Ojitos Verdes (Capítulo 9)

Un fabliau de:
Analbo

Provocado y exacerbado por las deliciosas caricias de Ojitos verdes sobre la incansable verga de don Anastasio, ésta continuó regurgitando calientes y espesos chorros de sus pócimas testiculares, acompañados por la risa ardiente y por momentos grosera de la fogosa e impetuosa muchachita. Esa mujercita, en cuyo hogar estaban llegando los invitados para festejarle sus catorce añitos, desvergonzadamente fregaba sus senos con excitación sobre las espaldas del viejo encargado de los campos de su padre.

Esto excitaba, activaba casi con violencia al hombre que, aunque sexagenario, continuaba despertando su libido adormecido durante varios años. En las últimas cuatro horas la pícara y escabrosa mancebita había transformado al viejo potro vencido en un brioso semental impensado, descubrimiento que guardaría celosamente, tal vez para uso personal. El azabache animal, totalmente desbocado, era seguido con velocidad por Tormento, el negro ovejero de Ojitos Verdes, hasta que lo alcanzó, se le cruzó y ayudó al viejo con sus ladridos y mostrando sus dientes a que Bonito aflojara la carrera.

Estaban a una legua casi de la estancia cuando, el caballo se calmó. Anasta, de un brinco, llegó al suelo y lo tomó del bozal, lo aquietó con palmaditas y palabras suaves en sus orejas como él acostumbraba a hacerlo. De pronto encontró la causa de todo aquello: sobre una de sus enorme fosas nasales una gelatinosa mancha, ya media seca por el viento en su alocada carrera; la quitó con pasto que arrancó del suelo y cuando lo olió se dio cuenta... era su propio semen.

Miró a la pequeña. Se sonrió. La notó agitada, se acercó y la miró; estaba jadeante con su mano en la vagina y lo miraba con sus grandes y viciosos ojos suplicándole más favores. Era imposible negarle algo a esa mirada. Le cambió la posición –estaba a horcadas sobre Bonito–, y la sentó con las piernas cayendo hacía donde él estaba parado. Le bajó los pantalones de montar, los quitó y luego le arrancó la bombachita roja, la guardó en el bolsillo, le separó bien las nalgas, hermosas y duras nalguitas de una niña de 14 años, y se metió entre ellas mordiendo con desesperación esa vulva incansable hasta el clítoris, enorme pijito femenino, lo tomó entre sus labios y comenzó a succionarlo, cosa que volvió a exasperar, sulfurar las partes intimas de Ojitos Verdes que lloró de satisfacción orgasmo, tras orgasmo hasta que se calmó.

Pidió al viejo que la bajara; en cuanto lo hizo se arrodilló a sus pies y le tomó la ya tremenda verga nuevamente dura como para penetrar cualquier cosa y se la llevó a la boca, manándola con fruición, hasta dejar feliz nuevamente a su abuelito postizo. Cuando notó la flaccidez de ese órgano maravilloso, mientras le chorreaba le blanca leche por las comisuras de sus labios, le susurró al anciano al tiempo que se calzaba y arreglaba los pantalones de montar:

—Abu, estoy cerca de casa... guárdate mi bombachita, te va a agradar su olor, y úsala cuando quieras masturbarte pensando en mí. Quiero que siempre acabes sobre ella y cuando nos veamos, la próxima vez, quiero tenerla en mis manos y meterla en mi boca escurriendo leche... ¿me lo prometes? Ahora, ayúdame a montar que casi no me quedan fuerzas... cruza el monte y vuelve a tu rancho... que no te vean... Tómate una botella de vino a mi salud y que las cosas salgan bien... algo se me va a ocurrir para decirles...

Rió la maliciosa y acabadora niña al tiempo que Anastasio la tomó de la cintura y volvió a colocarla sobre Bonito; ella aprovechó esa acción del bueno de don Anasta para prenderse de su cuello y besarlo con fuerza en la boca hasta sangrarle los labios, diciéndole:

—¡¡Gracias, Abu!!... me hiciste el mejor regalo de cumpleaños, ¡¡te debo una!! Y ahora corre, Abu... que no te vean...

Espoleó a Bonito y éste partió al tranco acostumbrado cuando llevaba esa carga sobre su lomo...


