Ojitos Verdes (Capítulo 10)

Un fabliau de:
Analbo

Alejandro y su mujer se acostaron en uno de los cuartos de huéspedes, dejando el más grande para la Nona y el tío Patricio. Los demás parientes se habían retirado todos. Mercedita, la hermana menor de de Amalita, decidió quedarse un par de días en casa de Rodrigo, ya que su marido y los dos hijos se fueron. Ellos trabajaban todos en el campo, no estaban muy lejos. Ojitos Verdes, en su habitación, dormía luego de una larga ducha en su bañera. Había tenido un ajetreado día y se sentía muy cansada. Además, le dolían sus partes. Se olvidó por completo que había invitado al tío a que viniera a verla.

Como siempre, su puerta sin llave y a oscuras. El ventilador tiraba demasiado aire y ella se cubrió con la sábana solamente... dormía totalmente desnuda. No oyó nada, pero unas suaves caricias entre sus piernas la distrajeron. Se dio vuelta, tal vez inconscientemente, dejando a la vista su hermoso trasero. Y, nuevamente, ahora algo caliente acariciaba su ano. Tal vez creyó que estaba soñando y levantó su colita y ahí sí, algo áspero pero fogoso comenzó a querer meterse en su hermoso y dolorido conducto. Dio un suspiro de placer y viboreó en la cama. Estiró sus manos sin ver qué era y tomando una cabeza por sus cabellos la empezó a empujar como pidiendo más. Volvió a gemir. Un deleitable orgasmo la terminó de despertar.

—¡¡Ayyyyy, padrinito!!... ¡qué placer más grande, pero estoy cansada!... —dos fuertes manoplas la voltearon, ella extendió su mano y encendió el velador—. ¡Tiíto, eres tú!...

—¿Qué es eso de "padrinito!?"... —preguntó Patricio que estaba con un pantalón pijama, el que bajó urgente tomando su enorme órgano y se lo puso en la boca de la zafada muchachita—. ¿Qué... tu padrino también?...

Ojitos Verdes se hizo la ofendida y le dijo:

—Tío, ¿cómo puedes decirme eso?... Tú sabes que fuiste el primero y eres el único...

Su sonrisa engañosa y sabia hizo titubear a Patricio. Entonces aprovechó, lo atrajo hacia ella y le llenó la boca con su lengua impidiéndole seguir hablando. Patricio notó el enorme progreso de la sobrina desde la última vez que estuvo ella en su chacra. Sus senos, aún no muy grandes, estaban espléndidos. La luz iluminaba bien las blancas carnes de la niña que él había desflorado a los 9 años; se maravilló al mirar los belfos vaginales, se habían convertidos en enormes labios de esa vulva cuyas feromonas lo excitaron de tal manera que se abalanzó sobre ellos y comenzó a succionarlos casi con desesperación. Los mordió un momento y luego se colocó en un brillante 69 donde incestuosa niña tomó su larga y gruesa verga perdiéndola en sus ardientes fauces.

«Patricio es distinto a Padrino», pensó Ojitos Verdes. Mejor lengua, sí, pero nada comparable con el espesor de la verga de Alejandro y, además, el tío era una bestia en celo por la forma en que la penetraba, como si nunca lo hubiera hecho antes. Así mismo, se dio cuenta la muchachita experta en tener esas cosas en su boca, que el tío tenía menos aguante que su adorado Padrino. La furia sexual de Patricio la enloquecía, pero iba tan rápido que sólo pudo tener algunos orgasmos, nada más, y cuando el tío eyaculó dos veces en su boca, sin sacarla, se bajó, se puso el pijama, le dio un beso y se retiró a su cuarto. Eran las 5:30 de la mañana del lunes.


Momentos después, ya dormida Ojitos Verdes, no oyó ni vio que alguien entraba a su cama. Era Lucy, su compañera del colegio que volvía de gozar varias horas con el viejo encargado de la estancia. Un desastre... un zombi caminando. Se tiró en la cama quedándose dormida casi de inmediato. Traía su braguita en la mano y al acomodarse soltó la prenda íntima, totalmente impregnada de espermas del abu Anasta, que fue a dar junto a la boca de Ojitos Verdes y cuyos vahos lograron despertarla. Se sentó en la cama restregándose los ojos y la vio. La muchachita era un montón de carne macerada, totalmente estrujada, con distintos moretones y marcas de mordiscos en varios lados de su cuerpo. Olía apestosamente y la despertó:

—Lucy... ¡eh, che!... ¡despiértate, nena!...

