Después de la jornada del sábado, cargada de placeres y lujuria, entre deliciosos goces y satisfacciones carnales, esos momentos libidinosos y desenfrenados jamás quedarían en el olvido de los habitantes de la casona de la familia de Rodrigo que, plenamente agotados, se llamaron al descanso. La mansión se sumió en un total silencio cubierta de una densa oscuridad. El canto de los zorzales en esa madrugada no fue escuchado, estaban todos demasiados acabados.
El sol irrumpió en la mañana a partir de las 6:00. El buchoneo de las palomas, el cacareo de las gallinas, el clásico gozne y griterío de los patos criollos y gansos con algunos relinchos se mostraron nerviosos al acercarse las 8:00, horario ya pasado de sus turnos para sus raciones de maíz y alfalfa. La peonada, mateando y prendiendo fuego con los desperdicios rastrillados de los patios que rodean el viejo chalet central de la hacienda. Hermosa mañana de fines de verano de ese domingo de febrero, pesado y caluroso.
La puerta del dormitorio de 0jitos Verdes se abrió lentamente llamando a su mamá que descansaba aún junto a su comadre en la amplia cama matrimonial. Los dos hombres, esposos de ambas mujeres, durmiendo en el cuarto de huéspedes. Karina, la muchachita que hoy, domingo, cumple sus 14 años, bostezando y estirando sus brazos, ante la falta de respuesta volvió a introducirse en la cama y continuó durmiendo. Alejandro se despertó sobresaltado, miró su reloj y de un brinco salió de la habitación para meterse en uno de los baños del cómodo caserón. Momentos después abandonó el agradable toilet, bañado, afeitado y con ropa limpia. Fue a la cocina, preparó el desayuno. Prontamente despertó a Rodrigo.
Desayunaron luego de un reparador baño de éste último. Salieron al patio. Ninguno de los dos habló de sus esposas. Estaban avergonzados. Fueron al corral, montaron a caballo y se alejaron rumbo a los montes de frutas, sandías y melones que explotaban en sociedad. Tras su habitual recorrida levantaron huevos de gallinas de los nidales que éstas armaban entre los frutales. Regresaron a la casa cerca del mediodía.
Las dos señoras estaban desayunando entre sonrisas cargadas de ardientes miradas. Karina seguía en su cama y dos muchachas trabajaban con la preparación de los distintos platos para la cena. Luego de los "¡¡Buenos días!!" de rigor, ambas amigas hablaron, intentando una explicación a la difícil situación vivida. Por último, Amalita, la más sumisa de las dos, reaccionó, agarró a Rodrigo y lo llevó al dormitorio casi arrastrándolo y diciéndole en voz alta:
—¿Tú quieres explicaciones? Vamos... ven conmigo que te las voy a dar...
Se quedaron Alejandro y Marianita que se miraron desafiantes.
—¿Tú también quieres explicaciones?... ¿Te las doy ahora o primero me explicarás qué hiciste en toda la tarde de ayer?...
Terminaron abrazados y besándose ante las risitas pícaras de las dos ayudantes de la cocina. Volvieron los dueños de casa, felices, alegres y, al ver a Alejandro casi sofocado por un largo beso de su esposa, Rodrigo dijo:
—¿A ti también te están explicando?... —las dos muchachitas sonrieron con ganas.
Trajeron de la Confitería "Record" la enorme y especial torta de cinco pisos. Almorzaron a las dos de la tarde; uno de los peones se había encargado de un suculento asado a la parrilla, con brasas, hechas con leña seca de quebracho. Toda la peonada se arremolinó al lado del asador. Los compadres compartían con la agasajada en el regio comedor y las jovencitas servían la mesa.
A la hora de la siesta todos se fueron a descansar mientras las muchachas limpiaban la cocina y terminaban con la preparación del resto de las cosas para la noche; a su vez, algunos peones, los más jóvenes, se dedicaron al enorme patio donde armaron un gran decorado para la esperada velada.