En el camino encontró a varios peones que regresaban a caballo luego de buscarla por distintos lados; las luces del patio todas encendidas. Ya estaban extendiendo las mesas para los invitados, compañeritas del colegio, vecinas, gente amiga del pueblo. Tías, tíos, primas y primos. Alejandro la vio llegar con el caballo sudado; los ladridos de Tormento lo alertaron y se acercó primero. Al ver el estado que traía supuso muchas cosas, menos la historia de que se durmió escuchando música y se despertó porque la picaban los mosquitos. La bajó, vio que no podía mantenerse en pie y se la llevó en los brazos por la parte de atrás de la casa; la introdujo en su habitación pidiéndole que se metiera en el toilet y se diera un buen baño de inmersión con sales especiales que ella usaba, porque olía apestosamente. Ella se rió con picardía y el padrino le reprochó:

—¡Ya vamos a charlar, señorita!...

—¿Estás celoso, padrinito?... —y volvió a reír.

Alejandro dio un portazo y se fue. En el pasillo se encontró con la madre, que al verlo tan preocupado le preguntó:

—¿Qué pasa, compadre?...

—¡Ahí tienes a tu hija!...

—¿Dónde?...

—Bañándose... hace como una hora que está en el agua, parece un pato... —mintió.

Todos la apañaban. Amalita bajó las escaleras con Alejandro avisándole a Rodrigo, pero con otra mentira mayor:

—Karinita estaba durmiendo en su habitación, ahora se esta bañando... Voy a buscarle el traje del cumpleaños de tul blanco que le regaló la madrina; ella no lo sabe, va a ser una hermosa sorpresa para nuestra niña, Rodrigo. El cura va a venir más o menos a las nueve, dentro de una hora, para rezar una misa por sus 14 añitos y que tenga un buen año de estudio y se cumplan todos sus sueños y deseos... ¿no te parece una maravilla? Le pedí al padre que ore también por su pureza y que la ayude a mantenerse así para el hombre que ha de desposarla. Ay, viejo, ¡qué feliz que me siento!, nuestra niña hoy cumple años y nunca nos ha dado un disgusto de esos que tantas chicas les dan a sus padres... ¡¡Gracias Dios mío!!... —y se abrazó al marido mientras éste hacía un disimulado gesto ante la ignorancia de su mujer.


Rodrigo reunió a los peones y les pidió que ellos tuvieran la libertad de hacer lo que quisieran esa noche: quedarse en la fiesta y cenar con los invitados, o si no les gustaba lo que había se hicieran asado y una chorizada, que buscaran achuras en la cámara fría del depósito despensa, que seguramente él los acompañaría, porque no era amigo de comidas frías. Eso sí, a quienes fueran a cenar en la mesa los quería con la mejor ropa, humilde pero limpia.

Luego preguntó por Anastasio y uno de los peones le dijo que estaba durmiendo la mona en su camastro. Rodrigo pensó que no, que no podía ser, porque en tantos años que trabajaba allí jamás lo había visto borracho. Le pidió a uno de los hombres que le avisara que lo quería bien cambiado para participar de la fiesta, que por ser el más antiguo de los amigos de la casa le habían reservado un sitio frente a la agasajada...


Estaban charlando animadamente Alejandro y Rodrigo cuando se acercó uno de los peones y le preguntó que qué hacían con unos vagos que habían encontrado merodeando el monte. Eran tres barbados y zaparrastrosos sujetos que andaban furtivos entre los duraznos cuando los encontraron. Pensando que habían visto a la niña los increparon. Se asustaron y dijeron que no le hicieron nada. Dieron detalles de que realmente Ojitos Verdes estaba en el monte con el caballo, el perro y el ganso. No mintieron, pero la niña no hizo ninguna aseveración.

Alejandro lo consultó con su compadre y dieron la orden de que les pusieran algo de comida y los acompañaran hasta la salida de los límites del campo, y ahí se terminó todo, aunque Alejandro vio algo sospechoso: Tormento se acercó a ellos cuando lo sacaron de la sala de máquinas donde lo habían encerrado, los olfateó y gruñó, luego, al que parecía más joven le hizo festejos y se prendió a sus piernas como queriendo montárselo. Entonces vino la contra orden:

—Esperen, muchachos... que se queden un rato más...

