Diario íntimo (III) :: Natalie

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Continuamos la "saga" amorosa de mi tío Mauricio con sus hermanas.

Aún les aguardan sorpresas que prefiero no adelantar.

Como se darán cuenta, Natalie (mi madre) tiene condiciones especiales para este tipo de "actividades" íntimas, las que posteriormente aplicó en nuestros encuentros incestuosos, aunque con mucho más experiencia. Por ello creo que mis satisfacciones con ella superan las de mi tío.

Aunque este capítulo empieza con Natalie y su exquisita mamada, continúa con la menor de las hermanas: Ivonne.


Ya hacía tres días que nos encontrábamos Natalie y yo en el granero a la hora de la siesta, cuando suponíamos que el resto de la familia notaría menos nuestra ausencia. Mis actividades con Sofía y Catalina se desarrollaban normalmente, ya que ellas eran menos exigentes que Natalie, la que se encontraba en un estado de frenesí que me exigía sexo casi a todo momento, por lo que debía aplicarme bastante a esta dura tarea.

Habíamos terminado de hacerlo y ella había acabado dos veces seguidas. Yo estaba tirado a su lado, de espaldas, con una sonrisa de satisfacción mientras ella me miraba. Al cabo de un rato dirigió su mano a mi entrepierna y tomó mi verga, que empezó a masajear. Esta reaccionó de inmediato, adquiriendo dimensiones respetables. Natalie se quedó mirando mi palo con curiosidad y se acercó acomodándose en un codo. Miró con curiosidad la herramienta que le ha brindado tanto placer, paseó su mano a todo lo largo de la misma y se acerca más, como para verla de más cerca. Siento que su cercanía me excita sobremanera y mi verga se agranda más aún, lo que a ella le divierte, la aprieta suavemente, como para ver el efecto que su mano produce en mi palo. Con cada apretón de ella yo me estiro y suelto un quejido de placer, por lo que continúa divertida en esta maniobra.

Está largo rato en este juego, hasta que en la cabeza de mi verga asoma una gota de semen, preludio de lo que viene. Curiosa, ella se acerca más y queda con mi palo frente a sus labios, casi rozándolo. Entonces saca la lengua y la pone sobre la gota de semen, la que prueba con un gesto de curiosidad. Esto me pone frenético y empiezo a sentir que pronto voy a eyacular, por lo que tomo su cabeza como para afirmarme, pero Natalie interpreta este gesto como una petición y abriendo su boca se mete toda mi verga en ella. El calor de la boca de mi hermana me produce un efecto inmediato y acabo echándole un fuerte chorro de semen que la hace hacer su cabeza hacia atrás, sorprendida. Escupe el semen que tenía en la boca y me pregunta:

—¿Por qué lo hiciste?

—Fue tan rico sentir mi cosa en tu boca, que no me aguanté —respondo.

Ella, curiosa, me pregunta:

—¿Tanto te gustó?

—Mucho, es algo increíble —contesto sinceramente.

Se quedó en silencio con mi verga en la mano. Al cabo de un rato, sin decir nada, empieza su masajeo nuevamente, y cuando ya mi instrumento se ha repuesto completamente lo lleva a su boca y se lo mete. Me agarro a su cabeza y empiezo a empujarle la verga dentro de la boca, como si fuera su coño. Ella aprieta los labios para no herir mi herramienta con los dientes y así mi palo entra y sale de su boca, como si fuera su sexo. Con la mano libre se aferra a mis nalgas y espera valientemente lo que vendrá y que no tarda en llegar.

Viendo a mi hermana con mi verga en su boca, esperando que la inunde de semen, fue mucho para mí y acabé nuevamente, echándole todo mi semen, lo que ella recibió a pie firme, aferrada a mis nalgas. Cuando hube terminado se saco mi herramienta de la boca, de la cual escurrían gotas de semen, pero era evidente que el resto se lo había tragado y no mostraba signos de desagrado.

—¿Te gustó? —preguntó mirándome intensamente.

—No te imaginas lo que gocé. Y a ti, ¿te gustó?

