Ojitos Verdes (Capítulo 5)

Un fabliau de:
Analbo

Alejandro tenía a Amalita, su comadre, con medio cuerpo desnudo sobre la mesa del comedor y no podía hacer otra cosa más que jugar con su lengua en su vulva y morderle con sus dientes el clítoris mientras ella se retorcía y pedía, imploraba, poseída por el desenfreno voluptuoso y excitable a que había llegado en los primeros contactos carnales con ese hombre al que siempre deseó:

—Por favor, Alex... ¡te lo ruego, compadre!... ¡hazme sentir toda tu hermosa verga dentro de mí! ¡¡Por Diooooosss... penétramela toda!!... hazme gozar como Rodrigo estaba haciendo gozar a tu mujer... ¡Ahora!... ¡¡¡yaaaaa... yaaa... por favoooorr!!!... —y la buena de Amalita seguía teniendo orgasmos como nunca, uno tras otro.

Alejandro, por su parte, se desesperaba porque Ojitos Verdes, para no ser vista por la mamá, desde abajo de la mesa se había prendido a su miembro y los succionaba como una desesperada. No había forma de quitar de la boquita de esa muñeca pecaminosa de tan sólo 14 añitos, que los cumpliría mañana domingo, semejante trozo de carne. Desenfrenada, libidinosa, sicalíptica muchachita, inconsolable pichón de hembrita, que no quería esperar su tiempo.

La poronga del padrino ya había vomitado ese día, con ésta, nueve veces... No soportó sentir a la ahijadita mamándole la verga, volvió a mirar de reojo hacia abajo de la mesa y la vio masturbarse impúdicamente y sintió que tal vez su último halo de vida iba a llenar las fauces devoradoras de la diablilla ardiente y endemoniada adicta al sexo. Se sintió desvanecer cuando descargó lo que supuso su última carga seminal en la maravillosa y férvida garganta de su desvergonzada e impetuosa ahijada.

Alejandro recostó su cabeza en la pelvis de la comadre mientras su boca se aplastaba con fuerza contra la vagina, y casi inconscientemente siguió sorbiendo los ricos jugos y olores de esa hembra ardorosa que, al igual que su hija, sólo quería sexo.

Escuchó los pasitos apresurados de Ojitos Verdes perderse hacia el baño y los gemidos voluptuosos de Amalita que seguía con una ristra de orgasmos mientras la larga y potente lengua del macho seguía entrando y saliendo de esa cueva oscura y valiente que soportaba tantos ataques.

Por fin Alejandro logró ponerse de pie y con sus manos, por primera vez, llegó hasta ese par de duros senos, para luego acercar sus labios a sus pezones endurecidos y claritos. Esas caricias motivaron otro dislate sexual de Amalita que seguía contorsionándose mientras tomaba de los cabellos al hombre y lo frotaba contra sus pezones, luego buscó con su boca la boca de él y se revolcaron en la mesa arrancándose los jugos salivares.

—¡Llévame a la cama Alejandro... por favor, antes que vuelva Rodrigo!...

Alejandro no se hizo del rogar y tomándola de las manos casi la arrastró a su habitación. Ahí la mujer se desarropó totalmente sin dejar de morder el cuerpo de aquel hombre que tenía el poder erótico de lo prohibido.

—Amalita, ¡aaagghhh!... ¡jamás pensé que fueras tan calentona, mujer!... —y le mordió los pezones tratando de ganar tiempo para reponerse—. ¿Por qué no te bañas, hermosa?... Usa tu toilet mientras yo voy al otro...

—¡No, eso nunca... vamos juntos al mío!... —y ésta vez fue ella la que lo arrastró.