Buscó su celular, se alejó del grupo y marcó un número «... Hola, ¿comisario Rodríguez?... de la Estancia de Rodrigo, le habla Alejandro Lencina, su compadre... ¿qué tal? Mire, Rodríguez, estamos de cumpleaños... sí, mi ahijadita cumple 14... Lo esperamos, ¿eh?... Bueno, resulta que hay mucha gente de la ciudad y nuestros muchachos han encontrado merodeando el monte a tres vagabundos que no nos ha gustado su pinta. Lo tenemos entretenidos en un galpón, ¿los puede retener hasta mañana al mediodía en el calabozo para estar tranquilos?... Yo voy por allá... no, no creo que hayan robado nada... Son vagos, nada más... Sí, voy por la mañana... Bueno los espero, gracias, Comisario». Apagó el celular y les dijo a los peones:

Ténganlos media horita más, que el comisario manda a buscarlos para que duerman bajo techo. Denles comida y díganles a los policías que se lo llevan, que la comida se las hemos dado, no la robaron... ¡No, vino, no!..


Esa noche fue inolvidable para Ojitos Verdes. Estaba verdaderamente hermosa y sensual. Espléndidamente maquillada fue recibiendo, después de la misa del cura, a sus invitados en la sala grande de la casa donde habían colgado las jaulas con las dos hermosas aves. Los obsequios, unos más bellos que otros, abrazos y cariños. El reencuentro con primos que hacía mucho tiempo no veía y primas, tías y tíos.

Lo que más la afectó, pues se notó en ella un cambio de expresión, fue cuando hizo su aparición el hermano mayor de mamá, Patricio. Hombre de unos 45 años, alto, robusto, morocho, piel morena clara, de grandes bigotes y mucha cabellera, como siempre, con sombrero negro. Era el único de la familia que tenía el mismo color de sus ojos; se echó en sus brazos, lo besó y se quedó abrazada a él quien, como en otros tiempos, debió levantarla en sus brazos y se fue con la preciada carga hacia la parte alta del viejo chalet, donde estaba descansando la nona, la madre de Amalita.

Eran los seres más queridos de Ojitos Verdes. Del tío Patricio aprendió todo lo que sabía de sexo a los 9 añitos, estando de vacaciones en el campo de la familia. Eran la Nona Amanda y el tío Patricio, vivían ambos solos en el viejo caserón de la familia, y los peones, que tenían sus dormitorios como a una cuadra de la casa. Allí, Ojitos Verdes vio por primera vez lo que era hacer el amor una noche en que se levantó de la cama, salió del dormitorio donde dormía solita y fue al baño.

Al volver escuchó voces, susurros y gemidos. Sintió miedo, pero curiosa se acercó a la puerta de la habitación de la nona. La nona era una mujer joven, su primer hijo, justamente tío Patricio, nació cuando ella tenía 13 años; era una época en que las chicas se casaban muy jóvenes. Es decir, ahora tenía 58 años. Había quedado viuda muy joven, después del nacimiento de su tercera hija. Patricio era un solterón empedernido. Sus hermanas se casaron todas y el campo quedó a su cuidado y allí estuvo y está él, junto a su madre.

Ojitos Verdes sintió miedo que a la nona le pasara algo o estuviera enferma. Abrió lentamente la puerta y ante sus ojitos vírgenes apareció una imagen que jamás se le ha borrado de su mente: ¡la Nona, totalmente desnuda, con tío Patricio, también desnudo que con un enorme pene en sus manos estaba enculando a su madre que gozaba como una posesa!

Tío Patricio la vio en el umbral de la puerta y le sonrió; ella se quedó mirando... era la primera vez. Sintió –recuerda– un cosquilleo en todo su cuerpo y una necesidad enorme de volver a hacer pis. Patricio le pidió con la cabeza que se acercara y ella dijo que no con un movimiento negativo de su boca y salió corriendo para el baño.

Se sentó en el bidet e hizo salir un fuerte chorro de agua fría que fue a golpear en su grietita que estaba despidiendo un pis casi blanco y algo espeso. Sintió necesidad de rascarse y metió su mano en su vulvita y comenzó a friccionarla hasta que algo lindo le venía desde muy profundo en su ser. Se tranquilizó. Volvió a su camita dejando la puerta sin llave, como le había pedido la nona, y se acostó.

Estaba casi dormida pero con la mano en su conchita jugando con una tripita que le salía cuando se abrió la puerta lentamente y vio a tío Patricio entrar a su habitación, casi desnudo, sólo con una prenda muy pequeña sobre sus partes inmorales. Quiso hablar y él llevó su índice a sus labios pidiendo silencio. Lo vio cerrar con llave, se acercó a su cama y se sentó junto a ella.

