Diario íntimo (I) :: Sofía y Catalina

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Mi tío Mauricio falleció soltero y a una edad temprana, lo que produjo consternación entre sus cuatro hermanas que acudieron a sus funerales desde distintos puntos del país, donde residían.

Mi madre, la mayor de ellas, derramó abundantes lagrimas en el cementerio y con un beso al féretro y un largo suspiro despidió a su querido hermano.

Mis tías también dieron variadas muestras de dolor durante la ceremonia de despedida del tío Mauricio y después del cementerio se quedaron a solas para compartir los recuerdos que cada una tenía del paso del tío por sus vidas.

Pasados algunos días, mi madre me pidió ir a la casa de su difunta madre, que mi tío Mauricio habitó toda su vida. La idea era ordenar todas las cosas de él.

Pasé tres días entre baúles, cajones, libreros y estantes polvorientos, en piezas a las que la luz del sol no visitaba desde mucho tiempo, separando lo que creía necesario conservar y amontonando papeles y objetos que se consideraban inútiles.

Mis tías y mi madre se dedicaron a la pieza del tío, donde escudriñaron por todos los rincones y muebles en busca de todo lo que consideraban de interés, pues las remontaba a la feliz época en que compartieron su juventud en esa casa antes de casarse.

En la mañana del tercer día, buscando en un altillo que parecía desocupado, me encontré con un cajón lleno de revistas antiguas y en el fondo de éste había un atado de hojas de cuadernos envueltas en cinta de regalo.

Me senté a un costado del cajón y desenvolví el atado, encontrándome con el diario de vida de mi tío Mauricio.

Lo primero que me llamó la atención fue la fecha de estas "memorias", pues habían empezado a ser escritas hacía un par de años atrás solamente, y en los primeros párrafos se explica la razón para escribir estas intimidades que, estoy seguro, el tío no quería que llegara a conocimiento de nadie, especialmente de sus hermanas.

La lectura de estas hojas me llevó a la infancia de mi tío, de mis tías y de mi madre, vivida en ese viejo caserón destinado a desaparecer. Y también me hizo comprender la causa de tanto dolor, suspiro y lágrimas por la partida del "querido" tío Mauricio, así como la causa de su muerte prematura.

He hecho un ordenamiento de las hojas escritas por mi tío, cambiando los nombres de todos los protagonistas y los lugares de los sucesos... y he aquí el resultado:


Me encuentro en una etapa muy difícil de mi vida, lo que me ha llevado al psiquiatra quien me llenó la cabeza de terminología médica que no entendí, exceptuando su recomendación de que iniciara un diario de vida en el que debía poner todo aquello que recordara de mi pasado, especialmente en el aspecto sexual, aquellas situaciones y actos que mi conciencia se negaba a que afloraran, impidiendo que pudiera superar mi actual situación. Según él, esta era una forma eficaz de poder llegar a la raíz de mis males, y sólo cuando pudiera hacer salir a la superficie aquello que escondía en lo más hondo de mi subconsciente podría enfrentarme a ello y superar esta etapa de mi vida en que todos mis traumas parecían atacarme y me tenían sumido en una depresión de la que no veía salida.

Me dijo que todo lo que escribiera no le leería nadie, ni siquiera él, ya que el escribir libremente todo lo que mi pecho ha ocultado toda mi vida me permitirá ir descubriendo la verdad que ha estado oculta todo este tiempo. Es decir, estas líneas serán un vehículo para descorrer el velo de mi subconsciente, pero nunca serán leídas por nadie, a menos que yo así lo quiera. Y, si tengo la valentía de escribir todo lo que guardo en la memoria, nadie podría leerlo.

Y como no pierdo nada con esto, aquí estoy enfrentado a unas hojas en blanco que no sé cómo podré llenar con mis recuerdos. No es que estos sean pocos, sino que nunca he querido pensar en ellos y menos he intentado contarlos a nadie y ni pensar en escribirlos. Pero heme aquí, y si para sanarme tengo que contar todas mis intimidades sexuales, bueno... ¡pues manos a la obra!