Mientras Alejandro se desnudaba Amalita preparó el agua caliente y llenó la bañera con sales perfumadas. El hombre no pudo resistir ver semejante par de blancas carnes de sus nalgas al agacharse. Divisó un oscuro lugar en la zanja que lleva a su sexo y embistió. Embutió sus dedos buscando el ano y ella no se movió, quedó quietita como pollito mojado. Dio un suspiro de satisfacción cuando Alejandro le penetró su dedo central tirándose para atrás hasta sentirlo en lo profundo de su recto.

Los esfínteres de la comadre, simple ama de casa convertida en hembra, masticaron ese dedo del tamaño de un pene chico de casi 10 centímetros. El compadre volvió a poner sus rodillas en el piso y lengüeteó esa rosa encarnada comenzando a penetrarla con su legua mientras su polla comenzaba a querer tomar vida nuevamente.

Ella se tiró dentro de la lujosa tina ya con agua caliente y él la siguió. Ella lo enjabonó primero, acarició todo su espléndido tórax notando sus músculos y bajó y subió sus manos. Acarició su entrepierna, también jugueteó con sus dedos en el orificio del hombre hasta que se topó con la verga deseada que, aún semi fláccida, era lo suficientemente grande como para invitarla a abrir su boca y comenzó a querer introducirla... El rostro del compadre se contrajo; lo calentaba el tener la boca de esa mujer que siempre deseó hacerla suya mamándole su aún alicaído miembro.

Nunca supo cómo, pero de repente comenzaron a surgir sus fluidos. Su enorme tronco había recuperado su capacidad de acción y la dio vuelta en el agua dejándola arrodillada, con su colita alzada, y apuntó a ese agujerito que siempre deseó. De un solo envión entraron sus 28 centímetros de largo por 8 de diámetro. El grito estentóreo dado por la hembra comadre lo alentó a seguir sin misericordia entrando y saliendo de esa vaina que hervía y mordía de lo mejor.

La mujer comenzó a disfrutar después del terrible dolor, ya que su marido nunca la había penetrado por el ano. Gozó y acabó en varias oportunidades mientras gritaba que no cesara con ese ataque que la maravillaba y enfurecía a la vez. Cuando Alejandro sintió que se venía se sulfuró tanto que la apretó de tal manera, que ella lloró del gusto y placer de sentir esa leche caliente por primera vez entrando en sus tripas.

—¡¡¡Maaaaassss... maaaassss!!!... Alejandro... ¡sigue penetrándome con la misma furia, mi fuerte y deseado hombre! ¡¡¡Ayyyyy!!!... ¡qué delicia!... Sigue, compadre, ya que has desflorado mi ano... ¡sigue, por favor, paga por lo que hiciste!... Un agujerito virgen tiene su precio ¿no?...

—¡Sí, amor!... No sé de donde viene pero es toda para ti... he esperado tanto tiempo éste momento...

Sin salirse del interior de ese maravilloso agujero levantó sus ojos para agradecer, ¿a quién?, no sabía... pero tomó aire y miró el espejo... y ahí, reflejada en el cristal, vio la carita gozosa de Ojitos Verdes que espiaba y eso lo puso más ardiente aún. Su nenita está viendo como él se galopaba a la madre... La emprendió otra vez frenéticamente mientras observaba esos ojitos verdes que lo iluminaban y le daban fuerzas al verlos tan deseosos de querer estar allí. Le hizo un movimiento con la cabeza invitándola a que viniera... y pensando en ello volvió a llenar ese culito de esperma hirviendo ante las convulsiones y delirantes goces de la dulce y siempre considerada ingenua Amalita.

La precocidad de la perversa sexual de 14 años no tenía límites. Sabía lo que hacía. Lo pensaba antes. Aceptó la invitación del padrino y aguardó dentro de la habitación, pero metida en el guardarropa, a que su madre y Alejandro vinieran a la cama a continuar con tremenda sesión de sexo. Dentro del mueble comenzó a desvestirse al ver a su madre totalmente desnuda traída en brazos por Alejandro mientras ella lo besaba apasionadamente. El compadre depositó ese cuerpo casi perfecto y bien cuidado sobre el tálamo matrimonial que iba ser manchado, por primera vez en tantos años, por espermas que no fueran del esposo que la había entregado, que había consentido todo lo que estaba ocurriendo.

