Ginna... una pasión vía la Internet (I)

Autor:

Sus ojos se cerraron, evitando la intensidad de la luz que entraba por la ventana de su dormitorio. Volvió su hermoso rostro evitando la claridad matinal y ante la imposibilidad de seguir durmiendo se hundió en sus pensamientos, tan turbados de un tiempo a esta parte.

Estos días en la playa habían acrecentado su estado de insatisfacción y sentía que su cuerpo reclamaba de ella un desahogo a la inquietud en que se debatía por la necesidad de sentir en su interior todas la maravillas que imaginaba le darían los orgasmos que inútilmente buscaba en la cama con su esposo y que éste no podía procurarle.

Por su férrea formación moral no le era posible plantear a nadie su estado de insatisfacción, ya que podría ser considerado como un exceso de lujuria indebida de su parte. Ella misma había llegado a pensar lo mismo y se imaginó que el problema era solamente suyo, de tanto pensar en el sexo en lugar de preocuparse más de las tareas del hogar. Tal vez esas extrañas ideas en su mente eran producto de su falta de dedicación a otras tareas más domésticas.

Pero no. Algo en ella le decía que no estaba equivocada, que había algo errado en su relación de pareja. ¿Por qué ella no podía sentir orgasmo al igual que su esposo?

Ella no era frígida, así lo imaginaba. Su disposición al sexo era permanente y cada vez que Mario la buscaba ella estaba dispuesta y deseosa de satisfacerlo y hacía lo posible por obtener también su parte de recompensa en la cama, pero invariablemente el acto terminaba cuando estaba a medio camino para lograr la ansiada meta. Y siempre él acababa cuando ella empezaba a sentir que un exquisito calor empezaba a inundar su cuerpo, reclamando un mayor gasto de energía que no alcanzaba a desplegar.

Noche a noche esa energía acumulada iba aumentando su inquietud y haciendo insoportable la ansiedad que la embargaba por la insatisfacción permanente.

Se revolvió inquieta por sus pensamientos y entreabrió los ojos. En la tenue claridad de la luz matinal que poco a poco invadía el dormitorio se dibujó frente a ella la cabeza de Mario, que dormía profundamente, ajeno a los pensamientos de Ginna.

Volvió a cerrar los ojos y evocó la noche anterior, otra jornada de frustración.

Junto con emitir un resoplido final, Mario arqueó el cuerpo para finalmente dejarse caer sobre su cuerpo anhelante y la inundó con los líquidos de su orgasmo, en tanto ella se movía frenética por intentar acabar junto con él. El semen corrió por sus muslos hasta formar un charco en las sábanas, cuya humedad aumentó en Ginna la insatisfacción de comprobar que nuevamente quedaba sin su parte en el goce al que tanto había contribuido. Él se recostó a su lado, puso una de sus manos en su cabeza en un gesto que parecía ser de cariño, pero lo único que logró fue aumentar su rabia contenida. Al cabo de un rato y después de un escueto "buenas noches", se dio vuelta y se abandonó al sueño en tanto ella continuaba mascullando malhumorada en la inutilidad de sus esfuerzos por tener un orgasmo cuando su esposo la penetraba.

Después de tanto tiempo haciendo el amor con Mario, aún desconocía eso que sus amigas llamaban "acabar" y que tanto alababan.

Llevaba nueve años de casada y en todo este tiempo no había logrado conocer las maravillas del lecho conyugal que imaginara cuando con sus 17 abriles aceptara a Mario como compañero de su vida y le entregara su cuerpo. Todo el torrente de escalofríos, de fuego interior, de explosión de emociones contenidas que tanto le comentaban sus amigas, nada de eso había conocido hasta ahora. Y aún cuando su esposo la buscaba permanentemente y siempre se mostraba satisfecho, ella nunca había llegado a tener un orgasmo.

Y su cuerpo juvenil reclamaba ese algo que aún no lograba conseguir cuando era penetrada por Mario, al que había insinuado en más de una oportunidad introducir variaciones como aquellas que veían en películas de trasnoche. Pero él se negaba a hacer algo que no fuera montarse encima de ella, meterle su verga y cabalgarla hasta alcanzar su goce total, sin preocuparse mayormente si su pareja también lograba el clímax.

Lo de Mario no era una actitud egoísta, según pudo ella concluir. No, no se trataba de que fuera insensible a las necesidades de su pareja, no. Era falta de imaginación, acompañada de una deficiente educación sexual, a lo que se agregaban las ataduras de una moral restrictiva. Pero no había egoísmo en él, sólo que no sabía de sus deseos, de sus ansias y anhelos en la cama. Y esto era más grave para ella, pues no vislumbraba ninguna salida a su situación, no había argumento que esgrimiera ante él que lograra hacerlo cambiar.

Se sentía en un callejón sin salida, ya que en ningún momento pensó en engañarlo, en buscar fuera de su hogar lo que su esposo no podía brindarle. No, eso estaba fuera de toda discusión, ya que su formación moral se lo impedía. Todo lo que necesitaba debía obtenerlo de su esposo y de ningún otro hombre. Se había casado de una vez y para siempre, con el hombre que sería su compañero para el resto de su vida.

