Recuerdos y confesiones :: 1 Claudia

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Mis hermanas, mi madre y una joven vecina fueron las mujeres que iniciaron mi vida sexual. A las cuatro las disfruté en el lapso de una semana, cuando recién había cumplido mis 17 años.

Con mi hermana Claudia me tocó un papel más bien pasivo, pero decisivo para mi formación en este campo de actividades en que tendría tantas satisfacciones posteriormente.

En la época de los hechos que voy a narrar ella tenia 19 años y lucía en todo su esplendor los atributos con que la naturaleza se había prodigado en ella: una cabellera larga, castaña, lisa, que caía sobre sus hombros repartiendo reflejos de luces que le daban un aire etéreo; un rostro delgado, de finas facciones que acentuaban sus ojos, nariz, labios y mentón con armoniosa simetría; su cuello semejaba el de un cisne orgulloso, en tanto que su busto, desafiante, era un regalo para la vista con sus dos senos enhiestos, soberbios y orgullosos de su altivez. A lo anterior había que añadir sus piernas, ligeramente rellenas, las que cuando lucia desnudas delataban la firmeza y tersura de su piel, rematando en un par de muslos cuya robustez me hacia soñar con el reposo que podrían brindar al viajero que buscara su refugio.

Desde hacia un tiempo vivía pendiente de sus piernas y senos, a los que dediqué algunas masturbaciones increíbles, imaginando estar en medio de ellas.

Mi despertar sexual se produjo espontáneamente, a los quince años, cuando mi interés por mis hermanas y mi madre tomó un tono erótico que llegó a su clímax una mañana en que estaba acostado y sentí una sensación agradable en mi pene que nunca antes había experimentado y que terminó en un flujo líquido que se derramó e inundó mis entrepiernas, dejando las sábanas manchadas.

A partir de ese día se acrecentó mi afán por ver las partes íntimas de mi madre o de mis hermanas, las mujeres de mi casa. Tal era mi obsesión, que pasaba pendiente de cualquier descuido de alguna de ellas que me revelara algo más de sus piernas o de sus senos. Especialmente agradable me era el ver sus cuerpos al trasluz, en las tardes, cuando el sol les llegaba de lleno por atrás y sus figuras se recortaban contra una puerta o ventana, con toda su carga erótica.

Mi primer acercamiento físico a otra mujer, sin embargo, no fue a ninguna de mis hermanas, como era de esperar, y se produjo de manera casi casual, una noche de invierno particularmente fría, cuando mi madre me invitó a dormir a su cama pues mi pieza no tenia calefacción y yo andaba algo resfriado.

Feliz por la invitación, que me daría la oportunidad de sentir un cuerpo de mujer cerca de mí, me acosté a su lado y la abracé como para dormirme. Al cabo de un rato, después de intercambiar algunas palabras, mi madre me dio las buenas noches y se dio vuelta, dándome la espalda, y al poco rato me llegó el suave y acompasado sonido de sus ronquidos. Su trasero quedó pegado a mi ingle y sentí que mi verga se paraba ante el estímulo de sus nalgas cubiertas en la seda de su enagua, pegadas a mi entrepierna.

Con el movimiento que ella hizo para darse vuelta, mi mano quedó colgando frente a su estómago, a la altura de su calzón.

La situación me produjo una excitación increíble: mi verga frente al trasero de mi madre y mi mano cerca de su vulva. Detuve el aliento, sin atreverme ni siquiera a respirar, esperando alguna señal que me indicara que ella dormía.

Al cabo de unos minutos de indecisión, mi mano se acercó lentamente, casi imperceptiblemente, a su calzón, de manera que pareciera que mi brazo descansaba en su cintura y que mi mano en su zona sensible era una casualidad. Todo esto lo hice no sin cierta dificultad, ya que ella mantenía una pierna encogida sobre la otra, por lo que no me era fácil el llegar a mi objetivo, puesto que a mi brazo le era imposible hacerlo por lo incómodo de la posición.