Ahora la que trataba cariñosamente el físico, era ella, pero el del amante disculpado que se recostó boca abajo; la mujer frotaba todas sus carnes con cremas que aliviaban las contracturas de una jornada que jamás soñó soportar. Los masajes, casi de una profesionalidad inquietante, lo fueron despejando. Los olores mentolados y la penetración de esos dedos que arremetían en cada intersticio de su humanidad, comenzaron a surtir efecto.

De pronto, Alejandro súbitamente se dio vuelta y su enorme instrumento, increíblemente endurecido, hizo que la tímida Amalita se despojara de sus escrúpulos y tomara semejante premio para ella. Con ambas manos y haciéndole caer las piernas hacia un lado de la cama, se arrodilló en el piso alfombrado y comenzó a saborearlo, tratando de meterlo entre sus gruesos labios, lubricándolo con su lengua de la que fluían sus jugos.

Alejandro comenzó a moverse. Ella mojó sus dedos y buscó su ano... le devolvía el favor. Notó que no le desagradaba y, mientras chupaba esa tremenda pieza de 28 centímetros de largo que tocaba su garganta, fue introduciendo tres de sus dedos en el recto del hombre que estaba gozando de maravillas. Ella pensaba en hacerlo acabar en su boca, quería tragar su esperma, llenarse de semen, gustarlo y tragarlo todo. No advirtió que Alejandro movía casi desesperado sus brazos y su cabeza en señal negativa. Ella seguía trabajando escondida entre las piernas de ese enorme semental ya que había abandonado la mamada de la máquina de carne, que latía como un corazón fatigado, y estaba hurgueteado con su lengua el oscuro reducto anal del macho.

Ojitos Verdes aprovechó ese momento para, de un salto, montarse sobre el padrino y enterrarse la poderosa verga en su raja comenzando a cabalgarlo casi con violencia. Alejandro no podía hacer otra cosa que apretar la cabeza de Amalita que seguía metiendo la lengüita en su caverna mientras la ninfómana muchachita gritaba sus orgasmos y mordía la boca del padrino quien le pedía que se fuera y mirara solamente desde su escondite. Ante el peligro inminente de que su madre la viera, tuvo una enloquecida carrera orgásmica quedando exhausta al costado del padrino empujándola éste hasta hacerla caer al piso del lado contrario al que estaba Amalita.

Pasado el peligroso instante, que excitó aún más a Alejandro, levantó la cabeza de la mujer enardecida por la fogosidad de sus goces y la puso sobre su miembro. Abrió la boca y continuó mamando la deliciosa polla aunque la sacó de inmediato y saboreó lo que ella había dejado. Agrió su rostro y continuó la dulce fellatio diciendo:

—No quiero que termines todavía, compadre... quiero sentirte adentro... aún no me has dado ese gusto... ¡penétrame, por Dios!

De un salto ahora fue era ella la que montó al hombre colocando con sus manos la enorme cabezota en la puerta de su vagina. Empujó una, dos... y a la tercera sintió cómo ese hierro candente la penetraba hasta su útero. Gritó cada orgasmo, blasfemó por no haberlo hecho antes y recordó que su marido estaría haciendo exactamente lo mismo que ella y eso la enardeció más; en desenfrenada carrera, totalmente fuera de sí, enloquecida por su incontinente lujuria, perdió la cuenta de cuantos polvos se había echado. Terminó rendida... pero el tronco del compadre, como si aún esperara algo, seguía firme y recto con pulsaciones maravillosas. Ella se disculpó, como avergonzada de esa demostración de calentura, y se fue al baño.

