Diario íntimo (VIII) :: Soledad 3

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Después de cenar Soledad me invitó a unas copas, lo que nos dejó a ambos bien alegres.

—Es para que estemos más en libertad, sin inhibiciones —me dijo, como si ya no nos hubiéramos soltado lo suficiente. Pero ella tenía sus planes y para ellos era preciso que yo no estuviera en mis cinco sentidos.

El asunto es que quedé bastante alegre con las copas y así nos fuimos al dormitorio, en un estado de euforia que presagiaba una noche de lujuria, ya que Soledad bebió mucho más que yo y se encontraba sumamente mareada y con deseos de soltar todo tipo de amarras morales para disfrutar plenamente de una noche como hacía mucho que no lo pasaba.

—Toda la noche es nuestra y podemos hacer lo que queramos... lo que he deseado y esperado tanto tiempo —me dijo en un estado de excitación que la hacía tiritar de deseo mientras se agachaba y me abría el pantalón sacando mi verga y metiéndosela en la boca casi con desesperación.

Cubrió sus dientes con sus labios y empezó a moverlos a lo largo de mi instrumento, luego se puso de costado y empezó a lamerme el palo de arriba abajo para finalmente meterse mis bolas en la boca, las que revolvió suavemente entre su lengua y el paladar. Después de un rato se detuvo diciendo:

—No hay que desperdiciar tu leche, m'hijito —y se desnudó mientras yo me desprendía también de mi ropa quedando ambos desnudos frente a frente—. Ahora... a lo perrito —dijo y se puso en cuatro pies invitándome a que la penetrara.

«Al parecer las hermanas tienen los mismos gustos», me dije para mis adentros.

Le acerqué mi herramienta a su gruta, que por detrás se veía rosadita, de labios gruesos, carnosos, húmedos y ansiosos por ser penetrados. Me aferré a sus senos y le metí toda mi cosa al tiempo que le decía:

—Es toda tuya, ¡gózala, Soledad.

Ella respondió moviendo su culo acompasadamente musitando:

—Al fin... ¡al fin algo como la gente.

—¿Por qué? —pregunté extrañado, y ella sin dejar de moverse respondió:

—Siempre con mis dedos y a escondidas... ¡no se vale!

—¿Y papá?

—No se compara contigo, m'hijito.

—Entonces... ¿te gusta mi palo?

—Es lo máximo, me llena totalmente... ¡¡¡esssss rriiiiicccoooo, siiiiiiiiii!!!

Y continuó moviéndose desesperadamente, excitada por sus propias palabras, hasta acabar dos veces seguidas inundando la cama con sus jugos que caían por sus muslos.

Se bebió otra copa y después se tiro en la cama, completamente loca de sexo y de alcohol, abriendo sus piernas y mostrando su coño mientras me pedía:

—Ven... ¡chúpamelo! —lo que obedecí de inmediato hundiendo mi cabeza entre los pelos de su raja, metiendo mi lengua entre sus labios vaginales.

Su coño era grande, húmedo y de labios gruesos, cubierto con una mata de pelo impresionante. No bien había metido mi boca entre sus labios inferiores ella se derramó gritando:

—¡¡¡Rriiiccooo, rriiiiccooooo, m'hijito... qué cosa más rriiicaaaaa!!! —moviéndose como poseída de una fuerza sobrehumana.

Yo iba a continuar mi exploración cuando ella me tomó y con señas me indicó que me diera vuelta, de manera tal que llevara mi palo a su boca quedando los dos ofreciéndonos nuestros sexos, y nos dedicamos a mamar con dedicación. En un momento sentí que un dedo de Soledad se metía por mi hoyo posterior, pero aparte de la alarma consiguiente la exploración anal me produjo una exquisita sensación de placer, por lo que empecé a moverme más rápido, ayudando con ello a la mamada que estaba recibiendo y facilitando la introducción de su dedo. Ella, por su lado, movía su coño desesperadamente, levantándolo e indicándome con una mano hacia su parte posterior. Entonces comprendí que quería el mismo tratamiento y le metí un dedo en el culo, lo que la hizo tranquilizarse como si hubiera recibido su medicina. Nos quedamos un rato mamando y metiendo y sacando el dedo del culo contrario. Como es lógico, acabamos ambos al mismo tiempo en medio de gritos de gozo.

Pero Soledad distaba mucho de darse por satisfecha y poniéndose de espalda me invitó a que la penetrara:

—Ahora quiero que me la metas como la primera vez, para que veas cómo gozo con tu palo dentro.

