Me encontraba en un mar de sensaciones encontradas. Lo que vi esa mañana iba mucho más allá de todas mis fantasías... pero nada podía hacer.
Toda duda respecto de las intenciones de mi madre habían quedado respondidas cuando la vi a través del espejo improvisado introduciendo su mano en el interior de su falda para alcanzar su calzón y masajear frenéticamente su sexo hasta alcanzar el orgasmo, mientras yo la excitaba metiendo mi verga a la muchacha de la casa, dejando a su vista mi palo que entraba y salía de la gruta de la morena.
Recordaba esa mañana en que la vi masturbarse mirando al caballo y la yegua copular o cuando creí que me espiaba mientras me masturbaba en el baño o esa oportunidad en la cocina en que me mostró su cuerpo a contraluz. Si bien todas estas ocasiones fueron excitantes, fui un mero espectador que no pudo hacer nada, pues si hubiese insinuado mis intenciones podría haber armado un escándalo si todo lo sucedido hubieran sido solamente ideas mías, ya que mi madre hubiera reaccionado airada, lo que parecía lo más lógico.
Pero hoy la cosa era diferente, no tenía dudas de que ella me había visto como hombre y eso le había excitado, al punto de masturbarse viéndome meterle mi verga a otra mujer y estoy seguro que el motivo de su reacción fue el ver mi herramienta en todo su grosor y longitud. Era mi verga la que le había hecho acabar, de eso estaba seguro. Y para comprobar mi pensamiento imaginé que no podía dejar pasar esta oportunidad y que tenía que hacer algo esa misma noche para saber en qué terreno estaba pisando.
Durante todo el día mi madre actuó naturalmente conmigo, como si nada hubiera sucedido, aunque noté en ella un ligero temblor en sus manos cuando me pasaba algo o que rehuía mi mirada cuando me dirigía la palabra. Llegada la noche, antes de retirarme a dormir, le dije que sentía algo de fiebre, a lo que ella procedió a ponerme la mano en la frente y dijo que tal vez fuera necesario ponerme unas compresas, lo que me hizo pensar que mis planes empezaban a cumplirse a mi gusto.
Cuando ya todos dormían entró mi madre a mi pieza con un lavatorio con agua helada y unos paños flotando, mientras yo me hacía el dormido.
—Bueno, veamos qué podemos hacer para bajarte la fiebre —murmuró y me puso un paño mojado en la frente—. Ahora, pondremos otro en tu estómago —dijo y bajó la sábana dejándome cubierto solamente con mi pijama.
Como estaba con un paño en la frente nada podía ver ni hacer. Mi madre bajó el pantalón del pijama y puso un paño mojado sobre mi estómago. Al acomodarlo noté como si uno de sus dedos hubiera rozado mi instrumento, pero pensé que podría haber sido casual, pero igualmente sentí que me excitaba. Al cabo de un rato, al dar vuelta el paño sobre mi estómago, nuevamente uno de sus dedos tocó mi herramienta, ya más erguida, lo que ya no me pareció tan casual. Pensé que si seguía el jueguito de la fiebre podría obtener algo sabroso de todo esto y empecé a moverme con los ojos cerrados y quejándome como si estuviera con una fiebre alta. Entonces ella cambio el paño sobre mi frente y al hacer lo mismo con el que había en mi estómago se encontró con mi palo completamente parado, apuntando hacia arriba como un hasta de bandera.
Entonces sentí que su dedo me rozaba la verga, recorriéndola de arriba a abajo, suavemente. Eso fue demasiado para mí y empecé a moverme como si estuviera penetrando un coño imaginario. Mi madre rodeó mi palo con toda su mano y empezó a pajearme suavemente, moviendo la cubierta de mi verga, de la cabeza hasta casi llegar a mis bolas. Entonces acabé en un torrente de semen que salió disparado sin control. Ella retiró rápidamente su mano de mi verga, sacó los paños que me había puesto, me tapó y se retiró en silencio, como para no despertarme.
