Diario íntimo (IV) :: La tía Clara

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Ese verano me sentía en la gloria pues había logrado los favores de mis cuatro hermanas, todas las cuales se mostraban muy dispuestas a complacer mis fantasías. Sofía y Catalina aprendían rápidamente las posiciones que Natalie me enseñaba, en tanto que Ivonne no salía de su asombro ante las posibilidades de gozo que el sexo le brindaba. Cada una de ellas, a su manera muy particular, me permitían disfrutar mi aprendizaje sexual que tan inesperadamente había irrumpido en mi vida. ¡Quien hubiera dicho que un par de semanas antes yo era virgen! Y ahora podía satisfacer mis ansias sexuales con cualquiera de mis cuatro hermanas.

Había logrado distribuir mi tiempo de manera que cada día pudiera gozar con alguna de mis hermanas por separado, aunque algunas veces me vi obligado a redoblar mis esfuerzos debido a la necesidad apremiante de alguna de ellas, lo que me obligaba a tener dos sesiones en un mismo día. Preferentemente mi actividad sexual la llevaba a cabo en días de semana, que eran los que más favorecían el desarrollo de mi deporte favorito, ya que era difícil que se encontraran todos reunidos en casa al mismo tiempo, como sucedía los fines de semana.

Era un jueves cuando mi madre mi pidió que me acercara a casa de su hermana Clara, que necesitaba un remedio que ella tenía. Se trataba de unas gotas para los nervios, un tipo de calmante que sólo se adquiría en la capital, y como al parecer mi tía lo necesitaba urgente, me pidió que partiera rápidamente donde ella.

Mi tía Clara era una mujer que, aunque menor que mi madre, era más alta, con 31 años muy bien llevados. Era una mujer hermosa, de poderosos glúteos que se le cimbraban al caminar y, como eran grandes y bien moldeados, los lucía con orgullo. Además tenía unas caderas finísimas, que hacían resaltar un par de piernas grandes y largas, en que sobresalían unos muslos gruesos y muy bien torneados. Y que decir de sus senos, abundantes, parados y blancos, que siempre hacía resaltar con vestidos escotados.

Vivía sola con mis abuelos, pues seguía soltera, aunque nunca le faltaron pretendientes dispuestos a casarse con ella, pero mi tía resultó demasiado exigente con ellos y finalmente terminó por desanimarlos uno tras otro. Por lo que supe, mi tía había tenido una desilusión amorosa con su primer pretendiente y eso la había marcado para siempre.

Mientras mi madre me hacía el encargo parada frente a la puerta abierta de la cocina, no dejé de observar que su cuerpo se recortaba contra la luz que provenía de afuera, dibujando la silueta de su cuerpo al trasluz. Ella llevaba puesto un vestido de una sola pieza, de tela delgada, a través de la cual se podía apreciar claramente que andaba solamente en calzones, sin enaguas ni sostenes, ya que sobresalía la silueta de los estupendos senos que tanto me habían hecho soñar de un tiempo a esta parte. Y las piernas se destacaban en toda su esplendidez, con un par de muslos que llamaban a refugiarse entre ellos. Mi madre no se movía de la posición en que estaba, poniéndose de frente o de costado, con las manos apoyadas en sus caderas.

En un momento determinado levanté la vista y vi que ella me observaba fijamente, lo que me dio a entender que se había percatado perfectamente de que estaba disfrutando del espectáculo de su cuerpo a contraluz, pero continuó en el mismo lugar, como si nada. En un momento determinado se puso de espalda a mí, por lo que tuve la oportunidad de regalarme a gusto con la visión de su cuerpo. A duras penas logré reponerme y salí para cumplir su encargo en un estado de excitación tan evidente que mi instrumento formaba un bulto delante de mi pantalón que no pudo pasarle desapercibido.

Camino a la casa de mi tía pensaba en la exquisita silueta que mi madre tenía y que hoy me había regalado tan generosamente. Estaba seguro de que se había percatado de mi estado de excitación, ya que eran respetables las dimensiones que mi herramienta tomaba cuando estaba en todo su apogeo. Por otro lado, después del episodio del caballo y la yegua, cuando la sorprendí masturbándose, había perdido todo recato y sólo esperaba la oportunidad para hacer avances con ella, por lo que de un tiempo a esta parte no disimulaba mis deseos por verle las piernas cuando estaba sentada o pararme cerca de ella para espiar sus senos. Y como en más de una oportunidad me vio acostado durmiendo en calzoncillos la siesta sobre la cama, no podía dejar de ver el bulto que intencionalmente le ofrecía. Incluso estoy seguro que en una oportunidad me vio masturbándome, ya que al salir del baño la vi alejarse apresuradamente.

