Ojitos Verdes (Capítulo 6)

Un fabliau de:
Analbo

Alejandro volvió a escuchar la tímida voz de la tramposa protegida, que hasta para simular una modorra y un semidormido estado aletargado, era perfecta:

—Padrinito... ¿te fuiste?... —repreguntó con picardía.

Él no respondió y la inquieta y perspicaz muchachita que al día siguiente dejaría sus 13 añitos, gimoteó un ensayado llanto como para dar lástima, haciendo escuchar sus sollozos que clamaban compasión. El padrino sabía perfectamente a qué se exponía. Llenó un vaso con gaseosa y se alejó hacia la habitación de la niña que estaba en la planta alta. Subió lentamente los escalones de madera evitando los ruidos, escuchando el sonsonete de la pecaminosa niña:

—¡Ayyy, padrino, me quiero morir!... —y lanzó un alarido que le hizo apurar los pasos.

La puerta de la habitación de la nena estaba abierta. Alejandro movió el picaporte y la pesada puerta rezongó a través de sus bisagras abriéndose de par en par. Verdaderamente sus verdes ojitos estaban nublados, contenían algunas lágrimas. El padrino se preocupó. ¿Qué le estará pasando a la niña? Se acercó, ella estaba bajo las sábanas, totalmente tapada y gimoteando lastimosamente. Alejandro levantó su cabeza con una de sus manos y con la otra le dio a tomar la gaseosa. Tocó su frente; tuvo temor de que la pequeña hubiera levantado temperatura. Después de tranquilizarse se sentó en la cama y le acarició la carita.

—¿Qué le ocurre a mi chiquita?... —y ella, muy dulce y lloriqueando, respondió:

—¡Padrino, tuve miedo que te fueras!...

—Dentro de unos minutos debo regresar a mi casa. Además, tengo sueño y estoy muy cansado...

—¡Duerme aquí, conmigo, padrinito!... No quiero estar solita... yo también estoy cansada... muy cansadita... por favor, ¿me lees éste cuento? Hazme dormir, padrino... —le alcanzó unas hojas que había bajado de su PC, él las tomó entre sus manos y comenzó a leerle, lentamente, con esa voz agradable que le encantaba a la niña.

—La amiga de mi sobrina, de sólo 14 años... de Vicent... ¿Qué me estás proponiendo... que te lea un cuento de "éstos"?... —y ella, con una tenue sonrisa perniciosa, cargada de lujuria, le besó la mejilla; era una mirada dañosa, peligrosa, pero angelical.

—Padrino... ¿a qué le tienes miedo? Vas a leer lo mismo que me hiciste a mí... —quedó anonadado. No podía responder. Esa pequeña, al margen de todo, tenía la seducción de la fruta prohibida; alzó la sábana que la cubría e insidiosamente le insinuó—: piensa en lo que diría mamita si grito, viene y te encuentra así junto a mí, desnudita y apretando tu cosa...

Lo aturdió. No supo qué hacer; quitó la tibia y deliciosa manita de ese diablillo de ojos verdes que había empezado a jugar con su miembro, el cual había comenzado a tomar posición de ataque. Se abrió la puerta de la habitación y apareció Amalita, totalmente bien arropada, como para salir a pasear, maquillada y sonriente. Al ver a la pequeña que fingió dormir, preguntó preocupada:

—¿Qué le pasa a Karinita, compadre, duerme?

La traviesa muchachita, con voz cansada, le comentó a su madre:

—¡Ay, mami... estoy muy cansada! Dile a padrino que me lea un cuento; estoy segura que hasta mañana al mediodía no me despierto... ¡¡Sí, padrinito, por favor!!...

—Hijita, el compadre debe ir a su casa... te lo leo yo, ¡deme, Alejandro!

—¡No! Está bien, comadre... —y levantó el brazo con el texto erótico elegido por la niña para que la madre no lo viera—. Media horita, Amelita... la pichona se duerme y yo me voy... ¿llegó Rodrigo?...

—No, llamó por teléfono... viene con la comadre... me dijo que prepare algo para cenar... —se acercó a la niña, le tocó la frente, estaba dormitando—. ¿No vienes, hija, a cenar algo?...

—No, mami... prefiero dormir... estoy muy cansada. Cuando me duerma el padrino se va... anda a preparar algo para comer, mami... y tú, padrino, léeme que lo haces muy bien... 

Él no podía negarse, se enganchó los anteojos para leer y leyó:

—«La historia de Cenicienta»...

Mientras Amelita se alejaba hacia la puerta, Alejandro comenzó inventando una lectura ante la risita contenida de la pequeña terremoto.

Alejandro... ¿estaba obligado por la pequeña o era un placer para él leer ese texto?