Echando a correr mi memoria me vienen recuerdos de cuando tenía unos quince años y vivíamos en una casa solariega, en un pueblito pequeño del sur. Éramos cinco hermanos: yo y cuatro mujeres. Yo era el penúltimo, y en la época a que me refiero pasaba mucho tiempo en el patio de la casa jugando en los diferentes rincones que se me ofrecían, tanto bajo la parra como tras la higuera, donde pasaba tardes completas imaginando que era Sandokan peleando contra los piratas chinos, salvando princesas o liberando pueblos oprimidos.

Una tarde en que me encontraba escondido en un túnel que construí con ramas de los muchos árboles que había en la quinta, llegó sigilosamente Sofía, la tercera de mis hermanas, que en esa época tendría aproximadamente diecisiete años. Se metió al túnel y se situó a mi lado, en el estrecho lugar en que me había escondido y, sin decir palabra, se puso de espalda y me obligó a ponerme encima de ella. A continuación, en un estado de agitación extrema llevó su mano a mi entrepierna, abrió mi pantalón y sacó mi verga, la que empezó a acariciar hasta que llegó a tomar una dimensión mayor a la habitual. Acto seguido se subió la falda, corrió su calzón a un lado y se metió mi verga en su gruta de amor, empezando a moverse descontroladamente para terminar acabando casi de inmediato. Luego, sin pronunciar palabra, se bajó el vestido, me hizo señas para que callara y se retiró tan sigilosamente como había llegado dejándome en un estado de sorpresa total.

Cuando Sofía se fue me quedé cavilando en lo que había hecho, y mientras más pensaba en ello más a gusto me sentía con lo sucedido. El recuerdo de mi instrumento raspando el calzón de mi hermana mientras se metía en su grieta me excitó y me vi de pronto tomándome la verga y masajeándola hasta lograr una total eyaculación.

De vuelta a casa a la hora de la cena, mi hermana Sofía se portó como si nada hubiera sucedido entre ambos, en tanto yo me dediqué toda la velada a mirarla de reojo por si sorprendía en ella algún gesto que delatara nuestro secreto. Aunque ella se percató de mis miradas no me dijo nada, excepto cuando se levantó de la mesa y al pasar por mi lado me preguntó suavemente:

—¿Te gustó?

A lo cual respondí inmediatamente:

—Sí...

—En el mismo lugar, mañana, a la misma hora... —agregó y se alejó rápidamente dejándome en un estado de excitación que me mantuvo en vela hasta bien entrada la noche.

Al día siguiente, como es lógico, estuve en el lugar indicado mucho antes de la hora indicada por Sofía. Esta no demoró en llegar y nuevamente se puso de espalda y me pidió entre susurros que me subiera encima de ella, lo que hice de inmediato.

—Sácatelo —me pidió, y yo puse a su vista mi herramienta que se veía mucho más grande que el día anterior debido al estado de excitación en que me encontraba, lo que no dejó de asombrarle y exclamar—: ¡guauu... no creí que la tuvieras así de grande!

Yo, en tanto, metí mi mano por entre su vestido y llegué a su entrepierna, encontrándome directamente con su coño ya que mi hermanita venía sin calzones. Me acomodó a su altura y tomando mi verga la metió en su grutita para después tomarme de las nalgas y empujarme hacia ella. Empecé a moverme automáticamente y pronto, demasiado pronto para mi gusto, sentí un tropel de emociones que llenaban mi pecho y que un torrente hirviendo llegaba por mis venas hasta mi verga y se desparramaba en el vientre de mi hermana, que apretaba los dientes y emitía quejidos apagados mientras subía sus piernas sobre mi lomo y con ellas se ayudaba para apretarme a su cuerpo.

