Ojitos Verdes (Capítulo 12)

Un fabliau de:
Analbo

La niña de los ojitos verdes, con vocecita de ingenua y sufrida victima, creyó reconocer en esa embestida a su padrino Alejandro y volvió a repetir con sicalípticos suspiros y movimientos cargados de libidinoso frenesí:

—¡¡Padrinito... qué sorpresa más agradable me das!!...

Sin olvidarse de la amiga a quien la estaba satisfaciendo, su cuerpo se contorsionó con pasión. Estaba enculada. Por el grosor y la longitud, la forma y la fogosidad que sentía a medida que hablaba, le producía extremas sensaciones, casi nuevas. Agradecía esa merienda de placer que estaba recibiendo, reconociendo tan magnifico instrumento que no dejaba de entrar y salir de su cueva oscura y estrecha por el no uso de los últimos 30 días.

—Padrinito, te dejó entrar la madre superiora, ¿no?... Por tu fatiga me das la impresión que primero la has atendido a ella, ¿verdad? ¡¡Ay, Alejandro, siento que voy a desmayarme con tanto placer!!... ¡Mi Angelito de la Guarda, cuídame de ésta forma violenta, desesperada de mi padrino, como que quisiera destrozarme el anito!!... —y sintió la ferocidad de la eyaculación de aquella verga que se había tragado por atrás, en la oscuridad de su celda, mientras Lucy soportaba su peso y de quien la estuviera penetrando, que tampoco alcanzó a verlo. El alarido del bandido que la tenía ensartada, dado en el momento de eyacular, la aturdió de tal manera que le hizo perder el sentido.


Cuando volvió en sí, se hallaba sobre su compañera que pugnaba por huir de esa trampa de sexo. La celda seguía a oscuras... no había nadie más que ellas dos. Se restregó sus hermosos ojitos verdes y tratando de ver en la oscuridad balbuceó:

—¿Fue un sueño?... ¡No!... estoy mojada y me duele la colita... ¡No ha sido un sueño... fue de verdad! ¿Por qué no se quedó?... Lo extraño es que me pareció oír como un grito de guerra... y no era la voz de mi padrino... —desechando un pensamiento—. ¡No, eso seguramente que sí ha sido un sueño!... Lo del grito, digo... —la interrumpió una risotada de Lucy—. ¿De qué te ríes?

—No, de nada... Sólo pensaba que tienes ojos en todos lados; creíste haber reconocido a Alejandro a través de la maravillosa enculada que sentiste...

—Y, si no ha sido mi padrino... ¿quién fue?... Solamente él lo hace de esa forma tan rica... pero, ¿por qué no se quedó?, si es pariente de la Madre Superiora. Lo extraño es el alarido que creí oír...

—Seguramente tus lujuriosos orgasmos te obnubilaron y creíste escuchar algo... Bueno, prepárate, un buen baño te traerá a la realidad... y vamos a la sacristía que nos espera el padre cura.


Cuando entraron a la capilla del Internado había varias alumnas aguardando cerca de la sacristía, hincadas, supuestamente orando casi frente al altar mayor. Fueron pasando a sus respectivas entrevistas en la medida en que salían otras. Lucy estaba sorprendida por la rapidez de las reuniones. Luego de la última visita, se demoró casi media hora la continuación de las audiencias.

Ya estaba por ir a golpear en la puerta cuando ésta se abrió y salió sor Jimena, la vice rectora, muy querida por todas las alumnas por su bondad. Una monja de unos 35 años, hermosa y muy sensual. La amplitud de su uniforme no dejaba ver más que sus bellos ojos marrones, su alargado y bien formado rostro de cutis blanco, con una magnífica boca de gruesos labios, naturales y siempre repartiendo sonrisas. Tenía un problema que se notaba al caminar, proveniente de un accidente dos días antes de su casamiento, donde falleció su prometido y ella quedó mal de sus caderas. Llevaba 15 años entregada a Dios; aunque su sufrimiento era tremendo, siempre intentaba no demostrarlo. Vio a las dos niñas y giró su cabeza hacia el interior, hablándole al cura de que aún había dos niñas aguardándolo. Sólo se la escuchó decir muy dulcemente:

