Recuerdos y confesiones :: 3 La vecina

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Recuerdo muy bien el día en que mi tía Aurora nos visitó al día siguiente de nuestro primer encuentro sexual. Había ido con la idea de que continuáramos lo iniciado la mañana anterior, pero ello no fue posible por la presencia en casa de mi madre y de mi hermana menor.

Mi tía y mi madre se encerraron a conversar en el dormitorio de mi madre, en cuya cama el día anterior me había regalado sus encantos, no sin antes dirigirme una mirada de pesar por la frustración de nuestros planes.

Con mi hermanita decidimos pasar la tarde conversando con nuestra vecina, por lo que al cabo de una hora estábamos al pie de la escalera de entrada de la casa de Amalia, nuestra hermosa vecina, dejando pasar el tiempo. Ella esperando a su esposo y nosotros disfrutando de su compañía. Amalia estaba sentada en el escalón superior, con las piernas semi abiertas y los codos apoyados en sus rodillas, escuchando distraídamente nuestra charla.

Mi hermana y yo estábamos sentados en los primeros escalones, más bajo que nuestra vecina, que parecía aburrirse soberanamente con nuestra charla de colegiales.

A mis 17 años me sentía atraído por ella, una bella morena cercana a los cuarenta años y que permanecía sola todo el día, ocupada de los quehaceres del hogar, por lo que en más de una oportunidad pude verla en su casa o en la nuestra en tenida informal, lo que me permitió vislumbrar parte de sus piernas o de sus senos, de los que siempre deseaba ver más de lo que me era permitido.

En más de una oportunidad me masturbé pensando en los muslos que se adivinaban al trasluz de su delantal, o en los senos generosos que se me regalaron en algún momento de descuido.

Esa tarde en particular vestía una falda amplia de varios colores, una blusa ajustada y un chaleco que cubría sus encantos. Y cuando digo encantos, me refiero a sus senos, que me quitaban el sueño por lo grande que eran y que ella lucía orgullosa de saberse tan bien dotada.

Llevaba puestas unas medias plomas, según pude darme cuenta cuando al comentarle algo levanté la cabeza y me encontré con que su falda dejaba ver parte de sus piernas. La visión de parte de sus muslos interiores me produjo una excitación inmediata.

A partir de ese momento no perdí ocasión para mirar hacia arriba por si lograba captar algo más de las piernas de nuestra vecina, intentando disimular mis intenciones. Claro que a esa edad uno es muy evidente y al cabo de un par de intentos Amalia se dio cuenta de mis pasos.

Cuando se percató de mis miradas furtivas a sus piernas instintivamente las juntó, dejándome en un estado de confusión enorme ante el hecho de haber sido pillado in fraganti.

Al cabo de un rato de silencio, en que el embarazo por haber sido pillado en falta me sumió en un mutismo culpable, ella me hizo una pregunta y ello me trajo la tranquilidad de saber que al menos no estaba enojada conmigo.

Cuando me di vuelta para responderle me encontré con sus piernas abiertas como cuando fui sorprendido en falta y Amalia, con una semi sonrisa en sus labios, me devolvió la mirada al tiempo que las abría más aún, regalándome el espectáculo de sus muslos, hasta la zona en que terminaban sus medias y empezaba la piel.

Mi vecina me estaba abriendo sus hermosas piernas y con ello me daba una visión completa de las mismas y yo no atinaba a reaccionar. Solamente miraba, lo más disimuladamente que podía, mientras mis mejillas se teñían de carmesí y las palabras se negaban a salir de mi boca. Tal era el estado de confusión en que estaba.

Mi hermana estaba fascinada siguiendo las alternativas de un grupo que jugaba en la plaza cercana a la casa, por lo que no se daba cuenta de lo que sucedía junto a ella.

En un momento dado, Amalia se levantó con ademán de entrar a su casa, pero antes de hacerlo me pidió que le ayudase con una llave de la cocina que estaba goteando.

Me levanté y la seguí, en tanto mi hermana continuaba sentada al pie de la escala, preocupada solamente del grupo en la plaza, donde estaban algunos de sus compañeros de curso.

Entramos y Amalia fue al living, donde se sentó pidiéndome que hiciera lo mismo en el sillón frente al suyo. Lo hice intuyendo lo que vendría.

Con la confusión propia de un joven frente a una persona adulta, sólo atiné a poner mis manos en las rodillas y a esperar que me dirigiera la palabra.

—¿Qué opinas?

—¿De qué? —pregunté al tiempo que levantaba la vista encontrando a mi vecina frente a mí, con las piernas completamente abiertas, al fondo de las cuales se veía el blanco de su calzón que ocultaba el paquete que formaban los labios de su vagina.

