Mamá Daniela (Capítulo 4)

Un fabliau de:
Analbo

Daniela, nunca había pasado por una situación de tal magnitud Con los ojos cubiertos por la tela adhesiva solamente sentía olores. Sus feronomas habían cubierto el ambiente. Cuando tuvo entre sus manos el pene enorme de ese hombre queriendo penetrarlo entre sus labios se olvidó del mundo y solamente pensó en el placer que estaba sintiendo cuando fuertes chorros de ese néctar golpeaban su garganta e inconscientemente pensó que debía ser una persona mayor, con un deseo contenido durante años. Además, la sabiduría de sus manos acariciando sus carnes demostraban que dominaba la paciencia y era capaz de seguir soportando aún más tiempo para lograr semejante eyaculación. Mientras deglutía ese fuerte sabor a esperma concentrada, como si fuera una crema preparada para ella durante mucho tiempo, aspiró el olor a carne fresca de ese hombre y eso la confundía. Pero, ¿qué importaba su razonamiento ante semejante noche de regocijo sexual al que el fantasma del placer le estaba anunciando?


Limpió y saboreó los restos seminales de ese enorme glande que no veía, pero el tacto de su lengua y sus dedos eran demasiados sabios para tener una idea de la enorme dimensión de ese placer. El descomunal órgano genital, maravilloso méntula que en ningún momento amenazó con flexibilizarse y mantuvo altivo su rigidez, era propiamente una verga para enloquecer a cualquier vagina que intentara devorarla. El amante misterioso se la quitó de entre sus manos y ella, intemperante, con un desenfreno inmoderado, con apasionadas súplicas, se quejó por el placer desvergonzado totalmente insatisfecho.

Ella demostró una incultura sexual. Sus manos se tornaron peligrosas. Mordió con sus uñas las carnes firmes de ese hombre sin edad, de ese semental cuya existencia le era desconocida. Pero su maestría en el tratamiento la conmovió cuando sintió recorrer su ardiente lengua por sus senos; ella ayudó a quitarse el sostén y sus duros y oscuros botones rebotaron contra el rostro sin jadeos del goloso que la disfrutaba.

Ya estaba declarada la guerra. Sangraron los pezones; el desconocido los mordía casi con rabia como venganza por una espera soportada en la oscuridad de su mente. Luego siguió el dulce camino hacia el ombligo donde su filosa lengua penetró empujando el pupito hasta el fondo de sus intestinos que la hizo quejarse pero del excitante y desenfrenado placer que le estaba obsequiando el ahora impúdico crápula que inmoralmente iba descubriendo sus puntos "G". Lujuriosamente, cargado de crueldad, esos enormes, fuertes, gruesos y suaves dedos, con sus uñas preparadas para estos aconteceres, se introdujeron en su vagina mientras con sus dientes, fuertes y habilidosos, quitaba la diminuta tanga que aún cubría el maravilloso triangulo de la entrepierna de esa mujer que fuera deseada por decenas de hombres.

Entendió el pedido y escurriendo sus líquidos levantó sus piernas y quitó el pequeño obstáculo que impedía la penetración esperada abriéndose totalmente a las necesidades del deleite de ese Ser maravilloso que fue introduciendo su ávida lengua que con refinamiento y fruición, la perdió en el interior de su hambrienta cueva cargada de jugos seminales de una Danny totalmente desconocida. Jamás, había sentido tanta necesidad de esos goces, por instantes feroces, impiadosos. Su complacencia por momentos venía provista de una saña feroz, un encarnizamiento salvaje que hacía florecer en ella un furor uterino y una avidez sexual que la convertían en una ninfómana consuetudinaria. ¿Qué tenía la oferta de éste macho que no habían tenido otros? Ese viajero casi celestial la descontrolaba de tal manera que suplicó ser penetrada sin misericordia hasta sentirse morir. Quería morir gozando esa enorme poronga por cualquier lado, pero el bandido conocía, al parecer, sus necesidades y deseos y se los retaceaba.