—Mucho, me gustó mucho —respondió sin aclarar si lo que le había gustado era el acto, o el semen que se había tragado.

—¿No crees que me merezco un regalo por lo que te hice gozar? —me dice mi hermana y se pone en cuatro pies.

—¿Qué hago? —pregunto desconcertado y ella me responde:

—Ponte encima de mí... como si fuéramos una pareja de perros.

Hago lo que me pide y entonces ella lleva su mano hacia atrás y toma mi verga que mete en su coño. Habiendo comprendido a esas alturas lo que quería de mí, me aferro a sus senos y empiezo a empujarle mi instrumento hasta hacerla acabar en medio de movimientos desesperados. Yo continuo moviéndome detrás de ella para darle otro gusto y vuelve a moverse con desesperación, llegando a acabar por segunda vez. Entonces me siento, siempre aferrado a sus senos, y la atraigo hacia mí, de manera que quedo sentado y ella clavada a mi verga, de espaldas a mí. Aprieto sus senos, en cada uno de los cuales tengo una mano, masajeándolos a mi regalado gusto, mientras Natalie se afirma en mis muslos para subir y bajar, hasta que logramos acabar al unísono apretando fuertemente nuestros cuerpos.

—Te pasaste, Mauricio —me dice Natalie y me da un fuerte beso, se levanta, se viste y parte a la casa dejándome sumido en un estado de ensoñación debido a las sensaciones que me había regalado mi hermana y por la experiencia adquirida en el sexo oral y en la posición que me había enseñado.

Pasando un rato salí del granero e hice un rodeo para llegar a casa desde otra dirección, pero cuando me acercaba a la cocina vi a mi madre que estaba reclinada sobre una barda observando una yegua que pastaba en un patio lateral, mientras un caballo la montaba y le introducía su herramienta. Estaba tan absorta con el espectáculo que no me fue difícil entrar a la casa sin que me viera.

Ya en mi dormitorio, movido por la curiosidad, me asomé a la ventana para verla sin que se diera cuenta. Ella continuaba observando cómo el caballo copulaba con la yegua. Por momentos me pareció que se movía inquieta y, fijando mi vista, pude comprobar que una de sus manos estaba escondida entre su falda. ¡Se estaba masturbando mientras veía cómo el caballo le ensartaba su instrumento a la yegua! Me quede atónito, pensando en la razón de esa actitud por parte de mi madre, llegando a la conclusión de que los años de soledad, sin un hombre que le diera satisfacción, aunque ella no pasaba de los 37 años, la tenían en estado de deseo que sólo podía satisfacer a medias con ese tipo de espectáculo y con la ayuda de su mano.

Recordaba lo que Catalina me había dicho en cuanto a que cuando ella se masturbaba quedaba satisfecha solamente en parte, ya que lo principal era sentir una verga entre las piernas, como lo había probado ella conmigo. Eso me hizo pensar en que tal vez mi madre quedaría satisfecha a medias, anhelando sentir una herramienta de verdad. Y poco a poco la idea se fue metiendo en mi cabeza: ¿cómo lograr hacerlo con ella? Ya tenía tres hermanas con las que me acostaba a mi regalado gusto y me faltaba la cuarta, pero la posibilidad de tener a mi madre no había pasado por mi mente, aunque reconocía que era una mujer en la plenitud de sus formas y muy atractiva.

Estaba sumido en estos pensamientos cuando se abrió la puerta de mi dormitorio y entró Ivonne, mi hermanita de dieciséis años, que traía un libro y me pidió que le ayudara con la materia. Como siempre me distinguí en matemáticas, ella sabía que podría servirle para hacer sus deberes. Nos sentamos en la cama, yo con el libro en mis piernas, y le expliqué las fórmulas que aparecían en este. En un momento determinado, ella llevó su mano para indicar algo al pie del libro, con lo que el resto de su brazo se apoyó en mi entrepierna, lo que produjo una inmediata erección de mi instrumento, cosa que le llamó la atención y me preguntó:

—¿Qué te pasa?

Acordándome de la escena anterior, la llevé a la ventana y le mostré al caballo que aún seguía con su instrumento enterrado en la yegua.