Si debía encontrar una solución a su problema debía ser con Mario y nadie más. Ni siquiera llegó a plantearse la posibilidad de engañarlo pues le parecía inmoral siquiera tener el pensamiento.

Pero, si ella se consideraba una mujer fiel, que no deseaba engañar a su esposo, entonces ¿cómo clasificar su relación con Salvador?

Sentía que no le era infiel a Mario, que Salvador le había dado la comprensión que necesitaba, los consejos adecuados y el aliento que le era tan necesario para sobrellevar su matrimonio. Y ella sabía que no existía posibilidad de engañar a su esposo, ya que Salvador era más un producto de su imaginación que un ser real, alguien que nunca se haría corpóreo ni le pediría eso que ella reservaba exclusivamente a su esposo. Pero con Salvador se sentía más mujer que nunca, él la había llevado a los límites de su sensualidad haciéndola vivir lo más parecido al orgasmo cuando él le dio a conocer las delicias de la satisfacción onanista.

A ese punto había llegado con él, a tener remedos de orgasmos, cuando sus pensamientos lujuriosos se confundían entre el rostro de su esposo y el otro desconocido de Salvador.

Sabía mucho y nada de Salvador. Él le había abierto su corazón completamente, por lo que ella compartía con él sus pensamientos, gustos, deseos, anhelos y sueños. Pero no sabía ni siquiera cómo era físicamente ni en qué lugar del planeta vivía. Desconocía cómo era su rostro, su aspecto, su mirada, sus gestos, todo. Pero lo sentía dentro como a ningún otro hombre antes.

Con él era todo y nada, a la vez.

Su inquietud desapareció paulatinamente a medida que se sumía en el recuerdo de Salvador, su desconocido e incalificable amigo, por darle un título.

Su rostro se distendió imaginando el día en que empezó todo entre ambos. Se acurrucó, encogiendo sus piernas en actitud fetal y apoyando ambas manos bajo su bello rostro y se abandonó a los recuerdos.

Era de mañana y ella estaba sola en casa, navegando en la Internet. Por casualidad dio con un sitio de relatos eróticos y por curiosidad, no exenta de cierta aprensión, empezó a leer algunos de estos. Había algunos escritos sin una pizca de imaginación, mal redactados y en muchos casos groseros, que intentaban explicar relaciones sexuales anti naturales, con un lenguaje procaz que ofendían a su sensibilidad de mujer acostumbrada a la buena literatura. ¿Es que no podían expresarse con belleza de un acto tan hermoso como lo es el sexual? A tan bellos ejemplos de literatura en que el sexo adquiere categoría de sublime, en los relatos que tenía ante sus ojos solamente se vislumbraba bajeza, obscenidad o suciedad sin límites.

Estaba por abandonar desilusionada el sitio cuando las primeras líneas de un cuento llamaron su atención. Las primeras líneas describían una situación absolutamente ajena al tema que vendría después, pero lo suficientemente interesantes como para atraer al lector. Con pocas palabras el autor logró captar su atención a un tema que le resultó interesante, la situación no tenía nada de extraordinario. Al cabo de un rato su interés se trocó en excitación cuando se dio cuenta de que el hilo de la narración la tenía absorbida y que la descripción del acto sexual le llegaba profundamente, produciendo en ella sensaciones desconocidas pero exquisitamente deliciosas.

No había grosería en el acto descrito, aunque se refiriera a dos mujeres. Tampoco se abusaba de las expresiones de los protagonistas ni con la descripción de las partes del cuerpo humano. Al contrario, era lo suficientemente escueto como mantener viva la atención y desear que se profundizara más en ello. Pero esa no era la intención del autor.

Ella captó de inmediato el objetivo que perseguía al autor, que se ocultaba bajo el seudónimo de Salvador: escribir para personas con un nivel intelectual que permitiera apreciar un relato bien escrito.

¿Quién sería el hombre que se ocultaba tras el seudónimo de "Salvador"? ¿Sería tan sensible como le pareció a ella cuando leyó su relato? ¿Por qué escribir algo de calidad y publicarlo en un lugar en que abundaba la mediocridad?

Con estos pensamientos en la cabeza pasaron varios días madurando la idea de escribir a ese desconocido. Había algo en él que le atraía, aunque en ello no había malicia ni doble intención. Es que sentía mucha curiosidad por explorar en la mente del autor de ese relato que tanto le gustara.

Sin detenerse a pensar en las consecuencias de su acto, escribió a Salvador una amable pero escueta carta de felicitación, con la esperanza de que en la respuesta pudiera encontrar el hombre que ella suponía que había tras ese desconocido.