—¿Qué pasa?... estoy muerta de sueño...

—Por favor, ve al baño y date una buena ducha caliente de inmersión con las sales que tengo allí... ¡apestas con el olor que tienes! Si viene mi mamá y te ve así, va a pensar que te culiaron hasta los cerdos... Estás bañada en leche, amiga mía...

Lucy la miró y casi sin ganas se fue al hermoso toilet de su amiga y con la puerta abierta se metió en la bañera a gozar plácidamente de agua limpia y caliente y ricos perfumes mientras Karina buscaba en su guardarropa algunas de sus prendas limpias para la amiga. Se le acercó al entrar al toilet, despacio, por detrás le mordió el cuello. La amiga hizo un mohín como si le hubiera dado un escalofrío. Ojitos verdes, que estaba desnuda, se metió en la bañera y juntas se enjabonaron una a otra.

Lucy se había despertado bien despierta, demasiado despierta. Ellas se conocían cada rincón de sus cuerpos ya que en el colegio ocupaban una celda junto a la otra y muchas noches las encontraba la claridad del amanecer teniendo sexo entre ambas. La enjabonada se hizo lenta... las dos gozaban esas caricias. Casi bajo el agua hicieron un 69 y se castigaron con delirio introduciendo en sus grietas lengua y dedos hasta atiborrarse de tantos orgasmos que las hacían gritar de placer. Sus bocas se unieron, como siempre, en un prolongado beso de lengua mientras amasaban cada una las tetas de la otra.

De pronto, totalmente obnubiladas por la belleza del placer, no vieron a Rodrigo y al Padrino que se acercaron al oír tantos gemidos, que les preocupó. Como la puerta seguía abierta entraron a la habitación, semi desnudos, ya que dormían, pero la furia de esa lucha sin cuartel había llegado a los oídos de ambos hombres. Al ver el espectáculo de esas dos criaturas gozando de tal manera, Rodrigo le señaló a su compadre que tomara a Ojitos Verdes y él se hacía cargo de su amiguita. Cerraron la puerta con llave, apagaron las luces y cada uno tomó su presa. Como la cama de Karina era grande, las arrastraron hacia ella ante el pataleo de ambas. Cuando se acostumbraron a la oscuridad, Ojitos Verdes, por el olor a ese cuerpo atlético, limpio y un perfume especial que ella siempre olió, más al tocar la verga, reconoció a su padrinito y le dijo por lo bajo a Lucy que no tuviera miedo, que quien estaba con ella era su papá.

Alejandro auscultó milímetro a milímetro la suave piel de Ojitos Verdes, y su lengua la mojaba casi con rabia por todo lo que le hizo pasar esa noche. Y se lo decía en sus oídos, cosa que calentaba a su ahijada que se retorcía de placer, se regodeaba. La delectación era tal, que cuando Alejandro le dio su verga para que la mamara, la lujuriosa adolescente, cuya incontinencia era imposible de satisfacer en media hora, seguía eyaculando sus líquidos cuyo hedor calentaba a quien, como Alejandro, metía sus narices en la cueva tan deseada que solamente en dos días y ahora, la estaba saboreando por décima quinta vez.

Su lengua suavemente acariciaba el pijito de la mocosita que lo estaba enloqueciendo, mordía los laterales de esos labios vaginales que lo aturdían y gustaba de esos líquidos que por la fuerza de su juventud descargaba en su boca. Se sintió incómodo en esa cama, donde Rodrigo había montado a Lucy, más ardiente aún que Ojitos Verdes, y el oírla gemir como una hechizada se bajó de la cama y alzándola en sus brazos la llevó al sofá que estaba casi en un rincón de ese enorme dormitorio y corrió el biombo que separa los ambientes.

La agarró con furia, como castigándola, la sentó con fuerza sobre su garrocha totalmente lubricada por ella misma, quien pegó un suave gritito al sentirse perforada por su culito y comenzó a removerlo de tal forma que, ahora, sí, gozaba de verdad y no como con el tío Patricio, que sólo se ocupó de gozar él solamente. En esos dos días Alejandro tuvo la sensación de que sus pechos habían crecido. La hizo girar, poniéndola frente a él, de tal manera que ese movimiento pulió los esfínteres de su acabadora niña, que se prendió de su boca con desesperación pidiéndole que la volviera a girar, que le gustaba mucho, que era una nueva forma de gozar. Y la tuvo girando sobre ese perno que ella sentía maravilloso, tantas veces hasta que Ojitos Verdes le rogó al padrino:

—¡Por favor, Alejandro... no doy más!... me has hecho acabar tantas veces que he perdido la cuenta... ¡quiero descansar!... ¡¡Por favor te lo pido!!... hoy he tenido un día de maravillas, pero esto es el súmum de los placeres... —y se tiró sobre el hombro de Alejandro totalmente agotada.

