¡Qué cuñadita! (Inicio)

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Andrea se levantó tarde esa mañana, después de una noche inquieta por la ausencia de Óscar, su esposo, que llevaba cuatro días ausente, y la consiguiente necesidad de sexo. Se bañó y perfumó. Se puso unas pantaletas que se ajustaban al entorno del bulto de su sexo y a las nalgas apretadas, que aún lucían suaves y frescas a pesar de sus 36 años. Descartó el brassiere pues prefería andar con los senos libres ese día. Se puso una bata de seda que amarró ligeramente a su cintura y bajó a preparar el desayuno para ella y su cuñado Raúl, un joven de 20 años con el cual vivían desde hacía un par de años, debido a sus estudios que desarrollaba en una universidad de esa ciudad. A pesar de que eran tres los que vivían en esa casa, Andrea permanecía por lo general sola, ya que Óscar trabajaba como vendedor fuera de la ciudad, lo que lo mantenía varios días fuera de casa, en tanto que Raúl, por sus estudios, pasaba poco por la casa.

Fue al salón y ahí estaba su cuñado, recostado en el sillón leyendo el diario en calzoncillos y polera, pues aún no iba a la ducha.

—Hola...

—Hmmmm, hola...

Andrea se dirigió al closet del pasillo a buscar sábanas para cambiar las de su dormitorio, en tanto Raúl se estiró, luego se levantó a desgano y se dirigió al baño, para lo cual debió pasar por detrás de su cuñada, no sin antes apreciar su parado trasero que lucía más exquisito que de costumbre. Andrea se levantó para alcanzar las sábanas que estaban en la parte superior del closet, con lo cual su bata se subió y Raúl pudo apreciar las bien torneadas piernas de su cuñada y su colosal trasero, que estaba parado mostrando sus dos nalgas sobresaliendo de la cavidad que dejaba la seda de la bata al meterse en la raja de ella.

Como el pasillo era estrecho, él pasó apretando su cuerpo al de ella, justo en el momento en que ella perdió pie y su trasero se echó hacia atrás, lo que hizo a Raúl irse hacia adelante, quedando pegado a su cuñada. Para ser más precisos, su bulto delantero quedó metido entre las nalgas de ella, las que se apretaron a los costados de la entrepierna de Raúl haciéndole sentir el delicado roce de la seda de la bata, lo que lo excitó al punto de provocarle una erección de proporciones.

Andrea sintió entre sus nalgas cómo el instrumento de su cuñado se ubicaba, agrandaba y pugnaba por buscar espacio entre sus piernas. Andrea se incorporó sorprendida, lo que provocó que su culo, duro, parado, fresco, se apretara y quedara aprisionando la verga de Raúl, la que ya se asomaba impúdica por la abertura delantera de su calzoncillo.

Estaba tan sorprendida que se quedó quieta, sin atinar qué hacer o decir. La situación era tan increíblemente extraña que no sabía cómo reaccionar. Todo había sucedido de manera casual y ambos estaban en una posición que les sería imposible ignorarlo: ella parada en el pasillo, en bata, y su cuñado pegado a ella, con su verga que se asomaba por delante de su calzoncillo y se introducía entre los cachetes de su cuñada.

Andrea no podía hacerse la desentendida, pues la verga de su cuñado estaba entre sus piernas, aprisionada por sus nalgas, pero no se atrevía a moverse por temor a enfrentar a su cuñado a los ojos. Raúl, por su parte, no sabía qué hacer ni decir, ya que le había puesto su instrumento por entre las nalgas a la esposa de su hermano y no tenía excusa que dar, excepto que todo había sucedido tan rápidamente que el no había alcanzado a reaccionar. «¿Qué pensara él de lo sucedido, creerá que lo hice a propósito?» —se decía Andrea en tanto que Raúl tenía pensamientos similares respecto de ella.

Mientras estos pensamientos pasaban por su cabeza, Andrea se dio cuenta que la situación no le era del todo desagradable y que el roce de la verga de Raúl había tocado su sensitiva zona sexual, ya de por sí sensible por la falta de Óscar, su esposo. Y mientras, inconscientemente se seguía preguntando por lo que debía hacer. Como si quien actuara fuera una persona distinta a ella, alguien ajena a sus pensamientos, puso sus manos sobre una cajonera del closet con lo que su cuerpo se inclinó hacia adelante, proyectando sus nalgas hacia atrás y produciendo con ello un roce aún más evidente sobre la verga de Raúl, lo que motivó una mayor erección en éste. Los cachetes de Andrea se hundieron en la ingle de Raúl, que se quedó quieto, sin reaccionar.

Ella se quedó en la posición que había adoptado, como esperando el siguiente movimiento de su cuñado, pero éste no tenía intenciones de salir de la situación en que se encontraba tan a gusto. Ninguno de los dos quería razonar, sólo se dejaban llevar por el calor del momento, abandonándose a sus instintos sin querer pensar en quién era la otra persona... sólo deseando seguir adelante.