—Padre, son dos niñas... por favor, despáchelas rápido... ¡No haga que tenga que quedarme! Demasiadas horas escuchando lamentos me ha tocado hoy —poniendo cara de ruego y sonriendo—. Por favor, padre, ¿eh?... —y se alejó notándose que una de las piernas era algo más corta que la otra —. Lucy y señorita Karina... traten de ser breves, el padre las espera... —las dos haciendo un movimiento con el cuerpo y una bajada de cabeza agradecieron.

—Gracias, Sor Jimena... ¡Dios la Bendiga!...

Se quedaron mirándose ambas hasta que la monja se perdió tras la puerta de entrada y la cerró.

—¡Entro primero!... —dijo Lucy, ya que ella había estado con el cura.

—¡Está bien!... Pero como dijo Sor Jimena, trata de ser breve...


Lucy apuró los pasos, se perdió tras la pesada puerta y salió de inmediato con cara de pocos amigos, casi disgustada, y le hizo señas a Ojitos Verdes a que entrara. Sorprendida, la pecaminosa muchachita apuró su paso sin saber con qué se iba a encontrar al trasponer esa puerta. Pensó en el cura Pedro y sintió más deseos de irse corriendo a su celda que quedarse, pero falló en el intento ya que una voz la transportó a otro sitio, desconocido, pero que sonaba maravilloso a sus oídos. Giró su cabeza al escuchar su nombre.

—Señorita Karina... —y allí lo vio: alto, delgado, rubio, cabellos largos. Ropas claras sin cuello. Creyó soñar. Sintió un cosquilleo en su interior. Era una voz dulce y una mirada que partía de un par de ojos celestes que la hipnotizó, deslumbrándola. Quedó conmovida mientras aquella voz que sonaba a música en sus oídos, volvió a repetir su nombre—. Señorita Karina, ¿se siente usted bien?...

—Sí, sí, Padre... —tembló ella dejando en el aire el nombre que no lo sabía.

—Daniel, Karina... soy el Padre Daniel... —y sonrió.

Entonces notó una hermosa dentadura en un hombre mayor, buen mozo, fuerte, con una sonrisa arrobadora. Sintió cositas. Apretó las piernas y se encaminó lentamente hacia donde se encontraba ese pedazo de nueva cara de hombre dominador, mirada firme. Cuando se enfrentaron, el Padre Daniel fijó sus ojos en los de ella y le dijo casi susurrando:

—¡Cuánta razón tenía Sor Jimena y otras alumnas cuando hablaron de que eras dueña de los ojos más bellos que jamás haya visto! Entra, Ojitos Verdes, ¿por qué te asombras? Nunca te han llamado así seguramente... Ojitos verdes... dos hermosas esmeraldas en un rostro angelical... —cerró la puerta tras su paso por el umbral.

Ojitos Verdes sintió enrojecer su rostro tras las palabras del padre Daniel, que siguieron sonando en sus oídos como una música. Jamás nadie le había hablado de esa manera. Era la primera vez que un hombre se fijaba en ella de esa forma.

Con todos los hombres que había estado en su corta existencia, había sido para tener sexo... y se dio cuenta de la diferencia... ¡jamás había hecho el amor con alguien! Siempre pensó que el sexo era todo eso. Jamás tuvo otras sensaciones que no fueran la furia enloquecida de sus turbulentos orgasmos. Siempre pensaba en ella cuando gozaba. Nunca pasó por su mente de qué forma siente placer un hombre cuando está con ella, que sólo sabía de abrir las piernas, tener un enorme pene en sus manos, llevarlo a la boca, a su vagina, a su ano y pensar en su propio goce... no sabía que podría existir otro tipo de placer.