Con su lengua llegó a las puntas de los dedos de los pies de la mujer entregada a gozar, sin importarle con quien. Sólo necesitaba el deleite de sentirse amada y penetrada hasta lo más profundo de su ser. Ni su respiración escuchaba del hombre que la estaba martirizando. Lo comprobó que era un sorprendente depravado, vicioso y pervertido que no cejaba de hacerla sufrir con la crueldad del placer insatisfecho Dos horas después del inicio de esos estupendos juegos, cuando el desenfreno de ella era total, cuando se había convertido en una posesa imposible de calmar que no sea con múltiples orgasmos que ese Duende, sin orejas, sin nariz, ya que sólo tenía manos, ella, para buscar su verga, y no tuvo tiempo de palpar su rostro, giró sobre su cuerpo produciéndose un 69 que recibió ella con el sexo en su mente. Tomó la potente verga del Ángel de la medianoche y la acarició con desesperación. Sintió cómo él se metía en su cueva y usando su legua como cuchara vació la vagina sufriente de sus ricos jugos.


Pedía Daniela, con su ya disfónica voz de tanto gritar sus placeres, ser penetrada. Quería sentirlo dentro de ella. Quería gozarlo con su aliento y sus gemidos. Estaba en esos pensamientos cuando otra eyaculación del extraño maestro golpeó con fuerza su garganta, tragando nuevamente una gran cantidad de la espesa secreción de esa leche cremosa que llenó su estómago dejándola totalmente extenuada y a él, que volviéndose a una posición normal, juntó su boca con la de Danny intercambiando sabores, quedando el extraño Duende casi dormitando sobre las enormes tetas de la hembra aún en celo.


Jamás la anhelada mujer de ojos verdosos y boca deseable, pechos turgentes, enorme trasero y blanca piel, bien perfumada con muchos hedores seminales, había gozado y tenido tantos orgasmos con un hombre que casi tres horas solamente había acabado dos veces. Por fin escuchó en sus oídos nuevamente la susurrante voz que la hizo temblar, sintió como la glorificación del sexo. Fue tal la excitación de la fémina que habló clara y ardientemente:

—¿Piensas todavía mantener la incógnita de quién eres realmente?...

—No tiene sentido que lo sepas, ¿para qué? ¿No es más placentero ser un sutil desconocido que satisface tus ganas, tus deseos?...

—¿Por qué simulas tu voz?...

—¿Acaso la tuya no es distinta ahora?...

—Por lo tanto que me has hecho gritar, rogándote más placer...

—¿Es que acaso nunca has tenido un hombre a tu lado que te haya hecho gozar de igual manera?...

—No, esto es distinto... esto tiene el sabor de lo desconocido... y todo lo prohibido tiene una poderosa atracción...

—¿Qué ocurriría si soy de tu conocimiento?...

—Así fueras mi padre... seguiría gozando contigo... ¿Quién eres?...

—Uno de los tantos con quienes has tenido sexo...

—No... estás equivocado... Contigo, virtuoso desconocido, no he tenido sexo... no tengo sexo...

—¿Y qué es?...

—Contigo, Eros, hoy he hecho el amor...

—¿Por qué me llamas Eros?...

—Porque eres mi Dios del amor...

—¿No habías tenido otro Eros anteriormente?...

—Sí, a mi hijo...

—Lo sé... hubiera preferido que no lo dijeras...


Eros la llevó al toilet y se bañaron juntos. Ella le propuso algunos juegos; él no los aceptó...Volvieron a gozar bajo la lluvia caliente de la ducha. Ella volvió a mamarle su chiche favorito pero, antes de acabar, Eros la puso de pie, la apoyó contra los azulejos y comenzó a jugar con su ano. Daniela gozó esas caricias. Luego sintió su lengua entrar en su recto y gritó de placer. El Duende del placer fregó su virilidad por ese orificio, lo cargó con crema para la piel y llenó el hueco con lo mismo. Empujó. Ella se mordió los labios. Eros presintió que dolía. Era la primera verga de grandes dimensiones que iba a atravesar sus esfínteres para llegar al lugar que Eros siempre había deseado. Empujó nuevamente.