Me desplomé sobre el cuerpo de mi hermana, respirando entrecortadamente pero sin sacar mi instrumento de su exquisita grieta de amor, mientras ella mantenía sus piernas por sobre mi cuerpo, apretándolo con fuerza. Al cabo de un rato logré una respiración normal y cuando me preguntaba a mí mismo qué podría hacer ahora, me percaté de que mi hermana seguía manteniendo sus piernas alrededor de mi espalda, aprisionando mi cuerpo, con lo que las paredes de su sexo envolvían mi instrumento como si fueran un guante, transmitiéndole su calor y la suavidad de sus paredes húmedas.

Inmediatamente mi verga respondió al llamado que el sexo de mi hermana le hacía y volvió a adquirir sus grandes dimensiones y sentí que el deseo se apoderaba nuevamente de mí, mientras Sofía aumentaba la presión sobre mi cuerpo, como exigiendo que la galopara otra vez.

Así lo hice, logrando esta vez mantenerme en movimiento mucho más tiempo que las veces anteriores, controlando el momento en que me llegara el clímax para darle a mi hermana la posibilidad de acabar el mayor número de veces posible, pues intuía que si ella no quedaba satisfecha completamente, mis posibilidades de poder estar juntos nuevamente se evaporarían. Y como mi hermanita estaba en un estado de febril excitación, logré hacerla acabar en cuatro oportunidades antes de que yo empezara a eyacular, inundando su sexo de semen, espeso y caliente.

Mi hermana me pidió que nos siguiéramos viendo en el mismo lugar y se retiró sigilosamente, dejándome en un estado de satisfacción completa por haber cumplido bien mi papel de macho. Al fin había tenido relaciones sexuales y nada menos que con mi hermana Sofía, la que había quedado encantada. Y también comprendí en ese momento cuán importante era controlarse antes de llegar al orgasmo y permitir que la mujer gozara tanto como uno. La aplicación posterior de esta conclusión ha sido la herramienta que me ha permitido tener una vida plena de actividad sexual.

Como ya habían caído las primeras sombras, salí de mi retiro, que ya nunca más usaría como refugio infantil, y me dirigí a la casa pletórico de contento por mi actuación anterior. Al pasar por una pieza de madera que servía de taller de herramientas sentí que me tomaban del brazo y me empujaban a su interior mientras me tapaban la boca y me acallaba con un «shiiit» al oído.

Ya dentro de la pieza sentí que un cuerpo se pegaba a mí y, por lo que alcancé a sentir, era un cuerpo de mujer. Cuando mis ojos se habituaron a las sombras de la pieza, comprobé con asombro que quien me había tomado y empujado dentro era mi hermana Catalina, la segunda de las mujeres, una hermosa hembra de dieciocho años recién cumplidos. Mientras apretaba intensamente su exquisito cuerpo al mío, retiró su mano de mi boca y me dijo al oído:

—Te vi lo que hiciste con Sofía...

Quedé helado y sin poder decir nada. Acto seguido y sin darme tiempo a reaccionar, ella bajó su mano y agarró mi paquete por encima del pantalón, agregando entre suspiros de excitación:

—Quiero que me hagas lo mismo... ¡ahora!

El roce de los senos, muslos y estómago de Catalina apretándose a mí, a lo que hay que agregar la sensación que me producía su mano que había abierto mi pantalón y se había apoderado de mi herramienta, la que sacó y empezó a masajear, me excitaron de inmediato, por lo que procedí a tomarla de los brazos y la empujé a la pared, le subí la falda e intenté clavarle mi palo entre las piernas. Ella me apartó y procedió a sacarse los calzones para posteriormente abrir sus piernas, que puso a mis costados y apretándose contra la pared me tomó la verga y se la enterró toda en su gruta. Apretó los dientes y sólo dijo:

—¡Rrrrricoooo!

Y empezó a moverse con desesperación mientras yo la apretaba fuertemente de sus nalgas, empujando mi herramienta en forma acompasada, esperando darle el mayor disfrute posible. Al cabo de unos momentos de empujarnos mutuamente, ella se apretó a mí, enterró sus uñas en mis costados y apretando sus piernas más aún me regaló con sus jugos, que salieron a raudales. Yo continué metiéndole mi verga esperando darle otra satisfacción, la que no tardó en llegarle, casi inmediatamente después de haber terminado de eyacular la primera vez. Catalina se apretó a mí en un abrazo apasionado y empezó a morderme suavemente en el cuello, mientras repetía en mi oído:

—¡Rrrriiiicooo... rrriiiicooooo!

