Jenny, alumna en práctica (Capítulo 1º)

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Apareció de improviso en mi vida y también de improviso se fue, dejándome como recuerdo de los meses que la tuve cerca de mí la imagen siempre latente de su rostro aceitunado de finas facciones, su nariz respingada, su frente amplia y sus labios seductores. Y una tenue sonrisa que siempre bailaba en su boca, acompañando una actitud de permanente ausencia, de estar lejos del mundo, especialmente de mí, de mis sentimientos, de la pasión que despertara en mi pecho.

Y sus ojos. Esos bellos ojos de mirar profundo que se clavaron en mi mente y me atraparon para no soltarme más. Esos ojos que fijaba en mí y me desarmaban completamente, convirtiéndome en un idiota que a duras penas lograba articular frases coherentes o ingeniosas con las cuales pretendía atraerla.

Vino a solicitar que le permitiéramos hacer su práctica profesional en la oficina. Yo le hice la entrevista preliminar y me quedé prendado de ella, todo al mismo tiempo. Desde ese primer encuentro su vida se pegó a la mía, devolviéndome el entusiasmo que creía perdido, convirtiendo mi pecho en un torbellino de sensaciones casi olvidadas.

Lo que en un principio era una atracción por su hermoso rostro y su actitud ausente, motivada tal vez por algún problema familiar, después se trocó en pasión cuando empezó a venir a la oficina vestida con unas blusas que hacían resaltar sus grandes senos redondos moldeados admirablemente después de su maternidad adolescente.

Esos senos se convirtieron en mi obsesión, elevándome a fantasías increíbles cuando me los imaginaba entre mis manos o besándolos. Usaba blusas ceñidas que los hacían lucir en todo su esplendor, orgullosa y consciente de la atracción que ejercían. Y día que pasaba me parecían más seductores, más tentadores. ¡Cómo los imaginé entre mis manos, recorriéndolos suavemente, sintiendo sus pezones endurecidos en el hueco de mis palmas!

Después empezó a venir con pantalones. Cada vez que se retiraba de mi oficina sus dos globos redondos se movían al compás de sus pasos como invitando a ser tocados, a acercarse por detrás y a apretarse a ella con toda la pasión que tenía contenida desde que esta joven de escasos veintidós años se apareció en mi vida.

Me mostré siempre muy amable con ella, alargando mis explicaciones cuando venía a consultarme algo, con la clara intención de que ella continuara mirándome y poder vislumbrar, aunque fuera de reojo, sus grandes y tentadores senos. Y ella, con su mirada profunda y su semi sonrisa bailando entre sus labios, tal vez sabedora de mis intenciones, lucía con orgullo los promontorios que me quitaban el sueño, como si quisiera darme alimento para mis fantasías solitarias.

Empezó a producirse entre ambos una corriente de confianza. Aunque ella sabía muy bien lo que sentía hacia su persona, ello no impidió que se estableciera un lazo afectivo entre los dos. Me di cuenta por la manera en que me hablaba o respondía mis bromas, que si bien no secundaba mis deseos, se sentía cada vez más cómoda en mi presencia.. Nunca respondió a mis insinuaciones ni a mis requerimientos, que con el tiempo fueron haciéndose demasiado evidentes. Pero siempre recibía como respuesta solamente una sonrisa, aunque era evidente que no le molestaba y que, a pesar de mis requiebros no correspondidos, me trataba ahora con más confianza.

Fue esa confianza que ella me regaló la que me dio fuerzas para intentar un mayor acercamiento, con la intención final de enamorarla, a pesar de la diferencia de edad y del hecho de que ella tenía un novio. Empecé por llamarla por el teléfono interno y a coquetearle cada vez que conversábamos. Nunca se molestó, nunca se puso seria, nunca me pidió que no siguiera. Claro que yo era su jefe y tal vez se sintiera presionada por mí y no se atreviera a ponerme en mi lugar ante el temor de perder el trabajo.