—«Natalia aceptó de inmediato con mucha alegría, pero en el rostro de Vanessa noté su desagrado por esta 'brillante idea', tanto así que, cuando se despidió, me dijo al oído: "Tiíto, ni se te ocurra sobrepasarte con mi amiga, recuerda que sólo tiene 14 años"... y me dio un "pellizco" en el brazo"»... —se estaba poniendo demasiado fuerte la situación desarrollada en el escrito.

—Padrino, continúa... ¿no te parece hermoso lo que le va a ocurrir a esa 'pobrecita'? Dale, padrinito... lo que viene es excitante... —Alejandro no pudo negarse y continuó con el relato:

—«Cuando nos quedamos solos pude contemplar mejor la gran belleza infantil de Natalia. Más cuando le pedí que se sacara la 'chompa' y quedó con una especie de blusa media transparente. Su faldita a cuadros, plisada, dejaba ver unas piernas y un culito espectacular, sobre todo al ponerse de perfil.

—»Comenzamos la sesión de fotografía en forma de lo mas natural, pero conforme le pedía que posara en varias formas no pude resistir de que me pusiera muy excitado y con unas ganas de poseerla. Es muy difícil explicar lo inocente que era Natalia,... cuando le pedía que tenía que arreglarle el pelo para soltárselo y acomodar su falda, o su pierna para determinada pose, me dejaba hacer con una naturalidad que era imposible que mi miembro no se pusiera a mil. En un momento quiso saber cómo tomaba las fotos y la invité a mirar por el lente mientras yo la abrazaba por detrás y le hacia sentir mi miembro entre sus nalgas, pero ella como si nada, incluso la abracé como jugando y ella muerta de risa se dejaba».

Ojitos Verdes estaba cada vez más ansiosa. Tomó la mano derecha de Alejandro y se la colocó debajo de la sábana, sobre sus senos, haciéndole jugar con sus pezones.

—¿Así, padrino?... —se agitó, se convulsionó, miró al hombre a los ojos y le suplicó—: ¡¡Sí, padrino... por favor, ahora... hazlo ya!!... —y se abrazó a él buscando su boca, la que encontró de inmediato dispuesta a satisfacerla.

Comenzó a morder y a succionar su lengua. Alejandro se abandonó en los brazos de la pequeña y traviesa jovencita que le quitó los papeles de su otra mano y los guardó bajo la almohada al tiempo que desabotonaba su pantalón extrayendo la poderosa verga del padrino, ante su negativa. La comenzó masturbar con una ensoñadora y satisfecha mirada de muñeca sádica y perversa. Jugándose el todo por el todo, totalmente vencido, Alejandro subió a la cama quedando boca arriba en forma pasiva y la tremenda polla erizada en su totalidad. La enardecida muchachita comenzó a mamar semejante y portentosa poronga, lubricándola al máximo. No hubo ningún intento de él por nada.

Se quedó con toda la ropa puesta entregado a las fauces de la desvergonzada niña que lo volvió a montar y sola introdujo el instrumento en su vagina, galopándolo enloquecida. Gritaba cada orgasmo. El hombre se dejó hacer. Ella lo dominaba, esa chiquilla lo podía, no había forma de sacarse semejante tortura de encima. La sintió gozar como la más ardiente de las mujeres... pero él no podía terminar. Su pene se mantuvo firme por la habilidosa forma de morderla con esos maravillosos labios vaginales.

Ojitos Verdes quedó rendida, recostada sobre su padrino, quien intentó quitarla e irse. La belicosidad sexual de la muchachita inagotable se lo impidió y acercó sus pezones a la boca del hombre que comenzó a morder y succionar. Los gritos de placer de la púber enardecieron a Alejandro, que la tomó de la cabeza y luego de sangrarle los labios y la lengua la sentó con fuerza sobre la punta belicosa de su enorme miembro de 28 centímetros en la puerta de su ano penetrándola con furia y enloquecidos golpes de su pelvis contra los muslos de la exaltada hembrita que comenzó a sentir las dimensiones de ese placer, hasta que su semental preferido le invadió los intestinos con el caliente líquido que emanaba desde sus testículos.

Fue en ese momento en que dio un alarido de bestia herida y cayó exánime sobre el pecho de ese hombre de 52 años que la hacía gozar de tal manera. Lentamente la volvió a sus sábanas, él se limpió con su pañuelo y ante los gemidos de dolor de la niña comenzó a acariciarle la cabeza enredando sus cabellos entre sus dedos hasta que se quedaron dormidos.


Cuando se abrió la puerta del dormitorio de Karina apareció su madre en compañía de la mujer de Alejandro.