Sabedor de que nos encontrábamos completamente solos y que ella estaba completamente suelta, sin ningún tipo de trabas ni precauciones, me le instalé encima y puse mi herramienta sobre su vagina, pero paseándosela entre los labios haciendo esperar el momento de la penetración. Desesperada, Soledad me pidió:

—¡Métela, métela ya, m'hijito rico! —pero yo continué con mi juego—. ¡Ya, m'hijito, méteme la verga, por favor!... ¡No seas malito! —y yo seguía paseándole mi palo por sobre su vagina, sin metérselo.

—¡Ya, m'hijito... que no aguanto más, quiero tu palo! —y empezó a moverse desesperadamente levantando su vientre como queriendo alcanzar en el aire mi instrumento para introducirlo dentro de ella—. ¡¡¡Métemelooooo, m'hijito. No seas malito, porrr faaavooorrrr, meeetemeloooo!!! —repitió y acabó dando gritos—. ¡Desgraciado, rico, desgraciado, rico, m'hijito rico, cabrón desgraciado!

Una vez que hubo acabado completamente le dije:

—Ahora sí la vas tener toda dentro, Soledad...

Se abrazó a mí subiendo sus pies por encima de mi espalda y se colgó de mí, de manera que tuve que colocar todas mis fuerzas en mis manos y pies para soportar su peso y al mismo tiempo penetrarla. Aunque cansadora, la posición adoptada me pareció estupenda y estuvimos galopando un buen rato, hasta que nuevamente acabó, soltando sus pies y cayendo a la cama en medio de gritos:

—¡¡¡Rrriiiiccooooo m'hijito, rriiiccooo m'hijito!!!

Me tiré encima de ella y empecé a hundirle y sacarle mi herramienta repetidamente con el afán de acabar pronto. Ella se abrazó a mí y llevó un dedo a mi trasero, pues se había dado cuenta del efecto producido en mí anteriormente. Y no estaba equivocada, ya que casi inmediatamente acabé, llenándola con mi semen.

Nos quedamos abrazados, yo encima de ella, con nuestros cuerpos transpirados y jadeando por el esfuerzo realizado. Nos tomamos otra copa y fuimos a la ducha a refrescarnos. Bajo la ducha ella me jabonó apoderándose de mi herramienta que limpió prolijamente mientras yo le llenaba de jabón la chucha.

Cuando volvimos al dormitorio Soledad se puso nuevamente de cuatro pies y mirándome por sobre el hombro me dijo:

—Ahora... ¡un regalo especial para ti!

Pensé que no había nada especial en volver a hacerlo a lo perrito y me acerqué dispuesto a enterrarle nuevamente mi palo en la raja, pero ella me tomó la verga y se la puso en el hoyo del culo diciendo:

—¡Encúlame... méteme toda tu poronga por el trasero!

Comprendí inmediatamente su intención y con algunas dudas respecto a que mi palo pudiera caber por su hoyo, empecé a hundírselo. Para mi sorpresa, mi verga fue encontrando un camino expedito y se fue hundiendo de a poco por el trasero de mi madre mientras ella gritaba:

—¡Soy una puta... dime que soy una puta! —y yo le hundía mi herramienta mientras le repetía:

—¡Puta... eres una puta! —cosa que lo producía mucho placer.

Caí en cuenta que a ella le gustaba decir obscenidades y que le dijeran las mismas cosas mientras culeaba, por lo que decidí complacerla y empecé a decirle:

—¡Puta!... eres una perra caliente que le gusta que te metan el pico por el culo, ¡perra caliente! —y ella se revolvía de gozo escuchando estos insultos y sólo decía:

—¡Más... dime más cosas ricas!

—¡Puta caliente!, mira como te meto mi pinga por el culo hasta hacerte acabar, porque eso es lo que te gusta... ¡que te ensarten por el culo, perra caliente!

No pudiendo aguantar más el gozo que le producía mi verga dentro de su culo y las palabras cochinas que le decía, acabó dos veces seguidas.

Saqué mi herramienta de su parte posterior y la puse en su boca metiéndosela completamente. Soledad tomó mi palo con una mano y mientras lo chupaba me hacía al mismo tiempo la paja.

Con la mano que le quedaba libre me masajeaba las bolas para terminar hundiéndome un dedo en el hoyo. Aumenté el ritmo de mis metidas y sacadas al tiempo que le repetía:

—¡Toma, chupa, puta desgraciada!, ¡cómete toda la mierda que saqué de tu culo con mi pinga, perra caliente! —y ella chupaba con más entusiasmo mientras más la insultaba, hasta que los dos acabamos nuevamente.

Continuamos nuestra sesión de perversión sexual hasta pasadas las cuatro de la mañana, cuando el sueño nos sorprendió y nos quedamos dormidos abrazados y completamente desnudos, ella con mi verga en su mano y yo con un dedo en su culo, borrachos de sexo.

Continúa...