Andrea empezó a mover lentamente, muy lentamente, su culo sobre la verga de Raúl, quien comenzó a empujar metiéndosela toda entre las piernas de su cuñada, la cual con el movimiento empezó a gotear como anticipo al goce que esperaba que el hermano de su esposo pudiera brindarle esa mañana. Así estuvieron un rato, sin decir palabra, ella con las dos manos afirmadas en el mueble de la cocina mientras echaba cada vez con más energías su culo hacia atrás y él empujaba su verga sobre las nalgas de ella con más rapidez, apretando su cadera, moviendo el culo de su cuñada de atrás hacia adelante, dando mayor fuerza al movimiento de ella.

Entonces Andrea tiró del cinturón de su bata, la subió y se la sacó sin dejar de moverse, quedando completamente desnuda delante de su cuñado, pero siempre de espaldas a él. Raúl, por su parte, sin necesidad de sacar su verga del calzoncillo se la metió en el sexo sin ningún miramiento, hasta el fondo, mientras se agarraba de los senos de Andrea, los que empezó a masajear salvajemente. A la cuarta metida y sacada Raúl acabó, quedando con su verga goteando sobre el piso mientras ella trataba de cubrirse.

Andrea, cubierta de sudor y con un deseo sexual recién nacido por su cuñado, se sentó en un taburete, acercando intencionadamente su rodilla a él, quedando a la altura de su verga, que ahora se veía más pequeña. Luego fue abriendo lentamente sus largas y bien torneadas piernas para mostrarle a Raúl primero sus muslos y luego su hendidura, de manera de excitarlo para así lograr el propósito que se había anidado en su mente... poseerlo completamente.

La visión de las piernas de su cuñada y el contacto de su rodilla hizo en Raúl el efecto deseado por ella y su verga rápidamente volvió a tomar las dimensiones de unos momentos antes.

—¿Qué vamos a hacer? —y apretó más su rodilla a la verga de Raúl

Él llevo su mano al muslo de ella, apretando decididamente. Ella sintió el contacto cerca de su sexo y no pudo evitar un estremecimiento de deseo.

—¿Te gustaría volver a hacerlo? —dijo ella finalmente.

El movió la cabeza afirmativamente, le tomó la mano y la llevó al dormitorio donde la tumbó sobre la cama.

Ella no quería pensar en Raúl como su cuñado, sino como el hombre que la haría feliz, pero estaba conciente de que primero debían romper la barrera del trato para lograr una satisfacción plena.

—Ven... dame tu cosa...

—¡Chúpamelo!

—hmmmmmmm, hmmmmmmm... ¡rrrrricoooooooo!

Dijo ella y se tragó la verga como si fuera un helado, chupando frenéticamente, apretando los labios y llevando el glande hacia atrás, hasta dejar descubierta su descomunal cabeza. Después la sacó de su boca y empezó a pasarle la lengua por los costados, poniendo la puntita de esta sobre el hoyito de la cabeza de su verga para después pasearla hasta las bolas, que se metió en la boca y las apretó entre la lengua y su paladar. Siguió por debajo de las bolas y llegó hasta el culo donde metió su lengua lo más que pudo, haciéndolo saltar de gusto.

Raúl se apartó y se tiró entre las piernas de Andrea, metiendo su lengua en su coño, que lucía unos labios carnosos, gruesos y húmedos. Llegó al clítoris y al solo contacto ella arqueó su cuerpo, quedó en suspenso un momento y finalmente se derramó en la boca de su cuñado.

—¡Ayyyyyy, ¡qué rrrrricooooooo, rrrricooooo, huuuuyyyy!

—Ahora... ¿quieres que te lo meta?

—Sí, mételo, métemelo todo... ¡hasta las bolas!

Raúl se puso frente a Andrea con la verga en su máximo esplendor, a cuya vista ella se estremeció de gusto al pensar que pronto la tendría dentro de su cuerpo.

—Métela, m'hijito... ¡métela ya, por favor!

Y abrió sus piernas levantándolas de manera de dejar expuesto todo su sexo a la vista de su cuñado, quien puso su verga en la entrada y comenzó a pasársela por los costados, sin decidirse a meterla. Finalmente empezó a introducirle su instrumento lentamente, muy lentamente, exasperándola del deseo de tener esa herramienta completamente enterrada en su coño.

—Ya, métemela toda, por favor... ¡métemela ya, ¿quieres?

—Toma, es toda para ti, ¡así, así, siiiiiii!

—¡Ayyyyyy!, ¡qué ricooooooo!, ¡qué ricooooooo!, ¡que ricooooo!

—¡Me viene, ya me viene!... ¡voy a acabar!

—Échamelo todo dentro de mi coño... ¡por favor!

—¡Ayyyyyyyyyy, qué rrrrrriiiiicooooo, cuñadita, ahí va!

—¡Huuuuuyyyyy m'hijito!, ¡qué rrrriiiicoooo!, ¡qué rrrriiiicoooo!

Y los dos terminaron bañados en sudor y unidos en un fuerte abrazo sobre la cama, él sobre ella con el pico aún metido en la chucha de su cuñada, en tanto Teresa, la hermana de Raúl y Óscar, que había llegado de visita, los miraba atónita desde la puerta del dormitorio.