Fue tal mi impresión que tragué saliva y comencé a transpirar, mientras bajaba la vista en completa confusión.

—Hace un rato no despegabas tus ojos de mis piernas, y ahora que puedes mirar lo que quieras no te atreves. Anda, mira, tienes permiso para ver.

Tímidamente levanté la vista y contemplé el bello espectáculo de las medias cubriendo gran parte de sus piernas, la parte de sus muslos desnudos y el calzón al fondo, cubriendo el sexo de mi vecina.

—¡Ven! —me dijo con la voz enronquecida por el deseo. Me levanté y sumisamente me puse frente a ella, con la vista clavada en sus piernas aún abiertas.

—¿Nunca has estado con una mujer? —aparenté no entender la pregunta y permanecí en silencio—. ¿has tocado una mujer?

—No... —dije tímidamente.

—Ven, toca... puedes tocarme —y al tiempo que lo decía tomaba mi mano y la llevaba a sus senos, donde la apretó para darme confianza.

Al principio con timidez, apreté uno de sus senos, para luego acariciarlos con las dos manos, en tanto mi verga se insinuaba insolentemente bajo mi pantalón.

Amalia me abrió el pantalón y sacó mi instrumento que lucía dimensiones respetables a esa altura. Ella quedó gratamente impresionada con el pedazo de carne que tenía en sus manos y empezó a masajearlo con delicadeza.

—¡Qué cosa más linda tienes, chiquillo! —y se lo llevó a la boca, colocando una mano en cada una de mis nalgas, con lo cual tenía el dominio completo sobre mi verga, la que empezó a empujar y sacar suavemente mientras sus labios acariciaban todo el trozo de carne, desde las bolas hasta su cabeza, cada vez con mayor intensidad.

—¡¡¡Mmmmmmmmmhhhhhhhh!!! —era todo lo que podía decir mientras mi verga entraba y salía de su boca, a ritmo cada vez más acelerado.

Yo, con cierta timidez, apoyé mis manos en su cabeza como ayudándola a que mi instrumento le entrara lo más posible, en tanto notaba que una deliciosa sensación me invadía e iba desde el interior hasta la punta de mi verga.

—¡¡¡Mmmmmmmmmmhhhhhhhhhh!!!

Los pies empezaron a fallarme y debí apretarme más aún a su cabeza, en tanto un temblor me atacaba como señal de que el final estaba próximo.

Amalia se percató de ello y se aferró más aún a mis nalgas, atrayéndome hacia ella y cubriendo completamente mi instrumento con su boca, esperando lo que ella sabía mejor que yo que vendría.

Y así fue, en efecto. Sentí explotar y un río de semen salió de mi verga, que mi bella vecina tragó completamente.

—¡¡¡Uuuuuuuufffffffffff!!! —fue todo lo que pude decir, en tanto Amalia limpiaba con sus labios y lengua mi pedazo de carne de los restos de semen.

—¿Qué tal.... te gustó?

—Fue increíble...

—Y aún hay más, cariño...

—¿Tan rico como esto?

—Mejor aún, créeme... ¡Mejor!

Y sacándose la falda y la blusa quedó sentada con las piernas cubiertas por sus medias plomas, su calzón blanco y un sostén del mismo color, mientras me miraba divertida por mi expresión de asombro.

—¿Te gusta lo que ves?

—¡Qué lindo! —fue todo lo que atiné a decir, mientras ella me bajaba el pantalón y el calzoncillo, dejándome frente a ella en zapatos y calcetines, con camisa y corbata y con mi verga nuevamente parada. Era un espectáculo ridículo si no fuera por la carga de erotismo que encerraba.

—Ven...

Nuevamente se apoderó de mis nalgas y me atrajo hacia ella, poniéndome entre sus exquisitas piernas.

—Sácame el calzón, mijito —y alzó su cuerpo para facilitarme la operación, que realicé presto pues a estas alturas había perdido toda timidez y sólo deseaba poseerla.

Tomó mi verga y la acercó a su gruta de amor, donde la puso en la entrada mientras sus brazos me rodeaban apretándome hacia ella.

—¡Métemela, mi amor! —me dijo con un tono de desesperación que delataba su enorme deseo de ser penetrada.

Hundí mi instrumento, que entró con facilidad en su gruta, ya suficientemente lubricada por los jugos vaginales producto de su calentura.

—¡¡¡Rrrrrrriiiiiicccooooooo!!! ¡Dale, más, más, más, mijito!