El encantamiento que le produjo ese hombre, al que no miró como al cura del Internado, la convirtió. Acababa de transformarse... y comenzó a pensar como mujer. ¿Qué pasaría de ahora en adelante? ¿Seguiría siendo la muchachita insatisfecha, la descontrolada, voluptuosa, incontenible e impúdica adolescente cuyos deseos no lograban llegar a su fin? Su impetuosidad se sintió conmovida por aquella mirada y aquella voz aplacó su fogosidad... solamente miraba al hombre que tenía delante de ella... ¿su pubertad estaría llegando a su término?

Tembló cuando Lucy le recordó que el padrecito, como su amiguita lo llamaba, estaba dispuesto a escucharla... por eso había venido. Karina reaccionó y volvió a la realidad. Solamente no tenía sotana negra, pero era un cura, un cura que la enardeció, se sintió inflamada de deseo y sus ojos fueron directamente a la bragueta de aquel hombre apuesto y advirtió de qué manera su falo estaba enervado que sintió locas y demoníacas intenciones de caer de rodillas y prenderse con ambas manos de semejante verga.

—Eh, Karina, baja de la luna... el padrecito está apurado...

Ojitos Verdes, sin dejar de mirarlo a los ojos, cayó de rodillas ante el padre Daniel ante el asombro de Lucy y del mismo cura, que intentó evitar que lo hiciera. Le pidió que se pusiera de pie:

—No, hija... de rodillas ante mí, no. Ponte de pie y dime qué te aqueja...

—Padre, deseo confesarme... he pecado mucho... por favor, necesito confesarme...

Una carcajada de Lucy la sacó de su estado místico. Algo se estaba revelando en ella: su estado era piadoso, espiritual; una dulce sonrisa, dirigida a Lucy, asustó a ésta que se puso seria y mirando al sacerdote comentó preocupada:

—Padrecito... está enloqueciendo... por favor, ¡sáquela del trance! ¡Háblele, por favor!...

El padre Daniel tomó a Karina en sus brazos, la ayudó a ponerse de pie y fueron hasta el confesionario. Lucy se quedó sentada, preocupada por su amiga. Nunca la había visto así y se puso a orar. Se cerraron las puertas que separaban la sacristía del lugar reservado para las íntimas confesiones, que algunas veces aliviaban el alma y otra veces... otra veces, ¿quién conoce realmente la mente humana? Y tratándose de Ojitos Verdes, ¿quién podría asegurar que estaba sintiendo lo que decía?


Era algo avanzada la tarde de ese fin de semana y justamente se cumplía un mes de la última salida de Karina cuando festejara su cumpleaños. En la Dirección del Internado la Madre Superiora conversaba con su primo, justamente Alejandro, el padrino de Ojitos Verdes, que había venido a buscarla para pasar unos días en familia.

—¿No demora demasiado, Karina, Madre?... —preguntó Alejandro.

La Madre Superiora, lo miró y sonriendo le preguntó:

—¿Por qué tan circunspecto, Alejandro?... Seguimos siendo primos, ¿no?...

—Sí, pero...

—Pero, nada... Yo no he cambiado. Si bien para mis alumnas y subordinadas debo mostrarme como la mujer que nunca ríe, contigo no puedo hacerlo. No hace mucho hemos estado en tu casa la mayor parte del tiempo solos, recordando otras épocas... otros momentos... —y se puso de pie.

Era una mujer que a pesar de su más de medio siglo de existencia, la mayor parte de ellos pasados en el convento, se mantenía bella y en buen estado físico, esbelta. Una amplia sonrisa se dibujó en su rostro, que transformó su agriada mirada para las estudiantes, en excitable, algo libidinosa, alcanzando a notarse un brillo ardoroso, como si algo hubiera explotado en su interior, percibiéndose en el ambiente halos cargados de sexualidad, creyendo divisar en esa mirada un maravilloso apetito genésico, demostrándolo a través de una perfecta dentadura y unos gruesos labios de mujer sensual, ávida de una charla que la ayudara a pasar sus momentos de soledad.