—¿Sabes qué es eso? —le pregunté y ella movió la cabeza negativamente pero sin apartar su vista del pedazo de carne que el caballo había sacado del interior de su pareja—. Es igual que esto, aunque en nosotros es mucho más chico —le dije llevando su mano a mi bulto, el que aumentó aún más su tamaño—. Cuando el hombre se lo mete a la mujer, esta puede llegar a tener bebés.

—Entonces es peligroso... —dijo ella inocentemente sin soltar mi bulto.

—No siempre, pues para eso la mujer debe estar en su periodo.

—¿Como cuando le sale sangre desde su cosa?

—Exactamente, pero el resto del tiempo ella puede recibir la cosa del hombre y eso la hace sentirse muy bien, pues le produce placer.

Mientras le decía esto había llevado, en forma que pareciera casual, mi mano a su falda, moviéndola lentamente hasta llegar a posarla sobre su bultito, que se insinuaba entre sus piernas.

Ella se revolvió inquieta, signo inequívoco de que había tocado la pieza correcta.

—¿Quieres ver cómo es mi cosa? —pregunté en forma natural.

Ella no dijo nada, pero la presión en mi bulto me señaló que deseaba verlo. Me saqué la verga dejándola expuesta a su vista, sin sacar mi mano de su bultito. Ella la tomó y entonces le pedí que pasara su mano suavemente de arriba a abajo, lo que hizo muy bien. Yo hundí uno de los dedos de mi mano entre las piernas de Ivonne, de manera de acercarlo lo más posible a su sexo, moviéndolo acompasada y lentamente para no asustarla. Ella empezó a moverse al compás de mi dedo y a intensificar su presión sobre mi verga. De pronto sentí que iba a acabar y aumenté la presión sobre el bulto de Ivonne, en tanto enderezaba mi cuerpo, cerraba los ojos y le dije:

—Ahí viene, ¡sigue, sigue!

Apresuró el movimiento de su mano y un torrente de semen salió disparado de mi palo, llenando su manita con mis jugos y desparramando el resto por el suelo.

Se quedó mirando mi instrumento y su mano, ambos con restos de mi semen, con los ojos desmesuradamente abiertos pero sin soltar mi palo.

—¡Qué grande se puso y cuánto líquido salió! —dijo asombrada para luego preguntar mirándome directamente a los ojos—: ¿no será malo lo que hicimos?

—No... —respondí divertido—, esto es lo que uno hace cuando no tiene una mujer para poder meterle la cosa. Ellas hacen lo mismo cuando no hay un hombre cerca... —agregué mientras bajaba mi dedo de manera que se hundiera en el hueco que formaban sus labios vaginales en el calzón y, en esa posición, empecé a sobarle de manera que mi dedo subiera y bajara por encima de su bulto.

Ivonne, que ya estaba sensibilizada por lo ocurrido, aumentó el movimiento de su cuerpo y mirándome fijamente me dijo:

—Es rico...

—Lo que me hiciste se llama masturbación, y es lo mismo que te estoy haciendo. —le comenté.

—Me gusta... —agregó, y entonces le pregunté:

—¿Quieres que te lo haga por debajo de los calzones?

Respondió moviendo afirmativamente la cabeza. Metí mi mano por un costado del calzón y hundí mi dedo en la gruta de Ivonne, moviéndolo de adentro hacia afuera logrando un efecto inmediato en ella, la que tuvo un orgasmo casi instantáneo. Seguí con mi dedo hundido en su grieta de amor y le pregunté:

—¿Te gustaría probar mi cosa dentro de ti, como el caballo lo hacía con la yegua?

—¿No me hará daño? —me interrogó mientras continuaba su movimiento para aumentar la presión de mi dedo dentro de ella.

Era evidente que mi hermanita estaba lista para recibir mi verga, así que en silencio saqué mi dedo, la tomé de las manos y la llevé al baño pidiéndole que guardara silencio. La senté en la taza del baño, bajé sus calzones y me arrodillé frente a ella metiendo mi lengua en su gruta mientras la tomaba de las nalgas; comencé a meter y sacar mi lengua, lo que la hizo acabar casi de inmediato.

