Mamá Daniela (Capítulo 5)

Un fabliau de:
Analbo

Daniela por primera vez sintió placer, a los 38, con su padrastro, quien la deseó desde que tenía 14 años. Él tuvo su momento más deseado y el goce más profundo con esa niña que vio criarse día a día...


Daniela estaba viviendo, ¿o soñando? Jamás había pasado por instancias de contenidos casi tocando lo inimaginable. Se sentía trasportada a otro mundo. El placer obnubila. No deja ver más allá del momento del deleite, ¿qué puede importar en ese maravilloso minuto, de qué forma se provoca la excitación? Vivir momentos fogosos, ardientes, casi violentos, llenando el alma de incontenibles deseos que no terminan nunca, salvo con espasmódicos y salvajes arrebatos, exacerbando la sexualidad de los amantes. ¿Existe algo, más allá del sexo apasionado, que les brinde mayor satisfacción al hombre y a la mujer?


Carozo se alejó a un costado a higienizarse. El Abuelo quedó con la cabeza de Daniela entre sus manos, acariciando ese querido y entrañable cabello, mientras ella seguía con la boca llena de ese pedazo de carne que comenzaba a despertar nuevamente, mientras lo saboreaba mansamente lavándolo con su saliva. No se atrevía a levantar la cabeza por vergüenza a encontrarse con los ojos del esposo de su madre. Los vahos de lo bebido casi habían desaparecido, no así su excitación. Aurelio apretó la cabeza de ella contra su enorme miembro, invitándola a continuar. Ella así lo hizo, pero sin mirarlo. No podía emitir palabras. Él le susurró al oído voces suaves que le dieron ánimo a Danny, mientras con maestría movía su cabeza para arriba y para abajo. Ella tomó con ambas manos el resto del tronco que no entraba en su boca y fue alzando lentamente la mirada hasta encontrarse con los ojos oscuros de aquel hombre que ella sabía que siempre la había deseado.

—¿Qué nos pasó, Aurelio?... ¿Me enloqueciste con bebidas, o es que yo sigo inflamada de ganas de tenerte?...

Él la tomó de su barbilla mientras ella iba dejando escapar la bella verga que aún chorreaba semen y saliva, e hizo que lo mirara a los ojos. Sus bocas quedaron a centímetros. Él no se movió, fue Daniela quien se prendió del cuello del hombre de su madre y sin recato metió su boca en la boca de él. Sus lenguas por primera vez hicieron migas y se saludaron alborozadas en un encuentro eternamente deseado por Aurelio. Lentamente se fue poniendo de pie y la fue levantando, sin dejar sus labios, y la arrastró con suavidad y dulzura hacia el cuarto de baño tratando de dejar a Carozo con su entretenido trabajo. Le habló como en un suspiro sin dejar de succionar esa lengua tan deseada:

—Los dos teníamos ganas, hija…

Cerró la puerta del baño. Abrió la llave del agua caliente mientras la iba desnudando; sólo había que quitarle el baby doll con el cual se había sentado a la mesa para la cena. Danny se metió bajo la ducha mientras él la miraba, priorizando sus ojos observadores los hermosos senos, aquellos senos que miraba cuando le daba de mamar a Julito, y luego la afeitada entrepierna de esa mujer que vio crecer desde los 14 años, por la cual vivió siempre con el deseo a flor de piel. No resistió verla totalmente desnuda. Su miembro volvió a vigorizarse y comenzó a masturbarse suave y lentamente. Danny lo observó. Estaban separados casi dos metros. Ella en la ducha, él junto a la puerta, y le dijo:

—¿Sabes, Abuelo?, y no te enojes que te llame así, me es más cómodo… siempre soñé con verte así, pajeándote frente a mí y que cuando acababas tu semen me mojaba las puntas de los pies y yo con mis dedos masajeando mi clítoris…

—¡Hazlo ahora!… —casi gritó Aurelio entre jadeos a punto de eyacular—, Danny... ¡es toda tuya!… no desperdicies lo que está por llegar… si es de tu agrado, mi niña… —y Danny se arrodilló e hizo eso dos metros como un can, en cuatro patas, tomando con su lengua la morada cabezota del marido de su madre que, apenas sintió ese contacto, vomitó enloquecido cantidades de esperma que encharcaron todo el rostro de la mujer deseada.