Me quedé en un estado de excitación extremo, pensando en la mano de mi madre masajeando mi instrumento. Imaginaba que ella estaría masturbándose en su dormitorio pensando en lo sucedido en mi cama, ya que estaba seguro de que la situación vivida debió excitarla al extremo y me parecía verla con las piernas abiertas y su mano entre sus muslos, metiendo y sacando los dedos de su sexo, tratando de obtener alivio a su calentura. Esto fue demasiado fuerte para mí y, sin siquiera pensarlo, me levanté rápidamente y me fui a su dormitorio al que entré sigilosamente.
Y ahí estaba ella, en medio de su cama, de espaldas, con las piernas semi levantadas y moviéndose debajo de la sábana, con los ojos cerrados y una de sus manos sobando sus senos mientras la otra se movía frenética entre sus muslos. De pronto abrió los ojos y me vio parado al pie de la cama, desnudo y con mi verga completamente parada. Dejó su movimiento y se quedó mirándome sin decir nada, con la boca semi abierta de deseo, respirando entrecortadamente, tanto por la masturbación que estaba haciéndose como por la excitación de lo que sabía estaba por suceder entre los dos.
Me subí a la cama por un costado y me recosté a su lado levantando las sábanas. Entonces, por primera vez, la vi completamente desnuda, con sus manos cubriendo sus senos y sus piernas abiertas y semi levantadas.
Montándome sobre ella le puse mi verga a la entrada de su gruta y me quedé ahí, como esperando una reacción de parte suya.
—¿Qué estás haciendo? —dijo mirándome fijamente, pero sin dar señales de rechazo.
Nada respondí pero me di cuenta que su sexo se movía suavemente sobre la cabeza de mi verga, en un movimiento rotatorio que le hizo aumentar de volumen más aún de lo que estaba.
—No, no puede ser... ¡márchate! —me pidió con sus ojos y boca bien abiertos mientras los labios de su sexo rozaban mi verga continuando su movimiento ondulatorio, invitándome a entrar.
Permanecí con mi palo puesto a la entrada de su gruta, sin
atreverme a enterrársela, mientras ella me repetía:
—No, no está bien, no puedes hacerlo... —pero continuaba con su
movimiento pelviano que decía todo lo contrario.
Mi madre quería dejar a salvo su buen nombre ante mí, para que yo apareciera como violándola y así quedar con la conciencia tranquila, pero invitándome al mismo tiempo con el movimiento de su sexo sobre mi verga a que la penetrara. Decidí adoptar el papel de violador en este incesto y sin más le hundí mi verga hasta la mitad.
—No, no, por favor... ¿qué haces? No... no... —dijo mientras subía los pies, los pasaba sobre mi espalda y empujaba de manera que mi instrumento se enterrara completamente en su interior.
No fue más que mi herramienta la penetrara y ella acabó al instante llenándome con sus jugos entre grititos apagados de:
—Nnoooo, noooo...
Pero aunque había llegado al orgasmo no bajó sus pies y siguió espoleándome para que la galopara, cosa que hice de muy buen grado logrando que volviera a acabar otras tres veces, siempre en medio de gritos de:
—¡¡¡Noooo, nooooo, por favor... noooo!!!...
Sus acabadas fueron cortitas pero intensas, como si estuviera poniéndose al día de todo el tiempo que llevaba de abstinencia sexual.
Como viera que ella ya llevaba cuatro acabadas, decidí que había llegado mi momento y me dediqué a moverme frenéticamente para lograr mi orgasmo, hundiendo y sacando mi palo repetidamente de su vulva mientras ella se dejaba penetrar. Me dejaba toda la iniciativa como para sentir que había un macho que le estaba haciendo el amor brutal, fieramente, como ella quería y que no era ella la única que participaba del acto, como sucedió las veces anteriores. Y en eso estuvimos por un buen rato en que lo único que se escuchaba eran nuestros jadeos mientras nuestros cuerpos se llenaban de transpiración.
Ella acabó otras dos veces antes de que yo la inundara con mi semen y me desplomara encima de ella completamente agotado.
Entonces me pidió que me fuera y que no volviera a hacerle eso nunca más... pero en su mirada vi que sus deseos eran que volviera y la penetrara nuevamente... y no la iba a defraudar.