Cuando se hubo repuesto, la levanté y me senté a mi vez en la taza del baño con mi instrumento parado y al aire, mientras la sentaba encima, de frente a mí. La tomé de las nalgas mientras ella se aferraba con las dos manos a mi cuello. Empecé a empujarla lentamente sobre mi verga, la que se empezó a hundir de a poco en su grieta. Ella hizo un gesto de dolor pero cerró los labios y aguantó para ver lo que vendría, mientras yo le repetía:

—No te asustes, al principio de va a doler un poco, pero después viene lo bueno.

Y empecé a moverla desde los cachetes arriba y abajo, pero sin llegar más allá de la mitad de mi herramienta para no producirle daño. De pronto sentí que mi hermanita se venía y me llenaba con sus primeros jugos vaginales. No creí necesario seguir adelante, para no producirle un rechazo, y saqué mi herramienta yéndonos de vuelta al dormitorio donde le pregunté:

—¿Te gustó esta experiencia? —a lo que ella replicó:

—Al principio un poco dolorosa, pero parece que la próxima vez va a ser mucho mejor...

—No te quepa ninguna duda de que vas a gozar como nunca la próxima vez —le respondí encantado del resultado que había tenido mi maniobra y de la buena disposición de Ivonne para repetir nuestra experiencia.

Dos días después mi hermanita se me acercó y me dijo:

—Quiero que lo hagamos... —y tomándome de la mano me llevó a su dormitorio, donde se tumbó en la cama y abrió sus piernas, las que estaban desnudas, sin calzones.

Me tiré encima de ella y le metí un dedo para calentarla y lubricarla, pero eso parecía innecesario si consideramos la temperatura y humedad tenía en su gruta de amor.

—Ahora sí que va en serio —le dije y ella respondió:

—Lo quiero todo... aunque duela...

Sin decir más hundí mi verga en sus carnes apretadas, que fueron cediendo poco a poco hasta recibir por completo mi pedazo. Se lo clavé dos veces y ella ya se estaba derramando. Continué como si nada para comprobar que Ivonne acababa por segunda vez. Entonces metí mis manos bajo sus nalgas, hundí mi cabeza entre sus senos y empecé a moverme más lentamente, ya que suponía que el tercer clímax sería más lento en llegar, pero no fue así, ya que ella acabo casi inmediatamente emitiendo grititos ahogados de:

—¡¡¡Huuuuy, mmm, rrriiiiiiiicoooooo!!! —mientras elevaba su vientre y hundía sus uñas en mi cuello.

Satisfecho por lo logrado decidí que había llegado mi turno y me dediqué a la tarea de lograr mi orgasmo, pero mi hermanita quería más y se subió la blusa dejando a la vista un hermoso par de senos, redondos, blancos, duros, que me ofreció. Me hundí entre ellos y procedí a chuparlos con entusiasmo mientras aumentaba la presión de mi verga en su interior. Al cabo de unos instantes ambos acabamos al mismo tiempo.

Ivonne quedó en estado de total agotamiento por las sensaciones vividas y, una vez repuesta, me preguntó:

—¿Volveremos a hacerlo?

—Cuando tú quieras... —respondí—, pero siempre que nadie más en la casa se entere, ya que lo que hemos hecho no sería bien visto por los demás —agregué.

Ella asintió con cara preocupada y me dijo:

—Nadie lo sabrá... nunca...

Y a manera de despedida tomó mi verga y me hizo una paja. Cuando noté que iba a acabar tomé su cabeza y le metí mi palo en la boca llenándosela de mis jugos. Ella los recibió con cara de alarma y sólo me limité a decirle:

—Este es un adelanto de lo que haremos la próxima vez...

Ella se limitó a sonreír y a pasar su lengua por sus labios, saboreando los restos de mi semen en su boca.


Como dijera antes, aún les esperan nuevas sorpresas.
¡Pobre tío! ¡qué manera de pasarlo bien!
Ahora le toca el turno a su ardiente tía Clara... y ya se insinúa la que sería su plato de fondo.

Continúa...