Pero no. Sentía que había algo entre ambos, pues hubiera bastado con que solamente en una oportunidad se pusiera seria o no sonriera ante mis coqueteos, para que yo hubiera desistido, pues por ningún motivo podría haberla sometido a algún tipo de acoso. No. Algo me decía que mis intentos no eran inútiles, que mis devaneos no eran en vano, que poco a poco estaba debilitando su fortaleza.

Mi problema era cómo llevar las cosas entre ambos más allá de donde estaban, traspasando los límites que imponían mi condición de jefe y su condición de joven seria. La quería sentir como mujer entre mis brazos, con sus senos en mis manos y mi boca en la suya. Y el colmo de mis deseos era tenerla enteramente para mí, entregándome su cuerpo que yo disfrutaría hasta hacerla gozar como nunca gozó antes.

Poco a poco fui logrando que la corriente de comunicación entre ambos se hiciera más fluida, al punto de que en una oportunidad le manifesté abiertamente que estaba enamorado de ella y ella recibió mis palabras con una sonrisa callada. Tampoco era difícil escuchar su risa franca ante alguna salida mía o un comentario a alguno de mis pedidos de enamorado. Mi primera petición se la hice un día viernes, poco antes de que ella se retirara:

—En algún momento libre que tenga este fin de semana, piense un ratito en mí, ¿ya?

—Bueno, si tengo algún momento libre, lo voy a hacer.

Su respuesta era todo lo que deseaba, pues ella era la confirmación de que mi galanteo no le era indiferente. Ese fin de semana lo pasé entre nubes, pensando en su respuesta y en lo que ello podría llegar a significar.

Ese lunes nuestro diálogo fue breve.

—¿Pensó en mí?

—No, no tuve tiempo.

Y la respuesta fue la misma durante varios días, pero de pronto, cuando parecía que la respuesta sería la misma que venía obteniendo todos los días, hubo un cambio.

—¿Pensó en mí?

—Sí...

—¿Qué pensó?

—No... sólo pensé...

Como es lógico, a partir de ese día mis peticiones se fueron haciendo cada vez más audaces, pero ella nunca se molestó y siempre respondió con una sonrisa mis peticiones, aunque no siempre en la forma que yo hubiera querido.

—¿Pensó en mí?

—Sí.

—¿Y qué pensó?

—Me acordé de usted...

—¿De qué se acordó?

—De las cosas que me dijo ayer...

—Ayer dije muchas cosas, ¿de cuál de ellas se acordó?

—Mmmh... mejor no...

Y así, paulatinamente, nuestros diálogos por el teléfono interno fueron haciéndose cada vez más abiertos, ya superadas las barreras iniciales. Yo creía estar en la gloria, pues sentía que me acercaba día a día al corazón de mi deseada Jenny.

—Sí.

—¿En qué pensó?

—En sus palabras de ayer.

—¿Que la amo?

—Mmmmmh...

—¿No le molesta?

—Mmmmh... no.

—Pero, ¿le agrada?

—Mmmmmmh...

—Por favor...

—Mmmmh...

—¿Te agrada?

—Mmmmmh...

—Por favor, cariño, dime que sí.

—Bueno... sí...

—¡Gracia mi cielo, gracias!

¡Había logrado finalmente romper la barrera entre ambos! Estábamos en la exquisita etapa del coqueteo, un excelente punto de partida para concretar mis planes. Sentía que había superado la más difícil de las barreras y que de aquí en adelante el camino era mucho más promisorio para mis afanes.

Colgué y quedé sumido en la alegría de mis pensamientos, pues se habían derribado los últimos obstáculos entre ambos. De aquí en adelante tenía un solo objetivo frente a mí: poseerla a como diera lugar. A partir de este momento pondría todas mis energías en conseguir que aceptara ser mía, que colmara mis deseos por ella.

Después de tanto perseguirla, de tanto pensar en ella, de tanto desearla, la tenía más cerca que nunca. Había reconocido que yo le agradaba, que mis palabras no le eran indiferentes, que yo mismo no le era indiferente.