Karina pasó por alto el hecho de que su madre y su madrina entraran juntas al dormitorio principal. No le dio importancia, pero se sorprendió ver al padre y a Alejandro ir al cuarto de huéspedes para hacer la siesta. Le llamó la atención las sonrisitas pícaras de las jóvenes cocineras que cuchicheaban entre ellas. Decidió investigar al escuchar a las apetecibles muchachitas comentarios sobre: «¡¡qué noche, m'hijita!!... seguro que la han pasado requetebién... ¡y ellos durmieron solos!».
Ojitos Verdes presintió que se referían a Marianita y Amalita. Decididamente fue hacia el dormitorio donde entraron las dos mujeres. La puerta estaba abierta, sin llave, como esperando que alguien la abriera. Primero, fue sorpresa, mamá y madrina se estaban revolcando, enredadas entre las sábanas, totalmente desnudas gimiendo de placer. La niña sonrió... nunca lo hubiera imaginado. Sintió un sofocón que partió desde las puntas de los pies invadiéndola totalmente, calentando su sangre y dibujando "cosas" en su ardiente cabecita.
Cerró la puerta. Se acercó a la habitación de huéspedes y observó que sus dos hombres descansaban placenteramente en una de las camas. Sigilosamente se acercó. Se sentó entre los dos y lentamente comenzó a acariciar ambos penes por arriba de la tela del pantalón. Ambos troncos, enormes y gruesos, se convulsionaron.
Notó la belleza de tanta maravilla. Desbraguetó ambas cárceles y los sacó. Besó los glandes que parecían una rosa encarnada. Bajó y subió varias veces ambos prepucios; cuando notó que iban a despertar brincó desde la cama y salió al pasillo en dirección a la cocina.
Las chicas la vieron con cara de miedo, como aterrada, y les pidió que la siguieran las dos. Fueron hacia donde estaban Rodrigo y Alejandro. Abrió la puerta, las invitó a pasar y les sugirió que fueran hasta el borde de la cama; estaba en penumbras y la desvergonzada muchachita prendió la luz y les cerró la puerta con llave.
Las muchachas se encontraron con dos enormes vergas, rígidas al máximo, y se llevaron las manos hacia su rostro, asombradas. Ante el murmullo, Alejandro despertó y las vio ahí. Ver cómo miraban su miembro con fascinación lo hizo sonreír.
—¿Qué pasa, Juanita, nunca has visto un pene?...
—¡No, señor!... —titubeó Juanita.
—¡Yo, tampoco!... —tartamudeó la más pechugona de las dos, Dorita.
—¡¡Tan enorme, no!!... —dijeron al unísono.
—¿Qué pasa, Alejandro?... ¿y esto?... —gritó Rodrigo—, ¿quién ha sido?...
—¡Nosotras no... —se defendieron, pero no podían retirar sus negros ojos de las hermosas vergas—. Karina fue a llamarnos, señor, diciendo que ustedes nos necesitaban.
Juanita se acercó al borde de la cama, junto a Alejandro, se puso en cuclillas y preguntó:
—¿Puedo, señor?...
Sin esperar respuesta con ambas manos tomó el enorme pene de aquel cincuentón y comenzó a acariciarlo. Dorita fue hacia el otro lateral y se sentó junto a Rodrigo.
—¿Me permite, patroncito?...
No le dio tiempo a reaccionar y Rodrigo sintió cómo su polla hirviendo entraba en esa cavidad que siempre había deseado. Volvió a abrirse despacio la puerta de la habitación. Ojitos Verdes miró la escena, se sonrió y apagó la luz quedando todos a oscuras. La batalla había comenzado.
Luego, Ojitos Verdes, que había dormido hasta tarde, se vistió adecuadamente y salió sin ser vista de la casa rumbo al corral donde, con la ayuda del encargado, don Anastasio, ensilló a Bonito, su caballo azabache de larga cola y bien cuidada melena que le cubría todo su espléndido cogote y salió a galopar seguida por Tormento, fiel ovejero negro de pelo largo. Tras cabalgar unos veinte minutos salió del camino por un sendero marcado entre los árboles frutales y se internó en el monte de duraznos.