Ojitos Verdes le pidió que se acostara junto a ella porque tenía miedo. Tío Patricio aceptó y le dijo que iba a ser un secreto entre los dos y que lo que vio también era algo que nunca tenía que comentarlo con nadie. Como era su costumbre, se abrazó al tío y le preguntó qué le estaba haciendo a la nona. Patricio se hizo el desentendido y le preguntó:

—¿Qué cosa?...

Todo eso lo recordaba Ojitos Verdes mientras en su noche de cumpleaños Patricio la llevaba en brazos a la habitación de la nona. La niña, que ya jugaba en su casa con el ganso Pepe, sabía qué estaba pasando, pero puso cara de ingenuidad y con los ojitos bien abiertos volvió a insistir:

—¿Qué tenías en la mano, Tiíto, y lo apoyabas contra el trasero de mi nona? ¿Está enferma?...

El la miró... La inocencia de esa criatura lo conmovía.

—Sí, pequeña mía... le iba a tomar la fiebre a la nona... Está con gripe...

—¿No era muy grande el termómetro?... Además, nunca he visto uno tan largo y grueso, menos color morado... mamá me coloca uno de vidrio, finito, chiquito... y me lo pone bajo el brazo... ¿Por qué en el trasero?...

—Muy sencillo... —dijo el tío Patricio—. Te lo digo, pero no vas a contarlo a nadie —la niña, con movimientos de cabezo aceptó que iba a cuidarse mucho de abrir la boca mientras el tío pellizcaba sus pezoncitos y le hacía cosquillas en la pancita—. La nona sufre de altas temperatura, y el único que tiene el remedio para bajarla soy yo... por eso me viste con el termómetro en la mano... le estaba tomando la temperatura rectal, así se llama...

—Tío... —dijo con un mohín enternecedor—, si yo tuviera fiebre... ¿me curarías igual que a la abuela?

—Pequeña... eso depende... si el termómetro es de tu medida...

—¿Y por qué no probamos?...

—¿Qué cosa, golosa?... —susurró Patricio que ya estaba con su verga casi tan dura como cuando lo vio la nena—. ¿Eh, qué cosa quieres probar?...

—Si ese termómetro es mi medida... ¿Lo trajiste?...

Patricio, excitado con la niña, ya no la veía como a una nena, la veía como a una de las tantas que habían pasado por el lugar con la misma fiebre y decididamente le dijo:

—Bueno... !vamos a probar!... Ponte como la nona..

Ojitos Verdes se puso en cuatro, a lo perrito, como lo había hecho una vez con Tormento siendo cachorro y solita se llevó las manos para abrir bien sus nalgas y dejar el ano a la vista del tío médico. Patricio se encegueció, se arrodillo detrás de la niña, le puso primero la lengua, lubricó el sitio, probó con un dedo, luego dos. Ojitos Verdes se revolvía bamboleando su colita para todos lados y le decía al tío:

—Has visto, tío... ¡es mi medida!... ¡no duele!...

Se dio vuelta y Patricio quedó con la enorme verga en sus manos masturbándose. Ella dio un gritito al verlo y dijo:

—¡Qué grande es!... ¿me dejas tocarla, Tiíto?...

Sin esperar respuesta la tomó con su manita, se sentó en la cama y la cabeza de ese pedazo de miembro, de casi 25 centímetros, le pegaba en la boca. Patricio iba a eyacular, la "nena precoz" lo miró a los ojos y vio el gesto de Patricio. Sabía qué le estaba pasando al tío, pues su verga latía como un corazón. Abrió su boquita y trató de que el glande, totalmente morado, entrara por ella... imposible.

Hizo otro esfuerzo justo en el momento en que hirvientes chorros de espermas se escapaban de semejante trozo llenando la boquita de la sobrinita, que no se asustó. Él apretó la cabeza de la bebé, como la llamaba la nona, contra su verga, y terminó de vaciar sus testículos en tan pequeña cavidad.

El hombre mayor cerró los ojos como queriendo llegar al infinito y, cuando reaccionó, la miró y vio cómo deglutía el resto del semen y lamía la enorme cabezota del termómetro del tío que quedó asombrado.

Todo esto iba pensando Ojitos Verdes mientras iba en brazos del tío más querido para saludar a la nona... recuerdos morbosos de la pequeña ninfómana que comenzaban a despedir, desde la profundidad del sexo, el excitante hedor de sus feromonas.

