mi miedo me levanté en la cama y corrí hasta la puerta del camarote, pero antes de que pudiera girar la perilla el sujeto me agarró por los hombros y nuevamente me volvió a aventar sobre la cama. Esta vez fue mucho más rudo, se montó sobre mi cuerpo en cuclillas y me despojó del sombrero; mi cabellera estaba arreglada en un pequeño chongo que él deshizo.

—¡Eres toda una belleza... tienes carita de ángel!

Trató de bajar el apretado corpiño del vestido pero le fue imposible así que se levantó y me hizo recostarme boca abajo. Comenzó a desanudar las correas de la espalda para aflojarme el vestido. Por fin, después de luchar algunos minutos con la vestimenta, ésta se aflojó y el hombre pudo conseguir su propósito. Me volvió a girar y jaló la parte alta del vestido hacia abajo, descubriendo mi torso que aún se encontraba cubierto por mi fondo de satín. El sujeto mirando ruinmente mi pecho notó que mis senos se marcaban en la delicada tela y bruscamente puso su mano en uno. Apretó haciéndome daño y luego siguió con el otro pecho. Desgarró al fin la delgada tela y pudo ver mis senos libremente.

—¡Vaya que eres hermosa, pequeñita!

Se agachó y succionó con su boca el pezón de mi seno derecho; su mano entonces comenzó a hurgar debajo de mi falda, me acarició los muslos con rudeza y buscó mi virginal hendidura. Sus dedos me dañaban con los bruscos movimientos que hacía y a pesar de mis súplicas continuaba con su jugueteo. Luego de unos minutos completamente fuera de sus cabales el sujeto se levantó y sacó de entre sus pantalones un instrumento de gran tamaño. Era largo y grueso, me lo mostró impúdicamente moviéndolo sobre mi pecho. Tenía en la punta una cabeza rojiza como si se tratara de un gran hongo, el tronco del instrumento era largo y se veían muchas venas recorriéndolo desde adelante y hasta perderse en una densa maraña de vellos oscuros. El sujeto se apretaba con la mano derecha la gruesa barra y movía su piel de adelante para atrás, cubriendo y descubriendo la gran punta brillante.

—¡Ahora vas a gozar, chiquilla! —dijo el sujeto con voz lujuriosa.

El brillo en sus ojos me asustaba y entonces con movimientos torpes el sujeto me posó sobre la boca la gorda cabeza de su cosa. Sentí el calor de ese instrumento tratando de entrar, pero yo cerré fuertemente los labios y hacía la cara a un lado y al otro. Aparentemente después de unos segundos eternos el sujeto desistió de ese asqueroso jugueteo; me dejó impregnado un olor horrible sobre los cachetes y la boca. Luego de esto el hombre se puso de pie a la orilla de la cama y entonces me jaló por los tobillos. Abrió mis piernas de una manera completamente repugnante y sentí como la gruesa barra de entre sus piernas tocaba mis lampiños labios vaginales.

Voy a hacer una pausa para decirles que yo acababa de cumplir los dieciocho años, pero desde que me comenzó a salir vello en esa parte lo depilé pues no me gustaba como se veía.

El sujeto empujó su gran badajo contra mis partes y casi enseguida sentí como mi virgen gruta se fue abriendo ante su acometida. Un doloroso calor me recorrió esa parte del cuerpo y segundos después una punzada increíblemente dolorosa. Grité justamente cuando algo dentro de mi ser se comenzaba a desgarrar.

—¡Ayyyyy!... ¡Noooo, por favor, noooo! ¡Duele, me duele mucho, sáquelo!

Lejos de hacerme caso empujó aún más fuertemente y sentí como esa barra de carne avanzaba todavía más en mi interior. Luego de unos minutos de extenuante dolor su pantalón chocaba contra mis nalgas y el sujeto comenzó un impúdico movimiento de saca-mete en mi vulva. Las sensaciones eran completamente desagradables, dolorosas. El sujeto me tenía sujeta por las piernas y se movía una y otra vez; el tiempo, a pesar de ser corto, se me hizo completamente eterno. El tal George no se detenía y bufaba como una bestia en celo, de pronto sentí como sus cuerpo se tensaba y un sonido antinatural salía de su garganta; segundos después algo caliente me quemaba las entrañas.

—¡Sí!... ¡Qué goce me estás dando, pequeña!... ¡Eres increíble!... ¡Que funda más estrecha la tuya! ¡Ho, sí... mi leche está en tu interior!

El hombre no dejó de moverse; yo sentía que su "leche", como él la llamó, comenzaba a inundar mi vientre. Al poco las gotas de su impía emanación comenzaban a escurrir por mis nalgas y se escurrían hasta caer en la cama, pero el sujeto continuaba arrojando su caliente jugo en mi interior.

Algunos segundos después soltaba mis piernas y sacaba su cosa ya no tan dura ni tan grande, como pude ver. La lánguida cosa escurría una especie de jugo blanco y espumoso que olía raro. Yo ya no me moví, me quedé quieta y con las piernas abiertas, sintiendo como su leche seguía saliendo de entre mis partes, ahora adoloridas. El hombre tomó mi ropa interior y limpió con ella su barra de carne, luego arrojó a mi cara el calzón sucio y se rió.

—¡Eres toda una delicia, muchacha!... ¡Creo que nos la vamos a seguir pasando bien durante este viaje!... ¡No llores, ya te acostumbraré a gozar!