—¡¡¡Aaaahhh!!!... —gimió Daniela.

—¿Duele?...

—No te preocupes... lo esperaba con ansiedad... por favor, sigue... no te detengas... por favooooorrrr... ¡¡¡Mááááássss... ayyyyyyy!!! ¡Mi Dios, qué placer tan grande!...

Eros, con cierta violencia, se introdujo en ese conducto ante los gimoteos de deleite de la hembra ardiente y, recién allí, dice con su verdadera voz:

—Por fin... tantos años esperé para esto... —y empujó desquiciado, enardecido... empleando la violencia, gritando—... ¡Mía... mía... ¡¡¡míaaaaaaa!!!... —y eyaculó desenfrenadamente hirvientes chorros de su licor seminal ante los gritos enloquecidos de placer de ella, que sentía cómo sus tripas se llenaban del esperma de ese hombre que gritó con rabia su placer.

—Esa voz... por más que intento no estoy en condiciones de compararla con ninguna conocida. Quiero que sepas, Eros, que nunca he gozado tanto... Si siempre me deseaste, ¿por qué nunca me lo dijiste?...

—Dejemos el tema... —volvió a susurrar.

—Vuelve a hablar con tu verdadera voz...

—No... Se ha hecho demasiado tarde... debes descansar. Mañana volverás a trabajar...

—Eros, seas quien seas, quiero que sepas que te amo... estoy locamente enamorada de ti... Creí que era calentura, pero no... Ahora veo y siento que te amo... Seas quien seas... te amaré en silencio... ¿Qué haces?...

—Me estoy vistiendo... debo salir de aquí... nadie debe verme...

—¿Vendrás mañana?...

—Tal vez... sigue dejando las puertas abiertas... y si no vuelvo, quiero que sepas que yo también te amo... ¡¡siempre te he amado!!...


Hubo un silencio. Pasos. Puertas que se cierran... y otra vez el silencio. Danny se quitó la cinta adhesiva de sus ojos justo en el momento en que el despertador la ensordece. Era hora de levantarse y prepararse para ir al trabajo. Se bañó. Estaba rendida pero en sus ojos notó una mirada cargada de felicidad. ¿Verdaderamente estaba enamorada de su acosador? ¡Sí, estaba perdidamente enamorada de ese extraño sujeto al que dio en llamarlo Eros! Terminó con su ducha. Un baño de inmersión con sales especiales la relajó quedando totalmente dormida en la tina.

Despertó asustada. Se le había tarde. Llamó un remís, a otro, a otro... y no encontró ningún servicio disponible. Por último, aunque no quería hacerlo, llamó a Aurelio, el esposo de su mamá, y le explicó que se había dormido y no había forma de llegar a horario al trabajo. Diez minutos después el hombre tocaba el timbre de la casa y ella salió como un ventarrón tomando a grandes sorbos un caliente café negro.

—¡Deja así, luego vuelvo y te arreglo todo... —le gritó Aurelio mientras ella cerraba la puerta de calle y entró al coche que salió velozmente hacia la empresa donde trabaja.

—¡Gracias!... La habitación no, que está hecha un desastre... Cuando vuelva yo la arreglo...

—¿Qué puedo encontrar que ya no haya visto?... —rió el Abuelo—. ¿O es que estuviste de fiesta?...

—Ayyy, Abuelo... —él la miró de mala forma—, perdóname, no debo llamarte Abuelo...

—¡Te has puesto colorada! ¡¡Epa!! ¿Amor a primera vista?

—No, Aurelio... no sé lo que me pasa, pero creo estar enamorada...

—¿Y quién es él?...

—No lo sé... no lo conozco... pero he sentido lo que nunca me ha hecho sentir un hombre... ¡¡estoy tan confundida... no sé si de felicidad o tristeza...