Sentí la textura del calzón de mi madre en la yema de mis dedos, que lo rozaron tan suavemente que pareció que en todo momento había estado ahí. Puse cuidado extremo en que no pareciera algo premeditado, por lo que el proceso de bajar mi mano y poner la punta de mis dedos en su calzón demoró al menos unos cinco minutos.

Lentamente, muy lentamente, mis dedos aumentaron la presión en el calzón de mi madre, hasta sentir el leve picor de los pelos de su vulva. Fue una sensación increíble que me alentó a seguir presionando sobre la tela, hasta que sentí los contornos de sus labios vaginales dibujarse bajo la tela, los que recorrí casi imperceptiblemente.

Un leve movimiento de parte de ella me paralizó, por lo que detuve mis movimientos, sin atreverme a retirar mi mano por temor a que al hacerlo resultara un movimiento brusco que la despertara.

Contuve el aliento, abrazado a ella como si estuviera durmiendo profundamente. Pero mi mano y mi verga demostraban lo contrario.

Al cabo de un rato, en que me pareció que había despertado y se había dado perfecta cuenta de la situación, sentí con alivio que su respiración volvía a ser acompasada, señal inequívoca de que estaba en los brazos de Morfeo.

Volví a presionar sobre su calzón y la picazón de sus pelos se acentuó sobre mis dedos. Intenté tocar con la palma de mi mano, pero el hecho de que ella tuviera una pierna encogida sobre la otra me lo impedía, ya que no alcanzaba mi brazo hasta ahí, por lo que me contenté con seguir pasando mis dedos por sobre su calzón, recorriendo sus labios vaginales en la reducida zona de movimiento a que tenía acceso, mientras con la otra mano hacia presión para que su pierna se estirara y así poder alcanzar completamente su calzón para recorrerlo a mi gusto.

Mi madre se revolvió bruscamente y se acomodó nuevamente, esta vez poniendo distancia entre ambos y aprovechando de bajar la enagua hasta que cubriera las zonas que había estado explorando. Un frío intenso, producto de la sorpresa, se apoderó de mí y me di vuelta haciéndome el dormido, expectante de la reacción de mi madre por mis correrías íntimas.

Pero ella no dijo nada y siguió durmiendo, cosa que yo también hice al cabo de un rato.

No me invitó más a dormir con ella, pero nunca me dijo nada acerca de lo sucedido esa noche.

Pero esa experiencia me sirvió tiempo después para lograr los favor de mi hermana Claudia.

Fue una tarde de verano, un año después, mientras hacíamos la siesta. Estábamos los dos solos en casa y ella estaba durmiendo cuando llegué y me recosté a su lado. Vestía una falda que le llegaba a la altura de sus rodillas y remataba con una blusa de tela suave, cuyos botones superiores estaban desabrochados.

No me dijo nada cuando me acosté a su lado y se acomodó en posición fetal para continuar durmiendo, poniéndose de espaldas a mí.

Al verla en esa posición me hizo recordar lo sucedido con mi madre en su cama y un deseo irrefrenable por mi hermana se apoderó de mí.

Me puse a su lado y una de mis manos se puso en su hombro, inocentemente, mientras mantenía mi pelvis a prudente distancia. Al cabo de un rato mi mano cambio de posición y mi brazo descansó a la altura de su cintura, con lo que esa mano, casualmente, quedó a la altura de su entrepierna.

Poco a poco, como lo hiciera con mi madre, la mano se fue acercando a su vientre, donde descansó un momento, mientras mi respiración parecía la de alguien durmiendo profundamente.

Mi mano empezó a presionar sobre la tela del vestido y a bajar con lentitud para no despertar sospechas en ella. Cada centímetro que avanzaba me hacía sentir como si hubiera llegado a mi objetivo y mi excitación iba in crecendo, por lo que mi verga aumentaba sus dimensiones.

Finalmente, al cabo de varios minutos, mi mano llegó a la altura de su vulva, pero no me fue posible tocarla debido a la posición en que mi hermana se encontraba, la que dejaba mi mano en el aire sin posibilidades de alcanzar el objeto de mis deseos, tal como me había sucedido anteriormente con mi madre.