—¿Con quién estuviste, desvergonzada? Conmigo no ha sido... Te busqué toda la tarde y no te encontré. ¿Con quien te enculaste, putita?... —le decía al oído mientras con ferocidad y rabia con sus fuerte brazos la subía y la bajaba con su enorme poronga ensartada hasta las tripas, y volvió a sentirla desvanecida.

Se enfureció más, le mordía las tetas, la boca, le hizo sangrar los labios, mordió su cuello y no pudo acabar... cosa que lo irritó más aún. Quitó su verga de esa maravillosa vaina y la recostó sobre el sofá... se había dormido. Oyó los gemidos de Rodrigo y los placenteros gemidos de Lucy, y decididamente fue a la cama.

La muchachita, fresca como una uva, cabalgaba sobre el compadre que la tenía abrazada besándola frenéticamente, con el culito sin custodios. Se arrodilló, metió su lengua en ese orificio maravilloso, que hizo retorcerse a la muchacha, apuntó su enorme tranca en la puerta de ese delicioso culito y comenzó a empujar, cosa que la niña gozó como nunca.

Tal vez sería la primera vez que tenía dos porongas enormes dentro de ella y aflojó sus nalguitas, y allí fue cuando Alejandro, con la carga que traía, la envistió hasta tocar sus huevos, ante un delirante grito de enorme goce de la mujercita que sintió vaciar en sus tripas fuertes e hirvientes chorros de esperma del padrino de su mejor amiga.

Ojitos Verdes escuchó murmullos. Se revolvió en el sofá. Entre dormida comenzó a caminar en dirección del baño... estaba totalmente mojada. Se acercó a la cama donde Lucy seguía recibiendo sin piedad, que era lo que le gustaba, dos experimentadas vergas, tan incansables como ella. A Karina no le gustó que Alejandro siguiera cogiendo con su amiga. Le golpeó el hombro, pues la había vuelto a encular. Los gemidos de placer de su amiga la pusieron mal... Tomó del brazo al padrino y lo sacó de ese extraordinario apareamiento.

Ojitos Verdes se hizo la que se sentía mal y cayó redonda a los pies del padrino, quien se asustó y la alzó llevándola al baño. La metió en la hermosa tina de madera mientras le hacía salir agua caliente y vaciaba bolsitas de sales en el agua. Fue a la puerta y le puso llave. Volvió a la enorme bañera y se metió en ella; empezó a enjabonar a su pequeña amante que lentamente fue reaccionando, pero realmente estaba lejos de ser la misma del sábado durante todo el día. Ella lo enjabonó a él y ambos gozaron de baño relajador y vitalizante. Descansaron. Él la cargó de mimos y se durmieron en el agua caliente. De pronto, dos golpecitos en la puerta los sobresaltó. Alejandro saltó del agua, se cubrió con un toallón y miró, era Rodrigo.

—¿Qué pasa, compadre?...

—Regresemos, que nuestras mujeres nos andan buscando... Dale lugar a ésta chica para que se duche... ha quedado muy mal...

—Está bien... tráela...

Trastabillando la muchachita logró llegar a la bañera y meterse en ella, desparramándose luego de varias horas de sexo loco. Los dos hombres salieron furtivamente desapareciendo en la oscuridad. Minutos después volvió a abrirse la puerta del dormitorio de Ojitos Verdes y entraron Amalita y Mariana. Vieron la cama vacía, la luz del baño prendida, la puerta abierta.

—¡Mira... —le dijo Marianita a su comadre casi con ternura.

—¡¡Pobrecitas!!... se han divertido tanto que se quedaron dormidas en la tina... Están rendidas, ¡vamos!, dejemos que sigan descansando, les hará bien... —comentó Amalita.

—Sí, éste cumpleaños no lo van a olvidar nunca... —chismorreó la mujer de Alejandro.

Ambas mujeres habían olvidado realmente el motivo por el cual se habían levantado.

—Nosotras tampoco... —dijo melosa y ardientemente Amalita.

Dicho esto la atrajo hacia ella pegándose ambas bocas en un largo y excitante beso arrastrándose entre caricias y franeleo hacia la cama donde se revolcaron en una sórdida lucha amatoria, mientras las "cándidas amiguitas" descansaban placenteramente en un baño de inmersión...