Las fantasías que mi madre despertaba en mi mente me hacían estar en un estado de excitación permanente, imaginando que la poseía en diferentes situaciones. Mi experiencia con mis hermanas había abierto las compuertas de un desenfreno sin límites, al que me estaba abandonando sin tapujos dispuesto a obtener todas las satisfacciones que el sexo me ofrecía y que intuía no tenía límites. Lo que en ese momento no sabía era que mi iniciación era tan anormal que me llevaría por sendas de perversión insospechadas. Y es en esta senda que el destino puso delante de mí y que yo recorrí en toda su extensión en donde vislumbro que está la raíz de mis males presentes. Empiezo a creer que el doctor tenía razón cuando me recomendó escribir este diario, pues ya empiezo a atisbar parte del origen de mi situación actual.

Llegué donde mi tía Clara, que vivía al otro extremo del pueblo, distante como a 40 minutos de la casa nuestra. Golpeé y me abrió ella, que andaba en enaguas y una bata encima. Se veia de inmediato que mi tia se estaba levantando, a pesar de que eran pasadas las 10 de la mañana. Además, por su cara se notaba que no había pasado una buena noche. Me hizo pasar al living y se sentó junto a mí, agradeciéndome por el encargo cumplido. Intentó iniciar una conversación pero al cabo de un momento se quedo callada, con la vista perdida en quizá sus recuerdos y de pronto una lágrima asomó tímidamente y rodó mejilla abajo.

Al ver a mi tía en ese estado me paré a su lado y puse una mano en su hombro para transmitirle fuerza y comprensión, aunque no sabía qué era lo que debía comprender. El asunto es que estuvimos así por un par de minutos en los que me mantuve en silencio, con mi mano sobre su hombro y con la vista clavada en la abertura de su bata por donde se asomaba la redondez de sus pechos, con una cavidad entre los dos senos que invitaban a los juegos amorosos. Seguí observando el espectáculo de los senos de mi tía, tan parados como duros, y sin darme cuenta empecé a tener una erección que no podía pasarle desapercibida, ya que estando parado al lado suyo y ella sentada y semiagachada, mi bulto quedaba a la altura de sus ojos. La posibilidad de ser sorprendido con mi palo completamente parado no me preocupaba, pues había comprendido con mis hermanas que el llamado del sexo es más fuerte que el hecho de ser hermanos y, con mi tía, esa barrera era más lejana aún. Y si ella se molestaba no podía decir nada, ya que no veía nada malo en excitarse.

De pronto mi tía despertó de su ensoñación y lo primero que vio fue el tremendo bulto que se adelantaba desde mi pantalón hacia ella. Se quedó quieta un momento, sorprendida y sin decir absolutamente nada. Al cabo de unos minutos pareció decidirse. Vi cómo se acomodaba y su bata se entreabría para mostrarme parte de sus piernas, aún cubiertas por la enagua.

Así nos quedamos un rato, hasta que ella me pidió que la acompañara a su pieza, cosa que hicimos en silencio. Entramos y ella se puso en la cama y solicitó que cerrara la puerta con cerrojo, cosa que hice de inmediato en un estado de nervios extremo por lo que veía que se avecinaba. Al darme vuelta la encontré sobre la cama, con la bata abierta y su enagua subida hasta los muslos.

—Ven, siéntate... —me dijo y me indicó el pie de la cama.

Lo hice y quedé en posición inmejorable respecto de la visión de sus piernas. Entonces empezó a hablarme de las cosas que pueden hacerse entre un hombre y una mujer cuando ambos son adultos y que la mujer necesita que le hagan esas cosas, porque la falta de eso puede ocasionarle malestares que afectan a sus nervios. Yo la escuchaba seriamente, pensando para mí que mi tía estaba intentando hablarme de algo que suponía que yo desconocía. Bueno, me dije, lo mejor será hacerme el estúpido y veamos hasta donde llegamos por este camino, ya que es evidente que quiere violarme pero no se atreve por temor a asustarme. Me resultaba divertida la situación, pues ambos queríamos lo mismo, pero ella temía asustarme en tanto que yo sabía que cuando le mostrara mi herramienta sería ella la asustada.

—¿Y cómo lo hacen? —pregunté poniendo mi mejor cara de inocencia.

Ella sonrió y me dijo:

—Con esas cosas que tienen en medio de las piernas... —y abrió sus piernas totalmente mostrando sus muslos en toda su extensión y al fondo de estos sus calzones blancos que cubrían una mancha negra.

—Ah, como lo hace el caballo con la yegua...

—¿Los has visto hacerlo?

—Sí, el caballo se le monta a la yegua y le entierra esa cosa que se parece a la mía, pero mucho mas grande.

—¿Se parece a la tuya?

—Sí, pero la mía es mucho más pequeña, claro que hay momentos en que se agranda bastante, aunque no sé por qué.

Mi tía denotaba en el rostro la alegría que sentía por el giro de la conversación sin sospechar que era yo quien estaba manejando la situación.

—Y cuando ves unas piernas como las mías, ¿no te pasa nada? —preguntó y se acomodó para mostrar más aún sus muslos, sus calzones y el manchón negro, los que quedaron mucho más cerca de mí.