—Vamos, Abu… ¡desnúdate! y démonos una ducha juntos que tantos años habrás esperado… ¿o te crees que no lo sé?…

Y ahora ella le ayudó a sacarse la ropa arrastrándolo hasta bajo la ducha. Ella lo enjabonó y jugó con su fenomenal pene hasta que logró tenerlo extendido en su máxima potencia, mientras él la enjabonaba a ella metiendo sus dedos entre esos gruesos labios vaginales. Aurelio se arrodilló y metió su cabeza entre las piernas de Danny, recorriendo con su lengua todo el camino hasta la ardiente cueva que deseó más que nada durante la mitad de su vida. Enloquecido mordió esos labios metiendo casi toda la vulva en su boca y después ella ayudó a que el clítoris asomara y apoyándose contra los azulejos se abrió bien de piernas dejando que esa lengua siguiera su trabajo, permitiéndole a los sabios dientes del Abuelo "masticar" el pijito de Daniela, quien gritaba como enloquecida ante cada orgasmo que se presentaba. Luego, vuelto incontenible el hombre, la llevó sentándose en uno de los artefactos e hizo que ella se apoyara sobre su mástil a punto de estallar, de frente a él. Daniela se sentó de golpe, gritó como si la hubieran penetrado por primera vez y lo galopeó fogosamente; movimientos impetuosos, violentos, convirtieron al viejo macho en un fuerte y arrebatado amante que bramaba casi en forma inmoral, mientras mordía con sus dedos los duros pezones de esa hembra que estaba conociendo al viejo semental cuya dueña era justamente su madre.


El reloj no parecía marcar la hora. Aurelio se puso una salida de baño y tomó a Carozo por el collar y lo llevó al patio donde tenía su casilla y lo ató a una larga cadena. Luego volvió a la cocina, preparó café bien negro y llevó una botella de coñac al dormitorio de Daniela, que se había recostado en su cama cubierta solamente por una suave sábana. Esas piernas enloquecieron nuevamente al lascivo hombre, que dejó la bandeja sobre una mesita y se recostó junto a ella acariciando libidinosamente esas piernas pulposas. Luego ella se dio vuelta y le dijo:

—Abu, por favor, necesito masajes en mis espaldas…

Aurelio se quitó la salida de baño y se montó sobre ella. Tomó un pote de crema que estaba sobre la mesita de luz y comenzó a acariciar todo el continente aquel con el que soñó noches enteras mientras le hacía el amor a su esposa, a quien adoraba, pero a Daniela, la deseaba. Quería tener sexo con ella aunque fuera lo último que hiciera antes de morir. Pensando en eso se abrazó con desesperación a su cuerpo recorriéndolo con su lengua mientras sus manos masajeaban con crema sus senos. Daniela se estaba excitando nuevamente; esas caricias le traían el recuerdo de Eros. Con mucho sentimiento, con dulzura, le susurró:

—Abu… ¿qué haremos ahora?...

—¿Con qué, hermosa?... —dijo susurrando en sus oídos.

Sintió su lengua juguetear en la oreja.

—Con esto…

—Esto, ¿qué?...

—Esto que hemos hecho… —se enterneció y ahogó casi un llanto.

—¿Por qué te pone mal?... a mí no me tengas en cuenta...

—¿Cómo que no?... Para ti... ¿no pasó nada?...

—Lo más maravilloso... mi último sueño... —fue tierno también.

Ella giró la cabeza, le ofreció su boca y volvieron a revolcarse en la cama y a beber sus salivas. Luego él le tomó el rostro con ambas manos, arrodillado sobre ella, la miró fijamente y susurró palabras que a ella jamás se las habían dicho. Tiernas. Cargadas de un amor a todas las cosas.

—¡Mi niña, te he criado!... Viví deseándote... Tuve en mi vida todo lo que le pedí a la mismísima vida... solamente me faltaba acariciar tu cuerpo, amarte, gozar de tus furias sexuales… ya lo he tenido todo… sólo me falta una cosa…

—¿Qué?... —preguntó Daniela con un tono de voz como si se estuviera dirigiendo al amor de su vida—. ¿Qué te falta de mí, viejo querido? Pídemelo... ¡y es tuyo!...

—Esto, mi niña deseada... —corrió su mano bajo su trasero e introdujo un dedo en su ano.