Diciendo esto el sujeto guardó su cosa entre sus pantalones y abotonó, luego se dirigió hasta la puerta y cerró con un fuerte golpe. Me quedé allí sin moverme, me sentía sucia, adolorida. Al levantar la cabeza vi a mi progenitor aún perdido entre los brazos de Morfeo y babeando un poco. No sé cuanto tiempo pasé en esas condiciones, luego me medio levanté, en la colcha se apreciaba un charco de ese líquido blanco y mezclado con él un poco de sangre. Miré mi entrepierna, los labios de mi vulva estaban rojos por la fricción y sentía todo mi cuerpo adolorido.

Como pude me levanté y me quité esa ropa completamente. Quedé desnuda allí frente a mi padre, pero eso no me importaba en esos instantes. Me envolví en una manta y salí al oscuro pasillo. No se veía ni alma por allí, caminé hasta los baños de mujeres y allí me di un baño que duró mucho tiempo, quería quitarme ese olor tan horrible que ese hombre me había impregnado.

Todavía después de regresar al camarote ese aroma me seguía molestando la nariz. Limpié lo mejor que pude la cama y me recosté sin poder dormir. El sueño me venció ya en la madrugada y no desperté sino hasta que mi padre comenzó a llamarme.

—Odette... hija... me siento muy mal.

—No es para menos, señor... se puso usted muy mal —dije reprochándole.

—Sí, la verdad es que no recuerdo nada... Vamos a desayunar.

—No tengo hambre.

—¡Está bien, voy solo!

Mi padre me dejó sola en el camarote sin siquiera sospechar nada de lo que había sucedido allí frente a sus narices. Lo podía culpar pero no solucionaba nada con eso, de todos modos me sentía muy mal y sin nada que esperar de la vida. Todo ese día me la pasé recostada en la cama y saltaba de miedo cada que un ruido se escuchaba por el pasillo.

Al llegar la noche mi padre llegó, esta vez no venía tan tomado. Se sentó en la cama sin decir palabra y se recostó después a los pies, como lo veníamos haciendo desde que abordamos la embarcación.

Poco a poco mi miedo se fue disipando pero mi coraje crecía más; ya salía del camarote y en dos oportunidades me encontré con el tal George, pero inmediatamente me iba a un lugar en donde veía más gente. Estaba taciturna, mi padre lo notó pero creyó que era a causa del tedio producido por los ya diez días en el mar. A la décimo primera noche, justo cuando ya me iba a acostar, llegó mi padre completamente ebrio y fúrico me preguntó:

—¿Es cierto lo que me contó George?

—¿Qué le comentó ese desgraciado? —dije envalentonada al escuchar el nombre de ese infeliz.

—¡Él dijo que tú!... ¡que tú te le entregaste! —dijo tartamudeando mi progenitor.

—¿Eso le dijo el infeliz?... ¡maldito!... ¿Y no le dijo que abusó de mí esa noche en que se embriagaron juntos? —dije gritando y completamente llena de odio.

Mi padre nada comentó, se quedó libido y completamente congelado por unos instantes. Poco a poco un color carmín se fue apoderando de su rostro. Sin decir nada salió azotando la puerta. Me tapé los labios como no queriendo haber dicho eso que tanto me quemaba, asustada corrí tras los pasos de mi padre sin alcanzarlo.

Vagué por las cubiertas del barco sin saber hacia donde dirigir los pasos y fue entonces que a popa escuché un bullicio. Efectivamente allí estaba mi padre y frente a él el tal George; mi padre lo empujaba reclamándole y por primera vez en la cara del infeliz sujeto vi miedo. Las copas habían conseguido que este se fuera de la boca y comentara a uno de los ebrios con los que se juntaba su desliz, pero obviamente no había contado que me había ultrajado, sino que me había seducido. El otro ebrio, también suelto de lengua, le comentó a mi padre de la hazaña de George para con la "buenita seriecita", (así me habían apodado los hombres, supe después, por mi belleza y seriedad). El ebrio nunca supo que el padre de la dichosa "buenita seriecita" era el sujeto al que le contó la famosa hazaña de que se vanagloriaba el tal George.

Mi padre ahora le reclamaba acaloradamente su comportamiento y el cobarde pedía perdón. Pero mi padre estaba completamente enloquecido y no paraba de empujar al sujeto quien, perdiendo el equilibrio, cayó al suelo. Mi padre lo pateó fuertemente mientras el cobarde sujeto suplicaba perdón. Luego de dejarlo completamente molido a golpes mi padre se encaminó hasta donde yo estaba, ya otros pasajeros habían salido atraídos por el ruido y los gritos.

—Voy por el oficial de abordo para que te pongan bajo arresto —le dijo mi padre desde donde yo me encontraba—. ¡Vamos!

Mientras caminábamos con rumbo al puente escuchamos que la gente gritaba y nos volvimos... el sujeto se estaba aventando por la borda. Algunos corrieron para tratar de evitarlo, pero era demasiado tarde. El grito de "hombre al agua" se dejo entonces escuchar y a los pocos segundos un silbato avisaba del suceso. Las paletas del vapor se comenzaron a detener y algunos oficiales corrieron hasta uno de los botes. Con linternas en la mano bajaron al oscuro mar. Una hora tardaron, desde la cubierta solamente se veía la pobre luz de las linternas escrutando el oscuro océano, pero regresaron sin haber encontrado al desdichado y vil sujeto. Las calderas nuevamente dieron poder a las paletas y lentamente la embarcación comenzó a ganar velocidad.

Me quedé mirando al mar junto con mi padre, ambos en silencio; atrás, con la muerte de ese desdichado, dejaba mi dolor. Y no es que estuviera contenta con el resultado de los acontecimientos, sino que el castigo que él recibiera por su propia voluntad se había llevado parte de esa dolorosa sensación. Y aunque todavía llevaba conmigo esa punzante sensación, esta se veía un poco atenuada. Ahora lo único que me preocupaba era que tal vez ya nunca volvería a amar a alguien.

Continuar...