El hombre notó la metamorfosis de esos ojos, la voz, la casi mutación de la boca cuando su ansiosa lengua mojó sus belfos como solicitando ayuda, pues debajo de esos atuendos, existía una mujer ardiente.

—¿O es que no hueles en el ambiente las feromonas bailoteando a partir del final de mis vestidos?... —y cerró la puerta con doble vuelta de llave.

Alejandro se inquietó, pero su enorme miembro se manifestó gozoso ya que la mujer monja lo advirtió y morbosamente se lanzó en su caza:

—¿Es que tienes miedo, primo? Nadie entra a mi despacho si no llamo...

Se arrodilló frente a su visita y no precisamente para rezar. Abrazó su pierna derecha apoyando su rostro contra semejante palo de carne viviente, que vomitó fuertes chorros de esperma, expeliendo el exquisito hedor a la deseada lefa, semen que seguía brotando sin parar mientras la mujer, con los ojos cerrados, lamía desesperadamente sobre la tela del pantalón humedecido por el delicado regalo de su pariente. Abrió lentamente el cierre de la bragueta extrayendo los casi 28 centímetros de verga encendida de su amo sexual y comenzó a llenar su boca llorando de felicidad.

En segundos la bestia colgante de Alejandro llegó a la garganta de su prima hermana, que se desmanteló de su pesado ropaje quedando totalmente desnuda ante el hombre que tuvo que hacer un esfuerzo para no gritar otra eyaculación que atragantó a la Madre Superiora. Debió golpearle la espalda el primo amoroso para eliminar el bloqueo de sus vías respiratorias. La madura Magdalena se prendió del cuello a ese ser que sabía satisfacerla con holgura y se besaron apasionadamente.

Ella se safó de su indumentaria y de un salto, con las piernas abiertas, tomó asiento sobre su escritorio. Las blancas carnes de la mujer destacaron la prolija y rasurada vulva, ya que es costumbre de las religiosas de no usar ningún tipo de calzón por razones obvias. El aroma que emanaba de esa abertura, cuyos labios enrojecidos palpitaban frenéticamente, dejando al descubierto un hermoso pedazo rojo como un dedo meñique que pugnaba por ser saboreado, mordido, succionado hasta enloquecerla.

Alejandro, entendedor del idioma, se incrustó con su espesa cabellera y finos bigotes entre esas piernas que lo apretaron con furia para que no escapara, al tiempo que con sus manos abrió grande el camino para introducir su lengua en ese túnel oscuro desde donde brotaban líquidos que el hombre devoró desesperadamente mientras que la sierva del Señor, con sus dos bien formados pies, se hicieron cargo de la enorme verga del macho que nuevamente estaba preparada para la gran batalla.

Las convulsiones de la Madre Magdalena mostraban a la perfecta hembra mayor, voluptuosa, incontinentemente insatisfecha y cada vez más deseosa de poder sentir en su interior el enorme aparato de su ardoroso amante. El arrebato, por lo prohibido, exaltaba la locura sexual de la pareja, glorificando el momento mientras los órganos genitales de ambos lloraban desconsoladamente lágrimas secrecionales, volviendo a regurgitar maravillosos licores seminales.

La sobreexcitación de la religiosa, al sentirse penetrada con tan portentoso monumento fálico, alteró aún más su exacerbación que no pudo contener una ristra de orgasmos que hizo que lo manifestara con un alarido de hembra enardecida, lo que hizo que Alejandro eyaculara por cuarta vez en hora y media acompañando su grito de guerra con otro similar que retumbó en el cerrado ambiente.

Luego un silencio. Jadeos ahogados. Era el momento del descanso y la meditación. La respiración silbante de los amantes no les permitió observar cómo se corrió la vieja biblioteca del despacho de Magdalena y hacía su aparición en escena Sor Jimena, con sus ropas alzadas, masturbándose con una mano y la otra acariciando sus duros senos.

Continuará...