Encontró un lugar –sabía dónde iba–, desmontó, desensilló a Bonito que tenía una montura muy liviana, se alejó uno pasos y desde atrás de unos árboles sacó una mochila grande y la arrastró a un sitio donde el pasto crecía limpio. Sacó de su interior una colchoneta y una radio. Se recostó sobre ella, tomó una almohada y acomodó su cabeza mientras colocaba audífonos en sus oídos para escuchar música mientras el caballo y el perro correteaban, retozando uno seguido por el can que no le permitía alejarse.
Ella se despatarró. Lenta e inconscientemente aflojó el cinto de sus pantalones para montar e instintivamente, mientras se movía al ritmo de la música, comenzó a hurguetear con sus traviesos dedos entre sus piernas... De pronto, agitado, con la lengua fuera, el hocico de Tormento olfateó su sexo y comenzó a lamerle los dedos que ella metía y sacaba húmedos desde el interior de su rajita. Sintió un cosquilleo en su pancita, cerró los ojos y se contorsionó de goce.
Tomó la cabeza al perro y la apretó contra su pelvis retorciéndose casi con desesperación por el placer que le ofrecía el can. Era un verdadero y deleitable tormento para la niña sentirse penetrada por esa lengua caliente, áspera y de enorme longitud. Tormento, de pronto, sacó a relucir su gran pene, finito, rojo fuego y chorreando sus jugos. Subió sobre ella, buscando un lugar donde introducir su verga. La atrapó por la cabeza y comenzó a moverse.
Ojitos Verdes se reía, jugando; cuando se lo quiso quitar de encima giró y el enorme miembro entró en su boca. Allí Tormento apuró sus ejercicios entre los grititos de Karina, lo que hizo llamar la atención de Bonito que relinchó. Tormento eyaculó alborozado en la ardiente garganta de su ama que le tomó con ambas manos desde los testículos empujándolo más y más quedando abrochados los dos. Tuvo que esforzar sus mandíbulas abriendo más la boca para quitar el enorme botón de la bestia, inflado de líquidos.
Estaba en eso cuando percibió algo que jamás había sentido... una sensación muy deliciosa: la enorme lengua del caballo lamía sus jugosos labios vaginales de donde brotaba el flujo de sus orgasmos. Nunca había sentido algo similar y abrió más sus piernas. Corrió el pantalón casi hasta los tobillos dejando liberados los labios genitales encendidos e inflamados por una enorme calentura iniciada en casa cuando vio a mamá y a madrina matándose de placer, y a Juanita y Dorita tragarse sus vergas preferidas, la de papá y padrino. El morbo de la insaciable Karina estaba funcionando a mil.
El hedor al sexo hizo resoplar a Bonito; sus fosas nasales se abrieron mientras con sus patas traseras mostraba un extraño nerviosismo. Comenzó a blandir inesperadamente una enorme, gruesa y oscura verga. Ojitos Verdes nunca había visto en su hermoso animal de montar tan voluptuoso instrumento. Quedó absorta. Intentó ponerse de pie para llegar hasta ese miembro pero Tormento se la quería montar y se prendía con sus patas delanteras de sus caderas y el caballo intentaba meter aún más sus narices entre las piernas. Notó nervioso a su ovejero, con la polla nuevamente dispuesta a terminar con su trabajo.
Nunca había sido penetrada por Tormento, a pesar de los consejos de su amiga en el convento, así que se decidió y trabajosamente bajó más aún sus pantalones. Debió ayudar al circunstancial amante a encontrar su conducto anal, bastante maltratado por cierto durante el día anterior. Tormento pudo abrirse fácilmente camino por el nada estrecho túnel.
La niña dio un grito, más por miedo que por dolor. Rápidamente comenzó a tener hermosas sensaciones con las maravillas que le hacía esa bestia... no podía compararlas con nada. Fue tanta la violencia del can que acabó gruñendo mientras la invadía con terribles chorros de esperma hirviendo que se juntaba con sus prolongados orgasmos y alaridos de placer ante algún relincho de su caballo Bonito. Esta vez no quedaron abotonados, la gorda e inflamada arandela repleta de líquidos de Tormento seguía llenando sus tripas mientras la niña ninfómana se retorcía de goce. Terminaron agotados la bella y la bestia quedando ambos dormidos.