Alejandro no podía creer lo que vio. Ojitos Verdes, cuando Amalita entró a la ducha, corrió tras ella y le puso llave a la puerta. Volvió, se encaramó sobre el padrino, apoyó su raya sobre su boca, frotándosela, y cuando comenzó a sentir la gruesa lengua del padrino penetrándola se tiró hacia adelante y tomó con sus dos manitas el monumento erecto y se lo mamó descontroladamente. Alejandro, totalmente rendido, vencido de tanto sexo, como queriendo gritar una protesta de tanto abuso, enterró su lengua en el ano de la niña, la penetró con tres dedos y, ante la furia orgásmica de ese pequeño físico incansable, la tomó de la cintura con ambos brazos, la levantó en vilo, la giró y apuntó su gran instrumento en ese pequeño lunar negro que, al contacto con una cabezota de casi 10 centímetro de grosor, se dilató de tal manera que recibió alborozada semejante verga intentando un grito de placer y dolor que ahogó el padrinito con su fuerte mano tapando su boca.

—¿Pasa algo, Alejandro?... —gritó Amalita desde su tina.

—¡Nooo!... —gimió el hombre—, es que me acuerdo todo lo que me hiciste y... ¡me estoy masturbando!... ¡¡Ahhgg... aghhhh!!... —gritó por que se venía desaforadamente.

—¡Espera... no acabes, compadre... es mío... todo eso es mío... dale tu lechita en la boca de tu nena!... —seguía gritando libidinosamente la mujer.

El sonido de la voz de su madre excitaba más y más a la pequeña ninfómana, que al tomar conocimiento que iba a acabar con su padrino en el mismo momento gritó junto con él, cabalgando con furia, ese tremendo placer, quedando sentada con la enorme polla clavada en su ano calmando la fatiga de ese hombre que parecía haber llegado al final de su existencia.

—Alex... ¡respóndeme, Alex!... ¿que te pasa... te sientes mal?... Enseguida estoy contigo, compadre... ya salgo de la bañera...

Ojitos Verdes, casi sin fuerzas, dio un salto y corrió a la puerta del baño, giró la llave y se perdió por la salida de la habitación yéndose hacia la suya.


Casi una hora después Alejandro se sentía repuesto y estaba con Amalita en la enorme cocina terminado con los preparativos de la fiesta del día siguiente e ingiriendo suculento tazón de café con leche y acompañándolo con trozos de jamón crudo, queso especial y picantito, con pan. Ya oscurecía. Se había hecho demasiado tarde. Los rostros de ambos denotaban una ajetreada jornada de esfuerzos, cansancio y muchas cosas más... Las tremendas ojeras de Amalita denunciaban que no la había pasado tan mal.

—¿Por qué no te maquillas, Comadre? Estás muy ojerosa...

—¿Se nota?...

—Casi cinco horas de trabajo forzoso se demuestran en la cara... ¡y creo que lo has tenido!...

—¡Sí, lo hemos tenido!... —se sonrió alejándose hacia su toillet para mejorar su aspecto—. A pesar de que debe saberlo, es mejor que Rodrigo no lo note... voy a arreglarme... —dio unos pasos y se volvió a decirle al compadre—. ¿Por qué no me haces el favor de despertar a Karinita?, es hora que se levante... Esta chinita debe haber correteado tanto en el campo que ha venido rendida...

—Sí, pero anda a componerte un poco, seguro que debe estar llegando tu marido... Y a la niña, déjala, por favor, que descanse... —remarcó la frase, no quería acercarse al dormitorio de Ojitos Verdes.

Estaba pensando en eso cuando escuchó la disimulada y exigente voz de la ahijada que lo llamaba:

—Padrino... ¿me traes un vaso de agua fresca?...

—Ah, ella con su padrino... ¡Anda y atiéndela!... tú la acostumbraste así... —dijo Amalita perdiéndose en su habitación riendo.

Alejandro se mordió el labio inferior al tiempo que su sexo respondió con un sacudón, como si hubiera reconocido esa vocecita.

Capítulo 6 »...