Defraudado, saqué la mano y la bajé hasta el pie de su falda, la que empecé a levantar lentamente, muy lentamente. Y a cada centímetro que la subía, sus piernas me iban revelando sus encantos, hasta que la parte trasera de sus muslos aparecieron a mi vista en todo su esplendor.

Saqué mi verga y la llevé a sus muslos, con la intención de ponerla entre sus carnes, para lo cual empujé el cuerpo de mi hermana muy suavemente para que se recostara sobre el pecho y así tener mejor acceso a sus partes posteriores. Después de largos diez minutos logré que su cuerpo quedara en la posición que deseaba y ahí estaba Claudia, mostrándome sus nalgas en toda su dimensión y yo con mi verga dispuesto a ponerla entre ellas.

Pero todo el espectáculo se vino al suelo pues ella se estiró de brazos y dando un largo bostezo se levantó dando por terminada su siesta, en tanto yo intentaba ocultar mi verga.

¡Mi segunda incursión también había fracasado!

Salió de la pieza sin siquiera mirarme y el ruido de sus pasos me indicó que bajaba la escala rumbo a la cocina.

Loco de deseo y de frustración, y sin esperar a ir al baño, tomé mi verga en la mano y empecé una masturbación furiosa buscando calmar mis deseos.

Pero ni siquiera la posibilidad de una satisfacción manual me estaba permitida, pues un grito de mi hermana desde el primer piso llamándome me hizo interrumpir y acudir presuroso a la cocina donde ella estaba subida en un taburete intentando bajar algo de la despensa.

—Sujétame el piso, por favor, que creí que me caía...

Me acerqué a ayudarla y me encontré en la deliciosa posición de tener las piernas de mi hermana a la altura de mi cara. Subí la vista para mirar por debajo de su falda y pude contemplar sus muslos y, finalmente... su vulva completamente desnuda..

—¿Te gusta lo que ves?

Me dijo mirándome desde la altura, en tanto yo, sorprendido, no atiné a articular palabra y miraba embobado las dos columnas de piel de mi hermana y la mata de pelo rodeando sus labios vaginales.

—¿Crees que no me di cuenta de tus intenciones? —y bajó del taburete poniéndose frente a mí, muy cerca—; no me gusta que me manejen... —dijo con voz autoritaria mientras su mano bajaba a mi entrepierna y presionaba mi instrumento—, así que las cosas se harán a mi manera... ¿correcto?

Yo aún no podía decir palabra.

—¿Aceptas las cosas así... sí o no?

Su mano abrió mi pantalón y sacó a la luz mi verga, que lucía esplendorosa con sus venas cargadas de sangre.

—¡Guauuu... estás muy bien dotado hermanito!

Se sentó en el taburete y agachando la cabeza hundió en su boca todo el trozo de carne que tenía para ella.

Chupó con suavidad, lentamente, de manera que mi pene entraba y salía con lentitud de sus labios. Ella no decía nada, solamente chupaba y gemía.

—¡mmmmmhhhhhhh, mmmmhhhhh!

Tomándola de su cabeza empecé a seguir sus movimientos de mete y saca, los que prontamente se fueron haciendo más ligeros... hasta que ella se detuvo.

—No acabes aún.... te quiero adentro.

Me tomó de la mano y me llevó al living, donde se levantó la falda, se puso en cuatro patas y me ordenó que me pusiera encima de ella, cosa que obedecí al instante. Cuando mi instrumento estaba cerca lo tomó en su mano y lo llevo a su vulva, de manera que adoptáramos la posición conocida como "a lo perrito".

—Empuja con ganas... ¡¡¡ya!!!

Y yo, obedeciendo sus órdenes, le metí completamente mi verga mientras ella echaba el cuerpo hacia atrás, pegando con sus nalgas en mi ingle, lo que aumentaba más aún la exquisita sensación que me daba el meter y sacar la verga de su cueva de amor.

