Al día siguiente desperté con el ruido de la ducha. Soledad salió del baño tapada solamente con una toalla que le cubría desde los senos hasta los muslos, diciéndome:
—¡Arriba, flojonazo! —al tiempo que levantaba las tapas de la cama en que me encontraba completamente desnudo.
Empezó a hacerme cosquillas como para obligarme a levantar. Al cabo de un momento sus movimientos se fueron haciendo más lentos y ya sin reír empezó a bajar su mano por sobre mi vientre hasta apoderarse de mi verga.
—¿Cómo amaneció el juguetón hoy? —dijo mientras lo sobaba a todo lo largo, produciéndome una inmediata erección—. ¡Vaya!, veo que está listo para trabajar otra vez a pesar del trabajo que le di anoche.
Se subió encima de mí poniendo su entrepierna sobre mi cara y se agachó para meterse mi palo en la boca en tanto bajaba su vientre para que su vulva quedara lista para que la besara.
Me hundí en su mata de pelo y empecé a mamarle el coño en tanto ella se revolvía de placer mientras chupaba a todo vapor mi instrumento. Puse mis manos sobre sus nalgas para afirmarme y metí mi lengua en su grieta hasta tocar su clítoris, el que ya estaba sensibilizado por nuestra noche de amor incestuoso y se derramó inmediatamente sobre mi boca haciéndome sorber sus jugos, que me supieron a gloria. Entonces ella se sacó mi instrumento de la boca y se sentó de espaldas a mí, dándome el espectáculo de su trasero que subía y bajaba tragándose completamente mi verga. Su pelo caía por sus hombros y a cada tanto se pasaba la mano para alisarlo, para luego continuar con su movimiento, como si estuviera montando un caballo, preocupada solamente del placer que sentía en su interior con mi palo penetrándola.
Un movimiento en la puerta del dormitorio nos hizo mirar a ambos, para encontrarnos con Claudina parada con una bandeja en la mano y una expresión de asombro que la tenía con los ojos y boca desmesuradamente abiertos ante el espectáculo de su patrona penetrada muy a gusto por su hijo. ¡En lo único que no habíamos pensado era en que esta muchacha venía por las mañanas y pudiera pillarnos!
Mi madre fue la primera en reaccionar ordenándole que se acercara en un tono de autoridad que no dejó de llamarme la atención. Claudina se acercó a nosotros sin soltar la bandeja y con la cabeza baja. Mi madre tomó la bandeja y la dejó a un lado diciéndole:
—No creas que no te vi con mi hijo en la cocina la otra vez...
A lo que la muchacha respondió agachando más aún su cabeza en señal de culpabilidad.
Mi madre la hizo acercarse todavía más y bajándose de encima de mí, dejándome con la verga aún parada y expuesta a la vista de ambas, se acercó a Claudina y le acusó:
—Vi cómo te dejabas meter su cosa ahí... —al tiempo que ponía su mano entre las piernas de la muchacha—. Dime —agregó—, ¿es verdad o no que te metiste esto en tu chucha? —y tomó su mano poniéndola sobre mi herramienta sin sacar la suya de donde la tenía.
Recién entonces comprendí lo que mi madre pretendía y me decidí de inmediato a secundarla llevando mis manos a mi sexo y, tomando la mano de Claudina que Soledad había llevado a ese lugar, la hice rodear mi palo y empecé a masturbarme con su puño. La niña seguía confundida, pero mi madre empezó a masajear su bultito lo que pronto hizo efecto sobre la chiquilla, quien inició movimientos sobre la mano de mi madre en tanto aumentaba la presión sobre mi instrumento y respiraba cada vez más rápidamente.
Mi madre la empujó encima de mí de manera que mi verga quedó en su boca, la que abrió para recibirla y empezó a chuparla casi con desesperación, en tanto mi madre le subía la falda y metiéndose entre sus piernas empezó a mamarle el sexo por sobre los calzones mientras la muchacha se revolvía presa de una terrible excitación. Este espectáculo fue mucho para mí y acabé en la boca de Claudina, que se tragó todo mi semen.
Cuando se hubo repuesto, mi madre la tiró a la cama, de espalda, le bajó los calzones y abriéndole las piernas se hundió entre los muslos de la muchacha, quien a su vez la tomó de la cabeza y la apretó a su coño diciéndole entre suspiros:
—¡Asiiiii, asiiiiii, mi amor!... ¡¡¡asiiiii!!! —para terminar viniéndose entre grititos de placer.
Mi madre se echó sobre la cama al lado de la chiquilla y esta se puso entre sus piernas para devolverle el favor, mientras mi madre le tomaba la cabeza y se la hundía en su nido de amor diciéndole:
—¡Con lengua, m'hijita, con lengua!
—¡Sí, sí! —respondió la muchacha y pasó sus manos por debajo de las nalgas de Soledad para acercar lo más posible la chucha a su boca.
Para no ser menos, me puse detrás de Claudina y levantándole el culo le enterré mi verga, a lo que ella respondió moviéndose con desesperación. Mientras movía sus nalgas metí un dedo en el hoyo de la muchacha, la que se quejó pero no hizo movimiento de rechazo. Al cabo de un rato acabamos los tres al unísono.
—Bueno —dije una vez que nos repusimos—, veo que ustedes ya se "conocían"...
A lo que mi madre respondió entre risas mientras metía un dedo en el sexo de Claudina:
—Hace ya un buen tiempo que mantenemos este secreto —y Claudina sonrió humildemente, como un fiel servidor—. No te preocupes, que Claudina es de total confianza.
Agregó mi madre mientras se sentaba sobre mi palo indicándole a la muchacha que se sentara sobre mi boca, lo que hizo gustosa quedando una frente a la otra, unidas en un abrazo. Mientras se besaban apasionadamente yo penetraba a mi madre y mamaba la chucha de Claudina. Al cabo de un rato de intenso besar, chupar y culear, mi madre me inundó la verga con sus jugos, en tanto Claudina me llenaba la boca con una acabada desesperada e intensa.
Soledad se bajó de mi verga y tomó a Claudina, a la que puso en cuclillas sobre la cama y me invitó a explorarla por atrás. Levanté su culo y le metí mi herramienta por el hoyo posterior, a lo que la muchacha no puso resistencia y lo recibió con mucho gusto. Su estrecha abertura hizo el efecto deseado y pronto la inundé con mis jugos seminales dejándola tendida en la cama, en estado de agotamiento total.
—Eres buen alumno —me dijo mi madre y me dio un fuerte beso con lengua.
Claudina se retiró a sus deberes después de darnos a ambos el desayuno, que nos servimos en la cama, reponiéndonos de tanta actividad. Después de un breve descanso nos dimos una sesión final de sexo antes de la llegada de mis hermanas, no sin antes hacernos mutua promesa de reserva absoluta respecto del giro que había tomado nuestra relación filial.