Los encontró la mañana del día siguiente acariciándose. Ella se animó, quiso hablar de Julito; él la interrumpió y le dijo que lo sabía todo. Daniela quedó paralizada. Aurelio volvió con más café y sirvió el último coñac. Gimoteó algo diciéndole:

—No quiero que esto se termine aquí...

—En diez días viene tu madre... además, está Eros, tu amante, con quien no puedo competir... y yo, ¿cómo haría para pasar las noches aquí?... Mentiremos una, dos... tres veces, ¿y después?... Pero Eros es el principal... y tú estás enamorada de él, aunque no sepas quien es...

—Tienes razón... pero también quiero estar contigo... ¡Me vuelvo a vivir con ustedes!... A Eros... no quiero perderlo... me ha hecho sentir cosas...

—Que conmigo no las sientes. Además, yo soy un viejo y él debe ser un tipo joven... Mira, preciosa, dejemos las cosas como están. Hasta que venga tu madre estaré todas las noches aquí... y después vuelve a conectarte con Eros... "tu dios del amor"... —lo dijo con cierto recelo—. Yo puedo servirte ahora, mañana. Después vendrán más jóvenes y te irás olvidando de éstos momentos... solamente me aguantará tu mamá... Pero te estaré eternamente agradecido... ya te dije, ¡solamente me falta una cosa de ti!, y después aguardaré a la muerte cargado de felicidad...

—No hables así, viejito... me pones mal... ¿esperaste tantos años para una sola noche?...

—¡No!, para una sola noche, ¡no! ¿Y las que vendrán hasta que llegue Adela, tu madre, no serán las más lujuriosas?... ¡¡Mira si podremos hacer cosas!!...

La suave mano de Aurelio comenzó a recorrer nuevamente la tersura de la piel de Daniela quien comenzó a sentir pequeñas descargas eléctricas en su interior, hasta que aquel recorrido se topó con sus duros pezones que seguían activos a pesar de casi 3 horas de sexo. Aurelio sintió erguirse, empinarse, erizarse como serpiente su verga cuando Daniela la tomó con su mano y comenzó a bajar y subir su prepucio que respondió magníficamente al incentivo...

—Abu... ¡cómo estás! Me enloqueces... ¿me permites besarlo? ¡Qué piel tan tersa... qué suavidad! ¿Me permites que te diga, mi amor?...

Aurelio se entregó. No pudo decir no a nada y fue cuando Daniela le dibujó un estupendo 69, reposando sus gruesos labios vaginales en la propia boca del hombre que solamente sacó su lengua y comenzó a auscultar todo el perímetro de esa vulva enloquecedora, hasta que logró con los dientes, muy suavemente, extraer el clítoris hacia la puerta de entrada y sus labios comenzaron a absorber intensos líquidos producto de los orgasmos de Mamá Daniela, que comenzó a escurrirse sobre el rostro del sexagenario amante. De pronto percibió con los latidos de semejante verga que Aurelio iba a acabar y se dio vuelta pidiéndole:

—Ahora, mi amor... lo que deseas de mí es todo tuyo... necesito sentir cómo lo inundas... necesito gozar por ahí... ¡pronto!, que vas lanzar larva hirviente y la quiero toda para mí...

Aurelio la tomó de las caderas mientras ella aflojaba sus apretadas nalgas, le pasó la lengua por el maravilloso hueco oscuro, la introdujo ante gemidos de placer de esa mujer que fuera su niña preferida y ahora furiosa hembra con incontenibles deseos difícil de satisfacer. Apuntó su sable en la puerta del agujero deseado y comenzó a apretar... Daniela gritó de placer, giró su cabeza y lo besó en la boca mientras Aurelio aceleraba su saca y pone; durante unos diez minutos, luego de media docena de gemidos de goces y sintiéndose en el podio de la glorificación del sexo, él descargó increíblemente por quinta vez esa noche de victoria y placer. Daniela lo apretó con sus esfínteres de tal forma que la verga de Aurelio no salía, comenzando endurecerse nuevamente mientras las dos bocas sangraban y las lenguas no se desenredaban.

El apetito genésico de ambos estaban en todo su esplendor y el sol ya se asomaba. Daniela debía prepararse para ir a su empleo. El extraño amor de un hombre por una niña, a quien deseó desde adolescente, y ahora mujer, llegando a los 38 años, la sentía totalmente suya por esas circunstancias extrañas que tienen la vida y la sexualidad de los seres humanos.

Fin de la quinta parte...
Continuará...