—¡Más... más... más! —repetía, y sus movimientos se hacían cada vez más rápidos, apretando sus nalgas y retirándolas, mientras mis bolas pegaban en su vulva cuando mi verga estaba completamente hundida.

—¡Ya... ya viene!... ¡¡¡ya... ya!!!

Y el ritmo de sus movimientos se hizo frenético, al punto que me fue imposible seguirla y opté por dejar que ella hiciera todo el trabajo, manteniéndome quieto mientras Claudia metía y sacaba mi verga de su vagina al compás de sus nalgas que retrocedían y avanzaban al encuentro del pedazo de carne que aparecía y desaparecía de escena.

—¡Ricooooo... ricooooooo!... ¡¡¡yaaaaaaaaaaaa!!!

Agotadas sus fuerzas, mi hermana se echó al suelo, con lo que mi verga salió de su cueva aún en pie de guerra.

Pasado un momento, y al percatarse de que yo aún no acababa, Claudia se puso de espaldas, encogió sus piernas y las abrió ofreciéndome su vagina.

—¡Métemela... penétrame!

Sin hacerme esperar me puse sobre ella y le hundí mi trozo de carne, que se perdió en su gruta de amor sin ninguna dificultad, ayudado por los efluvios de su clímax reciente.

—¡Más... dame más!... ¡¡¡ya... ya!!!

Repetía imperiosa mientras sus piernas se elevaban y rodeaban mis espaldas, elevando y bajando su cuerpo en busca de mi instrumento, que le hundía y sacaba frenéticamente. Mis movimientos se hicieron cada vez mas rápidos y sentí que el clímax estaba cercano.

Ella se dio cuenta de lo que sucedería y exclamó:

—¡Espera... espera... tengo que acabar yo primero! —y apuró sus movimientos mientras yo hacía esfuerzos para dilatar el final que parecía inevitable.

Al cabo de unos segundos mi hermana se agitó convulsivamente y sus brazos se hundieron en mi costado, en tanto que sus piernas perdían fuerzas y sus gritos de gata en celo me indicaban que ya podía dar rienda suelta a mi propio orgasmo pues ella había conseguido el suyo.

—¡¡¡Yaaa... rico... riiiiiiiiiico... yaaaggghhh... siiiiiiiii, mi'jita... riiiiiiiiiiiico!!!

Nos recostamos uno al lado del otro, con nuestros pechos agitados por la respiración descontrolada, producto del orgasmo reciente.

Recuperado el aliento, y mientras yo seguía acostado en la alfombra mi hermana se levantó, y desprendiéndose de toda la ropa se me presento completamente desnuda, moviendo su cuerpo de manera sensual mientras con una sonrisa pícara levantaba sus brazos y soltaba su pelo, que cayó sobre sus hombros como una cascada de luces.

—Soy rica, ¿no es cierto? —decía mientras seguía moviéndose con sensualidad—.¿Qué tal mi cuerpo? —y doblando sus rodillas acercó su cuerpo a mi cara—. ¿Quieres hacerlo otra vez?

—¡Sí! —dije en un hilo de voz mientras su cintura se movía frente a mí.

—¡Te aguantas... porque ahora yo no quiero! —y acercó su cuerpo a mí de manera que su vagina estaba muy cercana a mi boca—. ¿Te gustaría metérmelo?

—¡Sí!

—¡Pero yo no quiero!... ¿qué harás entonces? —y se levantó alejándose, pero siempre moviendo su cintura—. ¿Qué harás?

Mi instrumento estaba parado por efecto de la excitación y yo lo tomé con una de mis manos mientras continuaba observando los movimientos de mi hermana. Cuando ella vio que tomaba mi verga con una mano, llevó una de las suyas a su vagina y empezó a acariciársela mientras sus ojos permanecían fijos en mi trozo de carne.

Comprendí lo que deseaba y empecé a mover la piel de mi verga de arriba abajo, lentamente, de manera que parecía una paja en cámara lenta, para que ella la disfrutara tanto como yo.