Esa misma tarde encontró una respuesta esperándola en el computador. Con cierto nerviosismo, ya que sentía que lo que había hecho era casi como una traición a Mario, aunque se consolaba pensando que mientras no conociera a ese hombre, mientras siguiera siendo un desconocido, no era una traición propiamente tal, leyó el correo del inquietante Salvador.

La redacción y los conceptos vertidos en su misiva delataban al mismo hombre que ella había imaginado. Y más aún, porque su desconocido interlocutor entreabrió su corazón y Ginna sintió que ese hombre la comprendía perfectamente, como nunca nadie lo había hecho. Y lo más importante, sintió que en ella nacía una confianza ilimitada en ese desconocido.

Resultó ser un buen confidente que le dio nuevos puntos de vista en cuanto a su situación matrimonial, sin demostrar una actitud egoísta de querer obtener un beneficio personal. Más parecía un antiguo amigo de la infancia que siempre hubiera sido su hombro de confidencias, donde ella podía acudir en busca de consuelo, de consejo. Se sentía más cómoda contándole a él sus cosas que en las confidencias con sus amigas. Encontraba en él más sinceridad, más desprendimiento, más deseo de ayudarla, de contribuir a su felicidad.

No quería dejar de vivir esta experiencia, tan novedosa, tan única en su vida. Se sentía tan a gusto confesando a ese desconocido sus intimidades, que lo sentía como una necesidad a la cual no quería ni podía renunciar. Se le había hecho imprescindible la lectura de sus cartas.

Salvador, según le escribiera, resultó ser un hombre de 60 años, casado, padre de tres hijos y abuelo. Pero eso que parecía una barrera infranqueable para una muchacha de su edad, acostumbrada a ser admirada por jóvenes de su misma edad, prontamente fue superada por la corriente de confianza que se produjo entre ambos. Para ella su remitente no tenía rostro ni edad. Era un ser incorpóreo con el que se sentía totalmente a gusto. No creía ser infiel a Mario pues no había un hombre propiamente tal al otro lado del espacio sino alguien que la hacía sentir cómoda, escuchada, atendida, comprendida, y sin otra intención que el escribirse. Por otra parte, no existía ni la más remota posibilidad de que alguna vez se conocieran, ya que desconocían lo esencial el uno del otro.

En un gesto que ella apreció gratamente, Salvador le regaló la segunda parte del relato que tanto le había impresionado. Se lo envió para su aprobación y solamente si ella lo quería sería publicado.

Lo leyó ávida de encontrar en él lo que tanto le agradara en el anterior y no fue desilusionada. Ahora una de las protagonistas recordaba en su lecho las experiencias del día anterior y se excitaba pensando en lo sucedido y en lo que le esperaba con el desconocido que su cuñada le presentaría.

Era evidente que el relato se había inspirado en ella, pues habían muchos elementos que ella había insinuado en sus cartas que ahora veía reflejados en la mujer solitaria que buscaba desahogo en sus propios medios. No pudo evitar pensar en que Salvador, con su imaginación, la había espiado en su intimidad, lo que la excitó increíblemente.

En un acto que era reflejo de la confianza que habían alcanzado ambos, le contó a su desconocido confidente que su relato la había excitado, agregando que le daba vergüenza confesarlo. Este último comentario lo hizo con el afán de demostrarle que ella no quería rebajar el nivel de su relación sino que quería ser sincera con él, aunque para ello debiera contarle aquellas cosas tan íntimas que nunca antes nadie había escuchado de sus labios. Él era la primera persona en su vida que recibía una confidencia tan íntima y esperaba que él lo entendiera así.

La respuesta de Salvador le hizo comprender que él había captado la esencia de lo que ella pretendía; cuando él le respondió que lo que más le impresionó y agradó fue el comentario acerca de la vergüenza que sentía al confesar sus intimidades, el que había tocado el fondo de su corazón. Y no sólo eso, sino que le relató cómo se imaginaba él la excitación que ella sintió al leer su relato.

La descripción que Salvador hiciera de su excitación resultó ser muy similar a lo que ella experimentó al leer la segunda parte del relato que diera inicio a esta relación. Lo más increíble resultó ser que la descripción de su estado de excitación superó lo que ella había experimentado. Es que su desconocido confidente había logrado captar su soledad, su insatisfacción y el deseo de obtener un clímax que compensara sus frustraciones.

Leía la narración y le parecía que un fuego se apoderaba de su cuerpo, sin poder evitar el tocar sus senos, sus muslos y su sexo, en tanto sus ojos se paseaban en la pantalla que le entregaba el mensaje de amor de Salvador. En esa oportunidad se masturbó por primera vez y sintió que el goce que había alcanzado superaba con creces las sensaciones que le brindaba su esposo en la cama.

Cada vez que tenía oportunidad buscaba la soledad de su pieza o del baño para releer ese relato y vivir un remedo de pasión con sus propias manos.

Pero esta situación cambiaría radicalmente sin que ella se percatara de ello, hasta cuando se entregó a los brazos de su amiga Miki, pero ya era muy tarde para retroceder de la trampa a que la había conducido su misterioso amante.

Continúa...