¿Qué importaba la diferencia de años entre ambos, si yo le gustaba? No sería la primera vez que una muchacha se enamorara de un hombre mayor y yo aún me sentía lleno de deseos, de amor, de energía. Y todo se lo había brindado a mi querida muchacha y ella lo había aceptado. Sentía que estaba alcanzando su amor.

Cierro los ojos pletórico de contento y empiezo a hundirme poco a poco en mis ensoñaciones, en que Jenny juega el papel principal: el objeto de mi pasión. Me la imagino parada frente a mí, con sus grandes y profundos ojos clavados en los míos, mientras la aprisiono entre mis brazos para acercar mi rostro al suyo y besar esos labios tan deseados. Es tan vívido mi sueño que me parece sentir el roce de sus senos en mi pecho y ya presiento en mis manos el suave tacto de su piel suave y firme. Me la imagino levantando sus pechos para que yo los tome y bese, mientras ella me aferra la cabeza para hundirla entre ellos, para que beba de su néctar que se me entrega totalmente. El suave contacto de sus muslos me transmite una sensación de suavidad que se convierte en tibia humedad cuando logro alcanzar su sexo, cubierto por unas diminutas bragas.

Un ruido me despierta de mi ensueño y me obliga a abrir los ojos. Jenny está frente a mí, como si fuera la respuesta a mis locos deseos de besarla, de tocarla, de apretarla junto a mí, de estrujar con mis manos sus senos, de acariciar sus muslos y recorrerlos completamente.

Pero sus palabras terminaron por llevarme del país de mis sueños a la cruda realidad:

—Vengo a despedirme, pues hoy terminé mi práctica.

Sus palabras fueron un balde de agua sobre mis deseos, mis ensueños, mis planes, sobre el castillo de fantasía que había construido alrededor de su persona.

—¡¿Cómo?!

—Sí, hoy es mi último día de trabajo con ustedes, por eso vengo a agradecerle la oportunidad que me dieran de hacer la práctica profesional con ustedes.

Se dio vuelta y se marchó sin decir nada respecto de nuestros diálogos por teléfono. Era como si nunca hubiéramos tenido esa conversación que fue tan importante para mí Y yo me quedé con la boca abierta y sin poder comprender cómo se podía pasar de la euforia al abatimiento en tan poco tiempo, mientras se alejaba de mi vida.

Tras ella se fueron mis últimos sueños y se abrió una oscuridad de desesperanza que me cobijaría de aquí en adelante, sin posibilidad de escapar.

Qué tristes son los días de soledad cuando sabemos que nunca más veremos al objeto de nuestro deseo. Cuán largos y tediosos son los días sin ninguna esperanza de verla nuevamente, de escuchar su suave voz, de deleitarse con sus gestos, su mirada, su sonrisa.

Qué tristes y qué solitarios.

Pensé que nunca más sabría nada de ella; sólo me quedaba el recuerdo de su hermoso rostro aceitunado, su mirar profundo, su nariz respingada, sus labios sensuales... y sus hermosos, redondos, deseados senos que tanto me hicieron soñar.

La recordaba con su sonrisa ausente mientras examinaba un libro en mi oficina y yo feliz de saberla a gusto junto a mí. Nunca me dio esperanzas, aunque yo muchas veces le pedí una señal. Nunca me miró como yo hubiera querido que lo hiciera. Nunca me dijo nada que no fuera lo estrictamente necesario, aunque yo siempre le decía indirectas. Nunca se molestó conmigo. Y pienso si no hubiera sido mejor que se comportara de manera diferente, para que así yo no alimentara vanamente esperanzas que tan estrepitosamente chocaron con la realidad de su partida.

No tengo nada que reprocharle, sólo a mí por ser tan infantil, tan ensoñador.

«Pero ya estoy más allá de los reproches, ya nada podrá remediar mi frustración. En la soledad de mi ocaso su recuerdo es el único calor que tengo para mantener viva la llama de mis días, aferrándome a la ilusoria esperanza de que algún día aparecerá para decirme que mis sueños eran también los de ella, que no me había equivocado, que sus sentimientos son similares a los míos» —me decía.

Y aferrado a esta esperanza transcurrían lentamente los días hasta que...

Continúa...