El perro gruñó, mostró sus afilados dientes. Oyó ruidos. Las pisadas sobre ramas secas que se quebraban bajo el peso de alguien que se acercaba puso en guardia a Tormento. Ella estaba allí, cual Diosa preparada para el sacrificio. Sus pantalones bajos hasta los tobillos. Su esfínter aún seguía volcando parte de las "delicadeses" del perro. La niña dormía. Tormento iba a saltar sobre esas tres sombras que se detuvieron a los pies de Ojitos Verdes pero alguien le tiró comida, calmándolo.
Los olores aún persistían bajo ese duraznero. Las carnosas redondeces de esas nalgas a la vista de ojos cargados de lascivia y los rostros de viciosos degenerados de esos tres zaparrastrosos metían miedo. Los tres, a la vez, pelaron sus miembros ya erguidos y dispuestos a cualquier cosa... pero comenzaron a masturbarse. Ya prontos a una feroz eyaculación se arrodillaron junto a Ojitos Verdes y se vaciaron sobre el rostro de la niña que se despertó sobresaltada. Tenía tres enormes y sucias vergas frente a sus ojos que pugnaron por entrar en su boca. Ella sabía lo que podía suceder si se negaba y aceptó la invitación mamando cada una de las asquerosas pollas.
Un fuerte hedor a esperma cubrió por un momento el sitio. Bonito olfateó el aire y pegó un relincho, viniendo hacia donde estaba la pequeña dispuesta a ser un manjar para un trío de depravados. Tormento vio un trasero al aire y se lo montó, ensartándolo de un solo golpe ante las risotadas de los otros y el grito de dolor del violado que no pudo quitarlo de encima por la forma en que lo tenía atrapado con las patas delanteras y su verga hasta sus testículos, además de la dentadura del can prendida prácticamente de su mugriento cuello. Con miedo dejó que el perro se lo follara mientras los otros intentaban lo propio con Ojitos Verdes que se negó a ser penetrada y gritó.
Bonito, con su enorme miembro pegándose contra su vientre, se paró sobre sus patas traseras y cayó con sus delanteras sobre los cuerpos de los harapientos que echaron a correr con los pantalones a medio sacar, tropezando y levantándose aterrorizados. Tormento no cejó en su cabalgata sobre su presa, gruñendo con violencia, vaciando sus testículos en los intestinos de aquel sucio y asqueroso cerdo que salió corriendo levantándose los pantalones, chorreando líquidos seminales del perro que quedó tranquilo limpiándose con la lengua los restos de su goce ante la risa de Karina, sumamente divertida.
Limpió la suciedad de sus piernas, se puso de pie y fue al encuentro de Bonito que volvía nervioso de su extraño raid. La muchachita se colgó del fuerte cuello del caballo agradeciéndole lo que había hecho. Bonito volvió a relinchar y olfateó su carita aún chorreando semen de los desconocidos y comenzó a lamerle el rostro. Ojitos Verdes observó la tremenda belicosidad del animal demostrada en esa tremenda verga. Trató de calmarlo. Luego se agachó y comenzó a acariciar esa "cosa" que ella veía como una maravilla. Bonito, cuando sintió esas caricias, reculó dos pasitos, cosa que comprendió.
—¿Te gustó, Bonito?... ¿qué puedo hacer por ti?...
El caballo arremetió hacia adelante. Ojitos Verdes, como entendiendo el mensaje, comenzó a masturbar semejante pedazo. Luego se arrodilló bajo las verijas de la bestia y lo hizo con ambas manos. Estaba tan cerca del enorme cabezal de la envidiable lanza que en un momento la tocó con sus labios. Saboreó eso que le dejó en la boca un nuevo sabor, desconocido para ella, e intentó meterla dentro de sus fauces. No pudo. Era demasiado grande y acarició la cabezota con su tibia lengüita a medida que los resopletes nasales de Bonito le hicieron presentir que se venía una enorme descarga.