Alejandro y Rodrigo, ya repuestos del apurón y siendo casi la siete de la mañana, las buscaban ahora a ellas. Las encontraron desnudas entre las sábanas de la cama de Ojitos Verdes mientras las niñas seguían durmiendo sus borracheras de placer. Los dos hombres fueron a la cocina  y se encontraron con Merceditas, la cuñadita de Rodrigo. Se miraron, la joven señora estaba en tanguita y un pequeño corpiño, le sobraba de todo por donde la miraran. Al ver a los hombres se asustó. Alejandro tomó un mantel y fue a cubrirla, aunque él y su compadre solamente andaban con taparrabos. Ellos no se dieron cuenta, pero Merceditas sí y se quedó mirando esos dos instrumentos como asomándose con sus cabezas moradas. Merceditas les alcanzó dos pequeñas toallitas y les ayudó a taparse ante la sorpresa de los hombres que se pusieron rojos de vergüenza.

—¡Chicos, parece que vuestras esposas son mezquinas 'con la comida'...

Se cayó la toallita que aplicó a Alejandro para cubrir su parte tremenda; se inclinó para volverla a su lugar pero ahora se le escapó su mantel y el esfuerzo por evitarlo rompió el sostén, saltando sus hermosa lolas, aún duras a pesar del amamantamiento de sus hijos, frente a la rígida verga del padrino de la nena

—¡Perdón, Alejandro... disculpe usted...

Alejandro la miró, le tomó la cabeza y le dijo:

—No, quien pide disculpas soy yo, no sé por qué éste descarado anda hambriento pide y pide... es incansable.... ¿Quieres amamantarlo para ver si lo calmamos?...

Ella dejó el mantel, tomó semejante instrumento con ambas manos, y cuando terminó de sacarlo de aquel lugar en que estaba prisionero se quedó mirándolo aterrorizada y preguntó:

—¿Es todo suyo?...

—No, preciosa señora... ahora es tuyo también... —y empujó hacía adelante.

Merceditas, que se había quedado con la boca abierta ante semejante 'cosa', no tuvo tiempo de cerrarla y la penetró hasta la garganta quedando más de la mitad afuera. Alejandro vio que Rodrigo también estaba para la guerra y había comenzado a masturbarse y se corrió hacia la pesada mesa. Ayudó a Merceditas a ponerse de pie, se apoyó en la mesa de tal forma que la dama, para seguir con su 'trabajo', se encorvó sacando su cola hacia arriba, la que también comenzó a deslizarse.

Ella no lo advirtió. Rodrigo acercó su lengua a ese bello ano que parecía haber sido usado durante su vida sólo para expulsar, y lo mojó. Ella quiso reaccionar, pero Alejandro la retuvo con la verga en su boca, inmovilizándola. Rodrigo, el marido de su hermana, tomó un frasco con crema de leche y le rellenó la colita, introduciendo sus dedos. Primero uno, luego dos, mientras ella giraba con desesperación su cabeza en forma negativa... no quería que se la pusieran por detrás.

Cuando su cuñadito llegó a meter tres dedos y remover, como ablandando, semejante entrada, metió la verga en el tarro de crema, apuntó bien en ese precioso agujero que comenzaba a dilatarse, e inició lentamente su avance. Ella intentaba gritar, pero la boca llena no le permitía hacerse entender, y justo en el momento en que Alejandro, no creyendo que fuera a poder, vomitó en su boca fuertes chorros de caliente leche que la atoraron, y es el preciso instante en que Rodrigo empujó sin compasión su duro pene que llegó a golpear con sus testículos las nalgas de Merceditas.

El solo hecho de pensar que se estaba cogiendo a la hermanita de su mujer y el grito de placer de Alejandro y la negativa de esa madraza, hicieron que Rodrigo eyaculara en el interior sagrado hasta ese momento del reducto virgen, que lloró de dolor y placer al sentir tanta leche llegar a sus intestinos. Terminó de limpiar la verga de Alejandro. Se dio vuelta y le dijo al cuñado:

—Me desvirgaste, cuñadito... ¡cuánto placer junto!... ¿Sabes cuánto hace que esperaba algo así, y nunca te diste por aludido?... pero salgamos de aquí que ya estarán por levantarse sus esposas...

—Vamos a bañarnos... —dijo Alejandro y se encaminaron hacia el baño de la última sala que casi nunca usaban.

Capítulo 11 »...