—Sí, tía, siento que se me para mucho más que otras veces y me siento raro, como si algo fuera a pasarme.

Entonces ya no aguantó más y levantándose se acercó a mí, metió su mano en mi pantalón y sacó mi verga que quedó a la vista en todo su esplendor.

—Pero que cosa más grande... —dijo con una mezcla de asombro y alegría y empezó a masajearla moviendo el cuero de arriba hacia abajo, dejando a la vista la conjunción de venas pletóricas de energía—, ¿te gusta lo que hago?

—Sssssiiiiiiiii, tía —le dije dejándome llevar por ella, pues de ahora en adelante sería ella quien debía hacerme gozar, ya que se suponía que yo estaba siendo violado. Entonces aumentó la presión sobre mi instrumento y presentí que iba a acabar pronto.

—Tía, me siento raro... creo que algo me va a passssssar...

—Sí, déjate llevar, m'hijito —me dijo y se enterró mi verga en la boca empezando a chuparla desesperadamente hasta que acabé completamente en su interior mientras ella se tragaba todos mis jugos.

No me soltó el palo y continuó se masajeo preguntándome si me había gustado lo que había sentido, a lo que le repliqué que nunca había sentido algo parecido y que me parecía que era lo más rico que había tenido. Ella me miró a los ojos y me dijo:

—Ahora vas a tener una experiencia única, que no olvidarás nunca... pues te vas a culear a tu tía...

—¿Qué es culear? —pregunté poniendo mi mejor cara de estúpido, a lo que ella replicó:

—Lo que hacen el caballo y la yegua...

Se sacó la bata y la enagua quedando con su escultural cuerpo completamente a mi disposición. Se puso en cuatro pies y me pidió que hiciera como el caballo. Me monté sobre ella y mi querida tía se apoderó de mi verga y la llevó a su sexo, donde la puso y se echó hacia atrás haciendo le entrara sin problemas, ya que la gruta estaba completamente lubricada. Me eché encima de ella y me apoderé de sus senos, uno en cada mano, masajeándolos a mi regalado gusto mientras metía y sacaba mi instrumento de su coño. Mi tía tuvo tres acabadas seguidas casi sin interrupción, y en cada una de ellas se levantaba y quedaba sentada sobre mí con mi verga ensartada.

Después de venirse por tercera vez se zafó y se puso de espaldas invitándome a que me pusiera encima de ella, lo que hice aparentando que no tenía experiencia en estas cosas. Una vez encima, mi tía volvió a apoderarse de mi palo, que seguía tieso como cuando se lo metí por primera vez, y lo puso en su vulva, subió sus pies por sobre mis espaldas, se aferró a mi cuello y me dijo:

—¡Muévete, m'hijito!

Y yo empecé a moverme lentamente pues quería que se diera el gusto completamente conmigo. Al cabo de un corto lapso estiró los pies y en medio de grititos me inundó con su leche.

—¡¡¡Quuueee rriiiiccooo, m'hijito, quueee rrriiicccooo es tu palo, m'hijito, queeee rrriiiicccoooo!!!

Yo seguí imperturbable empujando mi herramienta en su gruta mientras hundía mi boca entre sus senos y con una mano me apoderaba de una de sus nalgas llevando un dedo peligrosamente cerca de su hoyo. Mi tía volvió a subir sus piernas por sobre mi espalda, se colgó de mi cuello y empezó a moverse frenéticamente a la vez que empezaba a gritar de manera que llegó a preocuparme de que mis abuelos fueran a escucharla. Pero a ella parecía no importarle eso y me pedía cada vez más y más de mi verga:

—¡¡¡Mételo, mételo, m'hijito rico... más, más!!! —y se apretaba a mí con su cuerpo cubierto de sudor—. ¡¡¡Rrriiiiicooooooo, riiiiicooooo, mi amor, dame todo tu pico, mételo todo en mi chucha, más, más, m'hijito!!!

Usaba términos que no había escuchado antes, pero que igual me sonaban excitantes y ambos acabamos en un mar de esperma, sudorosos y agotados.

Cuando logramos recuperarnos me dijo:

—Ya no necesito el remedio que me mandó tu mami... porque tú me diste a probar la mejor medicina.

Me despidió con un beso no sin antes exigirme la mayor de las reservas y prometerme que la próxima vez que fuera a verla gozaría tanto o más que ese día... siempre que nadie se enterara.

Quedó convencida de que me había violado y nunca sospechó que yo la manejé en todo momento a mi regalado gusto.

Partí a casa feliz porque había incorporado a mi tía Clara a mi harem: cuatro hermanas y una tía; me parecía que estaba muy bien para un joven que se estaba iniciando en las lides del sexo.


¡Vaya tipo que era mi tío!... Y las sorpresas continúan en el siguiente capítulo, en que se sigue cocinando el platillo principal que quiere degustar este picaronzuelo tío mío.

Continúa...