—¡Mira que cuadro, comadre!... ¿No es enternecedor? Cuánta falta les hace a ustedes un hijo en ese enorme caserón... —dijo conmovida—. Ni con el padre se duerme así... ¡Vamos, dejémoslos que sigan descansando! ¡¡Se ha divertido tanto en ese viaje esta diablita!!... ¿A que no sabes qué le ha pedido al padre que le regale, además de esos hermosos pájaros?

—Marianita la miró, se sonrió y le respondió:

—Sí, lo sé... me lo dijo tu marido... le ha pedido un pony, ¿para qué querrá un pony ésta chiquita, no? Si todavía juega con muñecas...

Y se fueron luego de apagar la luz del dormitorio. Amalita, que había oído sus goces con Rodrigo a través del celular, calló, pero su mente estaba en la hermosa y placentera tarde que ella había pasado con Alejandro. No podía decir nada. Marianita sabía lo mismo que ella. Solamente callar.

Al volver a la cocina Rodrigo esperaba con una tabla repleta de fiambres, quesos y vinos. Siguieron comentando el cuadro observado entre padrino y ahijada durmiendo placenteramente en la cama abrazados, como padre e hija. Él solamente dijo, sabiendo lo que realmente pudo haber pasado:

—¡Qué bien! Pero a Alejandro hay que despertarlo, estará hambriento... Voy a llamarlo...

Intentó alejarse para ir al dormitorio de la nena, pero Amalita lo tomó del brazo y lo apretó casi con rabia; aún sonaban en sus oídos esos gemidos de placer que le brindaba Marianita, se excitó y lo tomó del cuello besándolo con fruición.

—¡No, déjalos que descansen!...

Rodrigo se sorprendió, nunca lo había hecho y menos habiendo gente presente.

—¿Qué te pasa, Amalita?... no estamos solos...

Ella corrió su mano derecha hacia la entrepierna del marido... estaba fuera de sí. Le aflojó el pantaloncito corto que se había puesto, metió sus dedos buscando el pene de su hombre ante los ojos desorbitados de Marianita que tampoco salía de su asombro, pero que sintió de pronto humedecida su tanguita.

—¡Por favor, mi amor, respeta a la comadre!...

El falo saltó a la vista de ellas. Amalita miró a Marianita y le dijo:

—¡Ayúdame, mujer! ¿O prefieres perderte esto?...

Marianita no se hizo esperar y mientras Amalita bajó a besarle y morder casi con rabia "ese conocido de siempre" y que esa tarde estuvo en otro lado, buscó los labios de ese hombre que le había hecho pasar una formidable tarde, y en lugar de sentarse en la mesa a cenar, se las llevó hacia su dormitorio. Dos mujeres ardientes y deseosas de sentir ese tronco, no tan grande como el de Alejandro, pero potente y grueso.

La cama crujió, sintió el doble peso. Entre las dos lo desnudaron. Luego se ayudaron a desarroparse. Cuando estuvieron desnudas se miraron un largo rato ante la dureza del miembro de Rodrigo, que no entendía nada. De pronto Marianita extendió sus manos y se prendió de los senos de la comadre. Ésta hizo lo propio, y buscando sus bocas se perdieron golosas en nuevas sensaciones ante el atónito padre de Ojitos Verdes que se corrió hacia un costado dejando la cama para ellas solas.

Se puso los pantaloncitos cortos y observó la increíble escena. Nunca pensó a Amalita en una situación así. Lo calentó enormemente ver esa lucha sexual cuerpo a cuerpo. Desechando una idea giró y salió con la intención de irse a la cocina cerrando la puerta tras de sí. Sin embargo, se detuvo y, apoyando su oído, gozó escuchando los gemidos de placer de ambas mujeres.

Lo llamó a la realidad la presencia de Alejandro que venía bajando la escalera y con un gesto preguntó qué pasaba. Rodrigo lo invitó a escuchar. Se acercó y también aplicó su oído contra la puerta. Intentó tomar el pestillo abrirla y entrar, pero el compadre lo tomó de un brazo y casi lo arrastró hacia la mesa que lo aguardaba con un suculento majar diciéndole:

—¡Déjalas, compadre!... Se están vengando de nosotros... ¡y que no se hable más! Los dos sabemos qué es lo que ocurrió... cenemos algo y después vemos. ¡Lo que no te perdonaría es si has vuelto a tener sexo con tu ahijada!...

El silencio de Alejandro lo vendió, entonces Rodrigo se levantó de la silla y le dijo:

—¡Ya vengo... sigue comiendo!... —Alejandro se dio cuenta qué pasaba en ese momento por esa cabeza calenturienta e hizo un gesto de desaprobación—. ¡Tú quédate tranquilo, compadre, voy a terminar con algo que nunca debió empezar... —y subió rápidamente las escaleras.

Capítulo 7 »...