Moviendo con desesperación su cuerpo, su vagina recibía mi trozo de carne que entraba y salía de la misma con ritmo violento, despidiendo vapor por la temperatura de nuestros cuerpos, en el límite de la calentura.

—¡Ya... ya... ya! ¡Siiiiiiiiiiii, mijito... rrrriccccoooooo!

—¡Toma... toma, mijita! —perdido todo pudor me uní a sus expresiones y metía y sacaba mi verga completamente poseído, empujando y retirando mi instrumento con frenesí, mientras nuestras bocas iniciaban un apasionado beso con lenguas.

—Mijito rico... ¡eres lo máximo, mijito rico!

—¿Quieres más pico, mijita?

—¡Siiiiii, culéame, culéame, mijito rico!

—¡Toma, toma... mijita rica!

—¡Yaaaaaaaaaa, me viene, mijito... me viene!

—¡Toma... toma, mijita rica!

—¡Ayyyyyyyyyy, estoy acabando!... ¡¡¡guauuuuuuuuughhhhhhhh!!!

Y terminó galopando con desesperación mientras mis jugos se confundían con los suyos, yendo a parar al sofá donde formaron una posa.

Nos quedamos un rato en silencio, yo encima de ella, con mi verga aún metida en su vagina.

Ya recuperados, me hizo sentar a su lado y con la satisfacción reflejada en su rostro me regaló un beso apasionado que le devolví con todos mis deseos.

—¿Te gustó?

—Usted es increíble...

—Por favor, dime Amalia.

—Eres tremenda, Amalia.

—Es tu primera vez, ¿no es cierto?

—Sí, la primera vez...

Bueno, ¿para qué decirle que ella era mi tercera mujer en la semana? Mejor sería que siguiera creyendo que me había desvirgado, mérito que tenía mi hermana Claudia, que fue la que me inició en las lides amorosas dos días antes de que mi tía Aurora me regalara su cuerpo en la cama de mi madre.

Mejor dejar que crea que es la primera y así poner a prueba todo lo aprendido con mi hermana y con mi tía.

—Fue increíble, cariño. Te portaste como todo un hombre.

—¿Te gustó?

—No pensé que estuvieras tan bien dotado y que actuaras como todo un hombre. Me dejaste asombrada, en serio.

—Es que tú haces que me ponga así.

—¿En serio? —y mientras decía esto se apoderó nuevamente de mi instrumento, el que respondió de inmediato elevándose a dimensiones respetables.

—¿Quieres más, mijita?

—Sí... quiero que me lo metas otra vez.

—Pero hagámoslo en la alfombra, ¿te parece?

—Sí, tienes razón... es más cómodo.

Nos desnudamos completamente y me pidió que me pusiera de espalda; se montó encima de mí ensartándose mi verga, la que fue hundiéndose poco a poco en su cueva mientras Amalia, con los ojos cerrados, disfrutaba la penetración.

Me apoderé de sus senos, esos enormes senos que tantas pajas me motivaron, y los masajeé con fuerza, mientras mi linda vecina cabalgaba desesperadamente sobre mi trozo de carne, que salía y volvía a entrar en su vulva. El ritmo se hizo cada vez más frenético, mientras sus grititos subían de tono:

—¡Más, más, mijito... más, más!

—¿Te gusta, mijita?

—¡Siiiii, es rico, rico, ricooooooooo!

Y continuaba cabalgando en pos del clímax que llegó impetuoso, en la forma de un río de semen y jugos vaginales que se escurrió por nuestros cuerpos hasta alcanzar la alfombra.

Después de un breve descanso, nos vestimos apresuradamente pues el esposo de Amalia llegaría pronto y no sería conveniente para nuestros planes que nos encontrara solos en su casa.

Con un beso apasionado nos despedimos con la promesa de encontrarnos nuevamente la tarde siguiente para continuar la "reparación de la llave de la cocina".

Al salir de su casa me encontré a mi hermanita que seguía sentada en la escala de acceso, pero ahora con una expresión en su rostro que denotaba claramente que había estado escuchando lo que sucedía tras la puerta, pues tenía las mejillas sonrosadas y su pecho latía agitadamente.

Me miró con una sonrisa de complicidad y me preguntó si había arreglado la llave.

—Sí... —dije lacónicamente, intentando salir prontamente de esa situación en que mi hermanita me tenía con su mirada y sonrisa cómplices.

—¡Qué bueno!, pues ahora me gustaría que arreglaras mi llave... —y se levantó rápidamente para ponerse a caminar a mi lado, rumbo a nuestro hogar, mientras tomaba mi mano y la apretaba.

Continúa...