—Me alegro... por ti, muchacha... es hora que encuentres tu camino... —paró en un semáforo—. Ya casi llegamos, ¿hay tiempo todavía?...

—Es que yo tengo las llaves de la empresa... si no llego, no trabaja nadie... —y rieron los dos.

—Ya llegamos... ¿Te vengo a buscar?...

—No... me voy en ómnibus...

—¿O te vienen a buscar?... —dijo con picardía; ella le dio las gracias y lo besó en la mejilla—. ¡Epa!... ¿qué te pasa hoy?...

—¿Por qué?...

—Porque hace años que no me besas... —y arrancó con el vehículo perdiéndose por esas calles de las afueras de ciudad.

Ella miró alejarse el coche y quedó pensativa: «En verdad... ¿qué me pasó? De aquella vez en que intentó acariciarme nunca más lo saludé así... y de eso hace años»... y entró al edificio donde tenía su despacho.


La madre de Danny llamó por teléfono cerca del mediodía desde Córdoba, donde había viajado por el nieto. Daniela quedó preocupada por la actitud de Julito. Su decisión de no hablar con ella era irreducible y ello la angustiaba. Por la tarde, a la hora de salida de su trabajo, encontró al bueno de Aurelio esperándola en la salida principal. Se alegró. Tenía ganas de conversar y fueron charlando todo el viaje; le dijo que la madre la había llamado y que su hijo no quería saber nada con ella.

—¿Qué le habrás hecho que ha quedado tan ofendido?...

—El haberlo sacado de su escuela... del lado de sus amigos... separarlo de ustedes... y los celos por Andrés...

—Es comprensible... ¡ya se le pasará!... —y siguieron el viaje.

De pronto Aurelio le dijo si quería que llamara a su tía para ir con ella a dormir por las noches o prefería que fuera él. Danny lo pensó. Luego, decididamente le comentó:

—Esta noche ve tú a mi casa y yo me quedo en la tuya...

—Buena idea... ¿y mañana?...

—¿Mañana?... ya veremos...

Y así fue tapando un día y destapando una noche. El Aurelio estaba también de vacaciones e iba por la mañana para que lo vieran. Arreglaba el jardín, hacía cosas y volvía a casa para hacer la cena; después que cenaban llevaba en su coche a Daniela, se quedaba un rato y volvía a su casa. Una tarde en que Danny regresó antes de la hora y el Abuelo se disponía retirarse, ella le pidió que le hiciera unos mates y comenzaron a charlar.

—Tengo miedo Aurelio...

—¿Miedo a qué?...

—Me llamó mamá a la oficina... Debe postergar el regreso por lo menos diez días...

—¿Y por qué?... —se preocupó el hombre —, ¿qué ha pasado?...

—Julito ha caído en un estado depresivo debido a que ha fallecido su maestro y confesor... El rector le ha pedido a mamá que por favor se quedara con él...

—¿Algo grave?...

—No, la depresión pasará... se pondrá bien...

—Ah, estoy esperando que en un rato van a traerte algo que te va a agradar...

—¿Qué?... No te habrás puesto en gastos. ¿No?...

—Cuando veas de qué se trata te vas a tranquilizar... —de pronto golpearon la puerta de calle—, deja, voy yo... —y salió Aurelio volviendo con un joven que traía un enorme ovejero alemán adiestrado para el cuidado de personas—. ¡Aquí está!... te presentó a Carozo... —el animal comenzó a olfatear.

—Quédese quieta... —le dijo el joven—. Carozo la esta está reconociendo... No le hará nada. Está amaestrado...

El hermoso perro la olió por todos lados. Danny quedó petrificada, más cuando metió su hocico entre sus piernas. Luego le lamió las manos y se sentó frente ella mirándola.

—¿Y ahora?... —preguntó.

—Ahora aguarda su aprobación... —Carozo seguía mirándola y movía la cola—. Tome este terrón de azúcar, acarícielo y ofrézcaselo en su mano abierta... no tenga miedo, señora... se lo tomará con delicadeza y después le hará un ladrido...