A estas alturas yo sentía que las piernas no me sostenían, y sin soltar a Catalina, la que seguía tomada de mi cuello, con las piernas apretando mis costados y con mi verga dentro de ella, la deposité en el suelo y ahí continué metiéndole mi aparato, ahora más cómodamente. En un momento dado, ella soltó sus piernas de mis costados y las estiró al aire al tiempo que emitía un gritito apagado:

—¡Rrrriiiicooooo! —y acababa por tercera vez.

Ella había acabado tres veces y yo me sentía todavía con fuerzas como para hacerlo una vez más.

—¿Quieres acabar otra vez? —le pregunté seguro de poder igualar el record que había impuesto recién con Sofía.

Catalina me miró con los ojos bien abiertos y con una sonrisa de felicidad se limitó a decir:

—Bueno, ya...

Empezando a moverse entusiastamente, poniendo sus pies en el suelo y levantando su vientre, como queriendo meterse más verga de la que tenía dentro de su vagina. Yo continué empujando hasta que sentí que me llegaba el turno e inundé a mi hermanita con una eyaculación que por su fuerza la hizo tener su cuarto clímax, tan intenso como los tres anteriores.

—Vete tu primero... —me dijo una vez que se hubo recuperado y se quedó arreglando su vestido y limpiándolo del polvo del suelo.

Salí al aire libre eufórico por la aventura que había tenido con mis dos hermanitas en menos de una hora, las cuales me habían disfrutado a plenitud y a las que había dejado completamente satisfechas, ya que me esforcé por hacerlas gozar. Sabía que a partir de ese día me tocaría bastante trabajo para mantener a ambas contentas, pero era un trabajo que haría gustoso, por el placer que me brindaba.

Estando ya en mi dormitorio me puse a reflexionar acerca de mis hermanas y empecé a comprender ciertas cosas que habían sucedido de un tiempo a esta parte durante nuestros juegos y que yo no había captado hasta ahora. Por ejemplo, la forma en que Natalie, la mayor de mis hermanas, se me apretaba cuando jugábamos a las escondidas y buscábamos refugio bajo la cama de nuestra madre, o la vez en que Catalina puso su mano sobre mi sexo cuando ambos dormíamos la siesta. O cuando Sofía se sentaba en el pasto mostrándome distraídamente sus muslos, o la vez en que Ivonne, mi hermana menor, se quedó dormida en la cama con su trasero apoyado en mi entrepierna.

¿Es que todas mis hermanas querían hacerlo conmigo? La idea no me resultaba descabellada si pensaba en lo sucedido con Sofía y Catalina esa tarde. Con la distancia del tiempo comprendo que todos estábamos en una edad en que nuestro despertar al sexo había sido casi simultáneo, en una casa en que no teníamos nadie fuera de nosotros para relacionarnos, en un pueblo sumido en la tranquilidad provinciana. Y mis hermanas no tenían a nadie a mano más que a mí para satisfacer sus apetitos sexuales, en tanto yo empezaba una vida sexual llena de actividad, la cual no ha parado hasta ahora y que me ha llevado a límites a veces increíbles. Tal vez sean los mismos límites a los que he llegado sexualmente los que expliquen mi depresión actual. Espero que estas paginas me ayuden a desentrañar dónde está la raíz de mi actual estado anímico, quizá producto de tan extrañas experiencias como las que he tenido.

La siguiente etapa en mi recién iniciada carrera incestuosa sería Natalie, la que me brindó momentos inolvidables.


La "etapa" siguiente en la vida amorosa de mi tío Mauricio corresponde a su "relación" con mi madre y es la segunda parte de este "diario intimo".

Continúa...