—Qué bien que hueles, mi princesa...

—Los perfumes que recibí de regalo, tiíto... —respondió estimulada Ojitos Verdes que lucía hermosa con su vestido de novia de 14 años.

—¿Cuántos años cumples, preciosa?...

—Catorce, mi tío preferido... —apretó del cuello a ese musculoso señor y éste le dio un beso en la boca—. ¡Entra en ésta habitación, tiíto... —Patricio la miró extrañado.

—¿Este... no es cuarto de huéspedes?...

—Lo sé...

—La nona no está aquí...

—Lo sé...

—Nos esperan abajo, pequeña...

—Lo sé...

—Tu padrino nos está mirando...

—Lo sé... entra igual... ya va a venir... —y Patricio entró en el cuarto de huéspedes.

Ojitos Verdes brincó desde los brazos del tío al piso y cerró la puerta con llave, volvió y se echó a los brazos de Patricio obligándolo a inclinarse para prenderse en un furioso beso de lengua. El hombre no esperaba, después de varios años de no verla, tal recibimiento. La vio toda una mujercita, apretó sus senos y éstos respondieron vigorosamente, tenía poca ropa. Ojitos Verdes le dijo:

—Tío, esta noche, cuando todos duerman, ven a mi cuarto, ahora sólo quiero ver tu hermosa verga... ¡hace tanto tiempo que no la tengo en mi boca!... —y se arrodilló.

Desabrochó el pantalón de Patricio saltando de su interior la maravilla que ella había probado desde los 9 a los 12 años en casa de la nona y empezó a masajearla. El hombre sabía que no debía hacerlo, pero se entregó mansamente. El miembro del tío Patricio era casi tan grande como el del padrino y lo mamó con tantas ganas que del enorme placer que le provocó lagrimeó de felicidad eyaculando enorme cantidad de esperma en esa boca tan deseada de su sobrina. Estrujó esa cabecita contra sus testículos que ella seguía masajeando exprimiendo hasta la última gota del preciado líquido, saboreándolo hasta dejar limpiecito y semi fláccido tan grande instrumento que quedó colgando de la bragueta de Patricio, mientras ella volvió a abrazarlo y besarlo en la boca haciéndole probar su propio jugo.

—Ahora vamos a saludar a la nona... —y de un salto estuvo nuevamente en brazos del tío.

Abrió la puerta del cuarto y allí estaba Alejandro, casi furioso. Rápidamente se dio cuenta de todo al ver desabotonada la bragueta de Patricio.

—Bien... ¿ya está?... —preguntó el padrino con sorna.

—¿Está, qué cosa, padrinito?... —respondió ingenuamente la cumpleañera, feliz de estar en brazos de su ardiente y fuerte pariente.

—Digo... porque abajo tu Nona quiere verte y todos sabíamos que venías a saludarla, ¿te equivocaste de habitación?... —y bajó rápidamente las escaleras sin saludar a Patricio.


La fiesta estuvo de primera. Comieron y bebieron hasta muy tarde los mayores. Los jóvenes bailaron hasta la madrugada. Ojitos Verdes, después de las fotos, fue a cambiarse de ropa y volvió enseguida con faldita corta, un blusón que llegaba sobre el ombliguito, sin sostén y sin prenda interior. Alejandro, que estaba alerta, la vio y se mordía los labios de celos porque los primos se le arremolinaban y jugaban, bailaban, hasta que de pronto una barrita de cinco o seis, entre chicas y chicos, gritando se pusieron a jugar al tren Express, siendo Ojitos Verdes la locomotora principal, dando varias vueltas entre los invitados, pasando junto al padrino y luego junto al tío para perderse en la oscuridad de la noche entre los árboles del gran patio.

Se escuchaba el griterío hasta que se olvidaron de ellos, no así Alejandro, que subrepticiamente se fue alejando de la fiesta para seguir el camino tomado por esa banda de adolescentes calentones. Recorrió el lugar. El silencio era total. De pronto, unos gemidos lo llevaron hasta detrás de los galpones donde están los dormitorios de los peones. Observó, no estaba Ojitos Verdes, se puso mal. Allí estaban dos primitas con uno de los primos y un peón que aprovechó y entró a fornicar con una de ellas. Se detuvieron en sus ejercicios y él siguió recorriendo hasta que escuchó voces en el rancho que ocupaba el viejo encargado, don Anastasio, que le suplicaba a alguien:

—¡Por favor!... vayan, sigan jugando... yo debo descansar que mañana me levanto muy temprano a darle la comida a los animales...