—¿Ladrido?

—Sí... si acepta a su nueva ama será de una forma...

—¿Y si no me acepta?...

—Sería un perro idiota... ¿no, Carozo?... —dijo el abuelo.

Rieron. Danny se puso de todos colores. Abrió su mano ofreciendo el azúcar al animal mientras con la otra lo acariciaba. Tomó el terrón casi sin tocarla; lo saboreó, lo engulló, y luego de lamerle nuevamente las manos dio un aullido y entró a corretear a su alrededor ladrando de forma muy extraña, como si fuera una ceremonia, un ritual, hasta que volvió a sentarse frente a ella jadeando esperando su premio. Danny hizo lo aprendido y Carozo se acostó a sus pies como echándose a dormir.

El joven adiestrador lo llevó a reconocer toda la casa y después hizo que Daniela lo tomara por la correa y lo guiara, le fuera mostrando, pero debía escuchar su voz permanentemente. Debía ir indicándole cada lugar y como si fuera una persona más diciéndole de qué se trataba.

El Abuelo acompañó al joven hasta la puerta de la calle pagándole, y éste le entregó unos papeles y un cuadernillo con indicaciones y comidas para Carozo. Mientras Danny, ya en la habitación de Julito, notó al perro algo nervioso; subió prácticamente a la cama y olfateaba, luego olía a Daniela, principalmente entre las piernas a través de la tela del pantalón. Se preocupó cuando Carozo tomó las sábanas entre sus dientes y las revolcó en el suelo. Sintió miedo pero se acordó que esa sábana fue la última que usó con Julito el día antes de viajar.

Lo sacó de la habitación; lo llevó a su dormitorio y allí volvió a repetirse la escena. De pronto notó que Carozo metía con fuerza su hocico en su raja; sabía que aquello la había calentado y sus feromonas comenzaban a expandirse. Vio florecer de la nada el largo sable de Carozo, mojado. Vio pasar su lengua por semejante verga. El perro estaba alzado y se le prendía de las piernas. La situación era incómoda. No sabía qué hacer, le ordenó tal como le indicara el adiestrador a que se acostara y Carozo obedeció y se recostó en la alfombra junto a su cama. Danny salió. Respiró tranquila justo en el momento en que entraba el Abuelo diciendo:

—Bueno, m'hijita, voy a preparar la cena...

—Abuelo, ¿por qué no preparas aquí algo para comer?...

—Si no tienes nada en la heladera... sólo hay tres cerveza y un vino blanco...

—Y bueno, ¿para qué más? Pedimos una pizza y empanadas, y listo...

—Bueno, está bien... voy de una corrida a casa y luego paso comprar comida para Carozo y para nosotros... mientras, ¡dúchate!, tienes un olor a perro que das asco...

Y así fue. Aurelio se marchó en su auto y ella entró a ducharse.


Daniela se olvidó por completo de Carozo. Veinte minutos después salió del baño envuelta en un toallón y se dirigió al dormitorio. Cuando abrió la puerta Carozo desconoció el olor a su nueva ama y se le fue encima. Cayó al piso totalmente desnuda y Carozo comenzó a hacer el reconocimiento. Cuando ella intentaba alejarlo mostraba sus dientes; recién se calmó el perro cuando su hocico entró en su vagina... comenzó a lamer... Danny lentamente sintió un enorme placer y abrió sus piernas y la áspera lengua de Carozo la penetró hasta sus ovarios. Varios orgasmos a la vez, uno tras de otro.

Quiso ponerse de pie pero al hacerlo, Carozo, adiestrado para todo, la obligó a ponerse en cuatro y se le subió. La montó. Sintió la ardiente verga de Carozo buscando por donde entrar y que cada vez se agrandaba más hasta que acabó nuevamente. El perro la galopaba fregando su verga por la puerta de su raja. Ella inconscientemente estiró su mano, tomó esa poronga y la apuntó a su concha; ahí Carozo encontró el nido buscado y furiosamente siguió galopando. Danny, que jamás había sido penetrada por un perro, sintió cosas distintas y agradables, otros placeres... eran otros goces.