—¿Eso es lo que querías? —pregunté con voz pausada mientras el cuero de mi verga bajaba dejando al descubierto la red de venas henchidas de energía que recorrían el trozo de carne.

—¿Te gusta? —preguntó con una voz llena de tonalidades eróticas mientras uno de sus dedos se introducía en su vagina y su lengua jugueteaba en su boca—. ¡Párate y pajéate frente a mí! —me pidió con tono imperioso.

Con mi verga en la mano y sin dejar de pajearme me levanté y me planté frente a mi hermana, que a estas altura tenia dos dedos metidos en su cueva.

Levantó su rostro con los ojos cerrados y con su mano libre tomo uno de sus senos que llevó a sus labios, en tanto los movimientos en su vagina se hacían más intensos. Yo, por mi parte, seguía con mi paja lentamente, no queriendo perderme detalle del espectáculo que me regalaba mi hermana.

—¡Párate... no sigas! —casi como un grito, su orden me golpeó y automáticamente detuve el masaje sobre mi trozo de carne. En el tono de su voz comprendí que tenía planes que no quería participarme, por lo que preferí seguirle la corriente—. ¡Agáchate... ponte de rodillas!

Mis pies se doblaron hasta quedar de rodillas frente a mi hermana que seguía con sus dedos en su vulva y chupaba uno de sus senos. De pronto sus dedos salieron de su vulva y se agarró de mi cabeza.

—¡Chupa... ya... chupa! —ordenó poniendo su vagina en mi boca, la que se abrió para recibir sus labios por los que introduje mi lengua que rauda iba en busca de su clítoris.

—¡Mijito!... ¡qué rico! —y prácticamente sentada sobre mi cara me soltó un chorro de jugos vaginales que se escurrieron de mi boca hasta llegar al suelo, en tanto sus gritos se hacían descontrolados.

—¡Ricooooooo, mijito... ricooooooo!, ¡¡¡aggghhhhh!!!

Con sus jugos aún escurriendo desde su vagina, se sentó en la mesita del teléfono y me hizo señas para que me acercara. No necesitaba que dijera nada para comprender sus intenciones y ahí, al borde de la mesita, tomé sus nalgas entre mis manos, me acomodé entre sus piernas y le hundí mi verga hasta el fondo.

Mientras mi instrumento entraba y salía de su cueva, Claudia me abrazó y buscando mi boca metió su lengua que se revolvió con desesperación en la mía.

—¡Mmmmmmmhhhhh, mmmmmmmmmhhhhh!

Y entre besos con lengua y abrazos nos llegó el orgasmo nuevamente, el que ella completó con gritos de goce:

—¡Ricooo, ricooo, mijito... rico!, ¡¡¡yaghhhhhh!!!

Ya calmados nuestros deseos, nos vestimos y fuimos a sentarnos al living.

—No imaginé que te portaras tan bien, Ricardo.

—Gracias... ¿podríamos volver a hacerlo en otra oportunidad?

—Creo que sí...

—¿Cuándo?

—Los martes en la tarde podrían ser nuestros, ya que quedamos solos.

—Ya, pues.

—Entonces el próximo martes tendremos otra sesión privada, hermanito.

Levantándose se apoyó en mi entrepierna y dio un último apretón a mi verga, en señal de contentamiento por la labor cumplida.

Me quedé feliz saboreando el recuerdo de los instantes que había pasado con mi hermana, en que si bien ella fue la que llevaba las riendas, me permitió aprender más de las mujeres.

El martes siguiente, y durante muchos martes, nos encontramos para dar rienda suelta a nuestra sexualidad y Claudia se portó como una maestra dispuesta a enseñar todo a su alumno, que sólo quería aprender.

En sus manos aprendí gran parte de lo que en el futuro me sirvió para hacer felices a otras mujeres.

La semana anterior a nuestro siguiente encuentro, tuve la oportunidad de tener sexo también con una tía, una vecina, mi otra hermana y mi madre, las que hicieron que ese verano fuera imborrable en mis recuerdos.

Continúa...