Era la primera vez, apuró sus manos apuntando a su boca abierta cuanto más pudo y, cuando logró tenerla abrazada con sus carnosos labios, Bonito, dando un relincho, comenzó a emanar litros de semen. Los fuertes chorros gelatinosos de esa "cosa" maravillosa la ahogaron, debiendo soltarla y salir a escupir y vomitar los sobrantes que no entraron por su garganta. Miró y vio todavía intermitentes hilos de la casi blanca secreción escapar de esa poronga. Comenzó a soñar, ¿qué sería sentirla dentro de ella?... ¡¡y pensó en el Pony!!...
La pecaminosa hembrita llevaba el sexo en la punta de sus Verdes Ojitos y la insaciable necesidad de estar con alguien en su mente ya pervertida. Tenía con ella ahora dos pecados nuevos que la enardecieron demasiado y le bullían en su afiebrada cabecita. Se internó entre los árboles hacia donde había un bebedero que siempre estaba con agua de lluvia y se enjuagó las manos, las piernas y la cara. Era precavida, siempre llevaba toallitas y ropa limpia.
Se aseó, se quitó los pantalones de montar y vino desnudita con solo una camisita que le cubría hasta sobre el ombligo. Montó a Bonito en pelo y se abrazó a su pescuezo guiándolo por las crines. La bestia pareció comprender las intenciones de su amita y comenzó un paso muy especial que aprendiera en la escuela de equitación. Ella cerraba los ojos y se mordía los hermosos labios.
Su vulva se frotaba contra el lomo del servicial animal al compás de su rítmico trotecito. Ese placer lo conocía muy bien y se apretó más y más contra ese duro lomo que seguía frotando ahora contra su enervado clítoris mientras los pelos entraban tan duros y firmes como eran, como si fuera un cepillo dental y trabajaban por dentro. Y tuvo orgasmos... varios orgasmos que la hacían llorar de deleite mientras Tormento corría a la par de Bonito mirando a la niña y ladrando como si sintiera celos de esa hermosa demostración de complacencia; tal vez el fuerte y agradable hedor de las descargas vaginales de Ojitos Verdes influían en el comportamiento del calentón animal. Se notaba sobre el negro pelo de Bonito una pequeña faja que bajaba desde la entrepiernas de la jovencita y que iba a terminar junto el grueso miembro de esa maravilla sexual que era el bello semental equino.
Ese vaginal paseo habrá durado unas dos horas, hasta que ella no aguantó más esa frotación que la enloquecía... tenía temor a sangrar. Detuvo a Bonito, bajó y agotada se recostó nuevamente en la colchoneta. Bonito se tiró sobre el pasto y se revolcó, como si quisiera sacarse algo de encima que le molestaba. Tormento se echó a los pies de la muchacha, también cansado. Y así, Ama y bestia volvieron a dormirse. Estaba tranquila en ese sueño reparador que le producía un inmenso placer, tal vez estaba en ese mundo que ella conocía a la perfección y que recorría tanto en sueños como despierta. Sintió algo que le producía un cosquilleo en su túnel secreto.
Abrió más sus piernas. Recibió mayor placer. La emoción de un orgasmo la hizo contorsionarse y cerrar las piernas con fuerza. Escuchó unos graznidos. Se despertó, se sentó y vio correr chillando a Pepe, el ganso que ella criara y que la seguía día y noche y al que le enseño a hurgar con su largo y ancho pico en el interior de su sexo. La había seguido hasta el monte. Lo llamó:
—¡Pepe!...
Pepe se detuvo a unos dos o tres metros y siguió gritando como enojado. Lo fue a buscar y lo alzó. Estaba pesado y grande. Era hermoso. Lo llenó de besos y caricias y volvió a sentarse sobre la colchoneta. El ave volvió a husmear entre sus piernas, las que ella abrió para que Pepe siguiera divirtiéndola. No le faltaban formas para hacerlo. Pepe, desde que ella tenía 9 ó 10 años, ya bebía sus líquidos seminales y lo estaba haciendo bien. Ojitos verdes se tiró de espaldas sobre una almohada y dejó al ganso masticarle hasta su útero. Eso no se lo enseñó nadie, lo inventó ella. Hasta esa capacidad creadora tenía la pecaminosa niña que ahora gruñía gritando el nombre de Pepito, al tiempo que una ristra de orgasmos inundaban el placentero pico de esa ave nacida para el pecado.
Capítulo 8 »...