Había perdido la cuenta de cuantos orgasmos tuvo cuando el perro, en un esfuerzo supremo, acabó dentro de ella; conoció otro mundo que no se terminaba nunca, hasta que Carozo se aquietó. Ella intentó salir, pero había quedado abotonada. Todas esas cosas las desconocía. Se desesperó. No sabía salir de esa situación. Veinte minutos después Carozo volvió a vaciar sus restos en el interior de su vagina, que la hizo gozar como jamás en su vida lo había hecho.

Ya desabotonado, Carozo se alejó de ella y comenzó a limpiarse su aún duro y rojo pene. Daniela buscó ropa en su cómoda y volvió al baño, cerró la puerta del dormitorio con llave y por fin pudo respirar profundamente pero con una enorme sonrisa en sus ojos y una cara de satisfacción incalculable. Estando bajo la ducha volvió el Abuelo. Habían pasado más de dos horas.


Cenaron, ni pizza, ni empanadas. Carne asada, chorizos de cerdo y una enorme morcilla con ensalada rusa. La mesa la arregló él, no había preparado nada. Su olfato no le falló, el olor al entrar le dijo muchas cosas y cuando salió del baño sus ojos y ojeras se lo confirmaron. La cerveza, fría como estaba, le hizo muy bien a Danny que se bajó solita dos litros y luego pidió el vino.

—¡Estás ansiosa, nena! ¿Qué te pasa?...

—Mira, Abuelo, no me gusta que me digas nena...

—Y a mí tampoco me gusta que me digas Abuelo... —y rieron los dos.

—Bueno, a partir de hoy basta de nena... ¿te parece bien?...

—Sí, pero... ¿me vas a decir qué te pasa?...

—Quiero que ésta noche te quedes a dormir aquí...

—¿Aquí... dónde?...

—Aquí, viejo... en mi casa... para que me digas de dónde carajos sacaste este perro... —Aurelio se dio cuenta de que estaba borracha y volvió a servirle vino frío—. ¿Me vas a decir de donde trajiste ese perro de mierda?...

—¿Por qué?...

—¿Por qué?... ven... acompáñame... —y lo llevó a su dormitorio.

Apenas entró, Carozo, loco de alegría, le saltó encima con la verga nuevamente dispuesta a entrar en cualquier lado. Ella cayó de rodillas. Carozo volvió a montarla. Aurelio intentó quitarlo de esa posición pero el animal le mostró los dientes mientras buscaba donde meter su instrumento... Danny levantó su batón hasta la cintura y Carozo embistió y en el primer intento, ante la sonrisa sarcástica del Abuelo, la ensartó por el ano.

El grito de Daniela fue de horror y luego de placer. Acompañó el jadeo de Carozo. Gozaba como una perra en celo y se movía a la par del amante canino. Gritaba de deleite. Aurelio se arrodilló delante de ella, sacó su verga, enorme verga que en nada disgustó a Daniela, la sacudió y se la mandó por la boca. Ella comenzó a saborear entre sorprendida y avergonzada esa hermosa pija del marido de su mamá que le tomaba con suavidad de su cabeza y la miraba con una inmensa felicidad.

Se movió lo suficiente para demostrarle qué tanto la deseaba mientras de los bellos ojos verdosos de Danny brotaban lágrimas, tal vez de dolor o de felicidad. De pronto ella sintió a Carozo empujar frenéticamente y apuró la succión del espléndido trozo del Abuelo, que nunca se hubiera imaginado tan firme y aguantador, que eyaculó junto con el perro que le llenó sus esfínteres de semen, llegándole a las tripas, y él bloqueando sus vías respiratorias con una cantidad de leche que tragaba para no asfixiarse.

Fin de la cuarta parte...
Capítulo 5...