—Abu, ¡por favor!, mi amiga del colegio quiere verla... ¡muéstrasela!...

Reconoció la voz de Ojitos Verdes y le dio una patada a la puerta entrando mientras el viejo se quejaba que no le tocaran nada, que estaba cansado. Alejandro vio lo que no hubiera creído si alguien se lo contaba: el viejo encargado intentando rescatar su verga de las manos de Ojitos Verdes y su compañera del colegio. Se fijó más que nada en el enorme falo del viejo, duro como un fierro y tan larga y gruesa como su propio miembro, que de inmediato se irguió y se puso enhiesto, vertical como un garrote.

Al verlo, Ojitos Verdes se abalanzó sobre él y le suplicó que le hiciera probar a Lucía, su compañera, ya que el abuelo no quería. Todo confuso. La otra chica ya se había prendido de la verga del anciano y se la estaba mamando haciéndolo gozar como a un caballo. Se quedó asombrado mientras la ahijada se prendía de su mecha, la sacaba fuera y empezaba a mamarla con fuerza.

Luego vio a la otra muchachita sentarse sobre la verga del encargado ensartándola toda en su conchita y gritando desaforadamente sus orgasmos repetidos; saltaba como una enloquecida golfa cabalgándolo hasta que Anastasio la apretó contra sí y la siguió a su enloquecido ritmo. Alejandro estaba tan caliente, pero con la otra chiquita, que no hacía caso a Ojitos Verdes que lo seguía mamando sin descanso. Alejandro, de pronto notó que el viejo no daba más, empujó a Ojitos Verdes y la hizo caer sentada en el piso.

—¡Anda... chúpasela al viejo!... —le dijo con bronca.

Fue, desmontó a Lucía que estaba pidiendo más verga y la tiró sobre la cama de Anastasio, le arrancó la bombachita, la puso en cuatro y se lanzó a penetrarla por el ano, cosa que le dolió a la jovencita hasta que sintió el gustito. Sus movimientos eran eléctricos, estaba enloquecida y pedía más y más y más, hasta que Alejandro Lencina, con la rabia que tenía encima, la enculó hasta los testículos ante un grito de terror de la niña, dos añitos mayor que Ojitos Verdes. Y continuó furiosamente con su galopada en esa hermosa cola virgen lanzando chorros de semen hirviendo que inundaron las tripas de la pequeña, lo que hizo jadear con desesperación de posesa a la infante que se atrevía a tanto.

Don Anasta estaba asustado. Cuando Alejandro se sintió satisfecho y quedó la muchachita tendida sobre el camastro del viejo, rendida, Ojitos Verdes ya no estaba... se había ido corriendo y llorando. El viejo puso cara de: "yo no tengo nada que ver, patrón".

—No te hagas problemas, viejo, te dejo a ésta, si tienes ganas gózala de nuevo y, una vez que haya descansado, haz que se vaya... No te involucres... ¡son unas putitas!... —y se fue.

A don Anasta le dio pena de cómo quedó Lucía, la compañerita de Karina. Fue a buscar un balde de agua limpia para que se higienizara y le acercó una palangana. La jovencita se desnudó totalmente para lavarse bien y le saltaron un par de tetas, al aflojar el sostén, el doble de grandes que las de Ojitos Verdes. El viejo no soportó ver todo eso y su verga volvió a ponerse dura. La tomó en sus brazos y la llevó por una puerta, donde estaba su dormitorio. La recostó sobre su cama, como si fuera un tesoro. La niña jadeaba todavía ardientemente, se abrió de piernas y le dijo:

—Abu... ¡no me lo niegues, por favor!...

Anastasio se quitó toda la ropa y se lanzó sobre ese cuerpo joven y blanco como la leche. Su morbo se encendió más cuando vio el negro monte de Venus, con renegridos vellos que se confundieron con sus cabellos, pues a pesar de la edad no tenía una sola cana, y su lengua comenzó a jugar dentro de la ardiente e inquieta grieta de esa mocosita que lo enloqueció. Apagó la luz. Desde afuera sólo se escuchaban los alaridos de goce de mujercita al tiempo que alguna lechuza gritaba al pasar sobre el rancho de don Anasta. Eran las cuatro de la mañana del lunes.

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